Sudar como un pecado

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Fogata el 5 de noviembre de 1949. Foto de Geoff Charles (The Commons).

En mi sueño, un escritor medio famoso me avisa que una escritora medio famosa –y para mí esencial– va a venir a verme. Por supuesto, estoy muy nervioso. Y sudo.

Así como sudaba cuando me olvidaba de mis palabras en una obra de teatro en la que yo era el protagonista. Allá por 1988.

De vez en cuando, en el colegio, tuve el buen tino de acobardarme. De no dar la cara. Como aquella vez en la que me subió la fiebre el día anterior a la competencia final de danza.

¿Se imaginan? Yo bailando huaylash frente a 200 compañeros. Yo. Que quise no hacer un papelón la tarde de mi boda y terminé escapando hacia el Barnes and Noble (¿quién pone una librería al lado de una escuela de danza?) Mi esposa me encontró unas horas después, leyendo, apoyado contra un librero. Eso fue en Nueva York. Allá por 2008.

Yo también fui el farsante que se paró frente a la clase, a dictar en inglés. Y sudaba a chorros, en un idioma universal. Eso fue allá por 2011, en el Bronx.

Sudaba como un pecado. Transpiraba con la vergüenza de quien sabe que desperdicia la oportunidad de «ser alguien».

A principios de junio, después de haberlo negado durante mucho tiempo, sentado frente al fuego que preparé a la sombra de unos árboles gigantes, cerca de la montaña King, en el valle del Hudson, pude decir algo sobre aquello.

Dije que cuando nacieron mis hijos, por algún motivo, había dejado de sudar.

Intenté una explicación: ya nada importaba. Mis inseguridades se cerraron como una costra gruesa. Supe que lo único que necesitaba para ser padre, de ahí en adelante, era estar seguro. Seguro de todo.

Eso les dije yo, frente al fuego. Creo que no mentí.

 

 

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