Encadénate

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Playa El Silencio, sur de Lima. Perú. Foto de Mónica González (Flickr)

Encadénate…

Era un estribillo pegajoso de la emisora que escuchábamos al volver de la playa. Ese atardecer al sur de Lima, la canción de Bob Marley. Las sandías que se compraban al borde de la Panamericana, pasando el peaje de Atocongo. El mar que se regresaba, dejando que sobresaliera la punta de una botella de Inca Kola, enterrada en la arena. La camioneta roja de Lucho García y el sonido que hacía cuando se abría la puertezuela de la tolva. Mi tío Pancho caminando sobre la arena sosteniendo una botella de cerveza en la playa San Pedro, en Lurín.

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Las sombrillas en El Buque, una playa casi desierta. Mi papá reclamándole al guachimán que no lo dejaba estacionarse donde siempre, porque estaban construyendo casas nuevas con vista al mar. La tía Mila sonriendo en traje enterizo, las manos detrás. El traje de baño de Coquito Bedoya que se le caía cuando cerraba la puerta del garaje, ya de vuelta en casa. Medio poto calato.

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La sonrisa incómoda de esa muchacha en Punta Negra que no se animaba a irse con nosotros a la fiesta de año nuevo. El trago negro mezclado en botellas de dos litros, el ruido del ron Pampero cayendo sobre la Coca Cola. GlubGlubGlub. La luz insuficiente en una casa modesta. Los carros que se estacionaban en ese local donde habían abierto una discoteca. La caminata en la oscuridad con una linterna, por el borde de la pista afirmada. Las luces de los otros campamentos entre las rocas de León dormido.

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Esa muchacha que no sé de dónde apareció pero que se le rebalsaban los senos mientras nos hablaba y nos miraba. Nuestras hormonas alteradas y los granos de arena resbalando sobre su cuerpo de formas redondas, en la playa Campo Mar U. Era tan difícil caminar sin zapatos. Saltando, los pies quemándose. Arrancándome la piel con erisepela durante el resto de la semana. El primo Toño entrando en su garaje después del año nuevo, tres días en la playa y más negro que nunca.

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La tanga amarilla de ella en El Silencio, el cuerpo, la cara de muñeca. Nuestro viaje en autobús desde el trébol. Su risa que me protegía del presente y del futuro. El cielo de aquella mañana en que me levanté de una cama extraña, olí el aire que traía el mar, salí de la casa y caminé por la arena afirmada de Punta Hermosa. El cabello rubio sucio de esa muchacha que me decía que alguna vez la encontraría en un departamento en París. Un padre en wetsuit metiéndose con sus dos hijos a enfrentar las olas de Punta Rocas. Un concurso de tabla.

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Los muymuys que se metían de cabeza en la arena. Una montaña de malaguas, semi tapadas con arena caliente: un cerro de gelatina sucia. Llegar a ese barrio escondido de cuatro casas, cerca de Puerto Azul en Cañete, entre los peñascos. El mercado de Pucusana y las cabezas de pescado que compraba mi madre para hacer chilcanos. La playa dividida: la parte con mucha gente y la arena que preferían los locales. Las manchas de aceite que desparramaban los motores de los botes. El cuerpo de una niña sobre la arena mojada de Puerto Viejo. Alguien que hablaba del agua traicionera. La incógnita de cómo se muere un ahogado, en esa tarde llena de calma. Una mujer que gritaba desesperada: «su mamá me va a matar».

Encadénate.

 

 

 

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