Tabarra andaluza

5
396

 

Supongo que es mi carácter y que si fuese brasileño detestaría Brasil. Pero el caso es que soy andaluz y detesto Andalucía (y amo Brasil, por cierto). Ahora está de moda que los nacionalistas acusen a los antinacionalistas de no amar su tierra, y de incluso odiarla (¡el famoso auto-odio!). Es mentira cochina, claro; como el 99% de lo que emiten los nacionalistas. Pero si a mí me lo dijeran, acertarían. Se me ha atravesado mi tierra: ¡qué le vamos a hacer!

 

No detesto ninguna idea etérea de Andalucía, ni ningún ser andaluz idealizado (esas monsergas me pueden caer hasta simpáticas, y además siempre salen patios, fuentecitas y tal): la Andalucía que detesto es la que hay. Esta Andalucía no abstracta sino concreta: la que es ya un resultado. El resultado –más allá (¡o más acá!) de su larga historia– de una política, una educación y una Radio Televisión Andaluza. Un resultado, principalmente, del PSOE andaluz; pero también el PP andaluz, y la Izquierda Unida andaluza, y el Partido Andalucista, y los gilismos varios: todos moviéndose de un modo muy profundo –para qué nos vamos a engañar– con las inercias mentales del franquismo. Repasar las jetas de los políticos andaluces puede ser lo más parecido a un paseo entre la estolidez y la muerte.

 

Dicho lo cual, añado que el pueblo está encantado: la comunión con sus políticos es absoluta. Cuando llega la Navidad y los parlamentarios andaluces se ponen a cantar villancicos, a mí se me revuelve el estómago. Pero a la gente le gusta. Lo mismo pasa con Canal Sur: es una cadena que se amolda sin roce al andaluz realmente existente. Yo manifiesto mi repulsión, pero tampoco quiero darme aires. Sé que soy yo el que sobra. Mi malestar es aislado y cenizo: no prolifera. La única esperanza (para que Andalucía empezara a dejar de desagradarme, en una o dos generaciones, a mí) sería una buena enseñanza pública; pero la que existe es justo lo contrario: funciona, casi sin exageración, como una fábrica de espectadores de Canal Sur. El sistema se autoabastece.

 

El remate, como siempre, es la retórica. No basta con sufrir la tabarra andaluza de los hechos: también hay que tragarse los discursos. Este domingo, Día de Andalucía, ha caído un chaparrón extra. Aunque al final ha resultado instructivo. Estaba yo observando que todos nuestros políticos, sean del partido que sean, adoptan la manera de hablar de Antonio Burgos, prototipo del archicursi andaluz, cuando de pronto me he dado cuenta del sustrato antropológico. La devoción que hay por la Autonomía es igual que la que se tiene por las Vírgenes. Y entonces ha encajado todo. Nuestros políticos, que son unos capillitas y no hay nada que les guste más que salir en una procesión, han encontrado en Santa Autonomía a la Virgen que les faltaba. Lo demás: beatería e incienso (y algún eructo).

5 COMENTARIOS

  1.  
    Como vivo en Alemania, no

     

    Como vivo en Alemania, no la sufro (a esa Andalucía de que habla José Antonio Montano) sino menos de una semana al año, pero estoy completamente de acuerdo con mi colega bloguero. Y un aspecto donde se evidencia de manera bien audible el nivel de tontería al que se ha llegado en la tierra de María Santísima, es el de los himnos. Hace un año, un amigo me envió, como anexo de un mail, una filmación sonora del Himno de Huelva, que parece que había sido compuesto por aquellos días. Lo vi, lo oí, y después le escribí a mi amigo que qué decirle, sino que estaba llorando… pero de la risa… Porque hay muchas maneras de ponerse en ridículo, pero bueno, habría que elegir siempre la más discreta. Pienso por ejemplo, y casi que me vuelvo a reír a carcajadas, en la primera cuarteta de ese himno huelvano, cuando se habla de Martín Alonso en el puente (y aparece su efigie en la proa) y de Juan Ramón en la proa (y aparece la suya en el puente): pero bueno, si en la Huelva marinera –como tanto les gusta autotitularse– confunden la proa con el puente, ¿cómo fue que se cubrieron de gloria con el Descubrimiento?  –ese que siempre escriben con mayúsculas–, en otras palabras, ¿cómo  llegaron a América?… Con semejante sabiduría náutica lo congruente es que hubieran desembarcado en Palestina. De todos modos, eso es peccata minuta comparado con lo de cantar a Huelva con aire de jota aragonesa… a no ser que exista un Himno a Zaragoza donde se la cante por fandanguillos, y el compositor haya querido retribuir semejante gesto. Pero es que el Himno de Huelva es casi La Marsellesa, comparado con el himno de Andalucía (auténtico prodigio de ñoñería y de falta de ángel, casi impar en la galaxia). A mí la verdad es que me deja frío, y lo del “¡Andaluces, levantaos!” cantado en esa tesitura es casi toda una invitación a seguir tumbados a la bartola. Y los andaluces parecen haber captado tan sutil mensaje subliminal. ¡Aleluya!, como dizque gritan durante sus orgasmos los cristianos fundamentalistas. Vale.

  2. Todo se resume en una

    Todo se resume en una palabra: Arrayán.

     

    Buen artículo, Montano

  3. Gracias, Intensiva y Ricardo.
    Gracias, Intensiva y Ricardo. Sobre los himnos, recuerdo mi espanto cuando, hace un par de años, se propuso que la «grabación oficial» del Himno de Andalucía fuese una interpretada por Rocío Jurado. Uno de sus defensores era Javier Arenas, y cuando le dijeron que había gente que no estaba de acuerdo, respondió el estólido: «Esa hente é porque no lájcuchao». Ese es el nivel.

  4. Amigo Montano,
    yo quisiera

    Amigo Montano,

    yo quisiera decir que me siento un poco triste al leer tan amargas palabras acerca de uno de los rincones más encantadores del mundo. Ayer sin ir más lejos me preguntó un amigo japonés cuál era mi recomendación para hacer un viaje de una semana por España. Sin dudarlo, le dije: ve a Córdoba, a Sevilla, date una vuelta por los pueblos de la serranía de Cádiz, pero no te olvides de pasear por los jardines almohades de la Casa de la Contratación, ni por los Reales Alcázares, y acércate después a Ronda, en Málaga, y verás uno de los pueblos más bellos del mundo, y visita la Alhambra de Granada… y piérdete por los pueblecitos de la sierra de Grazalema y habla con la gente y verás una hospitalidad que no se encuentra en otra parte. Y aprovecha para ir a un tablao flamenco y prueba la manzanilla y arráncate a jalear cuando veas que la bailaora se recoge las faldas para darle al tacón. Lástima que mi amigo no va a ir en Semana Santa, porque vería unas estupendas escenas del canto de amor y dolor de las saetas, de goterones de cera que parecen de sangre, de mujeres vestidas de negro con minifalda y una peineta exageradamente abultada sobre la cabeza… 

    Amigo Montano, todo eso que disfrutará mi amigo japonés, como disfruta tanta gente que no es de Andalucía cuando viaja por Andalucía, no tiene nada que ver con la mediocridad de los políticos, ni con la escasez de ideas de los programadores de Canal Sur, ni con las idioteces ideológicas del Partido Andalucista. La política (la Andalucía abstracta de los políticos) te impide ver la Andalucía concreta, que es la que hay: la que espero siga habiendo por mucho tiempo… reine quien reine en la nueva Taifa.

    Un abrazo,

    Francisco Luna.

  5. Amigo Luna: leo ahora su
    Amigo Luna: leo ahora su comentario, que lleva aquí cuatro días. Viene estupendamente para equilibrar (y contrarrestar) la visión que ofrecí. Celebro el consejo a su amigo japonés: el japonés que hay en mí también ha disfrutado Andalucía así, a veces. De hecho, en mis años madrileños *bajaba* con mucha frecuencia a Andalucía, porque me gustaba hacerlo. Es el vivir aquí lo que me tiene ahora un tanto asfixiado. Por eso empecé mi artículo diciendo que era, ante todo, una cuestión de carácter, un asunto mío personal. Gracias y un abrazo.

Comments are closed.