Tánger, la ciudad que no existe II

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El verbo “alicatar” procede del árabe
hispánico alqáṭ[a]’ y este del árabe clásico qaṭ’ (“corte”)

 

Poesía de la periferia

Cuando pienso en la periferia me vienen imágenes de arrabales, de solares baldíos donde jugaba al fútbol cuando era pequeño en las afueras de Guadalajara, del sol que caía a plomo en el barrio La Colonia de Sanz Vázquez –también llamado de forma más vernácula La Era del Canario–, un barrio humilde, obrero. Yo no vivía ahí, pero era donde estaban mis primeros amigos y mi colegio.

En los años ochenta, España no era un país receptor de emigración. Por Guadalajara, en aquella época, solo vinieron familias de Argentina y Chile huyendo de sus respectivas dictaduras militares. Era difícil encontrar gente de Marruecos o Ecuador, por ejemplo. Para mí –oriundo de la meseta y de secano–, Marruecos siempre había sido el margen, lo desconocido.

Me viene a la memoria la periferia de Orán y Argel. Ciudades donde creció Camus y donde nunca he estado. La primera vez que fui a Tánger soñé que estaba en Argelia y probablemente su luz no sea muy diferente. Tres sitios donde, como dice Mohamed El Morabet, la siesta todavía es un refugio mediterráneo.

Moby Dick

El día que llegué a Tánger, hace quince años, me esperaba en el puerto mi amigo Omar El Kebiri. Estuvimos un buen rato buscando una estación de autobuses en el centro –cerca de una gasolinera– y de ahí cogimos un viejo Mercedes, convertido en taxi colectivo, hasta su barrio. Era una barriada perdida en algún lugar de las afueras, un lugar donde –al igual que en La Era del Canario– no había nada alicatado. Todas las casas tenían aspecto de provisional, en permanente proceso de construcción. Recuerdo que me dijo que lo llamaban La Wama: “ni luz ni agua”. Hoy quizá este barrio ya esté asfaltado y puede, incluso, que ahora no forme parte la periferia de Tánger, puede que la ciudad haya crecido tanto en estos últimos veinte años que lo haya engullido entero cual Moby Dick, con todos sus arrabales y terraplenes donde jugaban chiquillos y cabras despistadas.

No he vuelto a saber nada de él, las últimas veces que llamé a su teléfono portátil saltó un mensaje diciendo que el número no estaba disponible. Años más tarde, Khaled, el amigo que teníamos en común, me dijo que Omar había recibido un par de navajazos durante una reyerta y que lo habían llevado al hospital. Él también había perdido el contacto desde entonces.

 

Rodrigo Rey Rosa

Omar, más alto que grande a pesar de su apellido, vivía en un barrio duro de Tánger. Al igual que Mohamed Chukri, tuvo una infancia difícil de la que escapó debajo de un camión con destino a la península. La vida de ambos fue al principio un tormento y así nos ha quedado constancia en su obra El pan desnudo, un libro que, al principio, no era accesible al público en árabe, porque ningún editor del mundo árabe se atrevió. Tardó más de treinta años, pese a haber sido traducido antes a trece idiomas.

Una narrativa –y una poesía– eminentemente oral que al igual que la de Rodrigo Rey Rosa, otro de mis autores preferidos, tangerino de adopción, se recoge en cuentos escritos a partir la década de los setenta.

Según nos cuenta el guatemalteco sobre su obra: “Si estuviera hablando conmigo mismo, diría que al principio mi escritura era abstracta. Empecé a escribir lo que podríamos llamar poemas en prosa, narraciones de media página que se extendieron hasta llegar a Cárcel de árboles, que es mi primer cuento largo…”.

Desde mi humilde punto de vista, en Tánger la oralidad confluye con las traducciones: Chukri, que no sabía escribir, fue traducido del español al inglés por Paul Bowles y un tanto de lo mismo pasó con Mohamed Mrabet. Curiosamente, Rodrigo Rey Rosa también fue apadrinado y traducido por el americano en sus inicios.

Como nos cuenta Rocío Rojas-Marcos[i]: “Tánger fue una ciudad árabe para muchos viajeros clásicos, una ciudad internacional y cosmopolita por su historia contemporánea. Una ciudad española en sus costumbres”. Aquí radica una literatura de fronteras, entre el poema y la media página, entre la oralidad y lo escrito, entre lo lírico y lo prosaico. El proceso de creación literaria está muy marcado por las tres lenguas que podemos hablar paseando por la medina o en cualquier café. Tánger no deja de ser el escenario de los cuentos y de las vidas de escritores: pocos retratos he encontrado tan sobrecogedores de la ciudad como el que aparece en El cojo bueno. Solo alguien que haya vivido en Tánger mucho tiempo y que tenga el oído de Rey Rosa puede recrear esta luz tan particular, este canto a la libertad y a las distintas lenguas que todavía viven allí.

[i] Rojas-Marcos, Rocío: Tánger, segunda patria. Editorial Almuzara, 2018.

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