Tecnologías

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hay siempre que subir ¡nunca bajar!

¿No subimos acaso para abajo?

César Vallejo

 

Es un salón bien iluminado, dentro de un edificio a dos cuadras de Washington Square (perteneciente a la universidad NYU). Tengo 30 años. Carole Braden es editora de la revista Time Out New York y es mi profesora de redacción de perfiles periodísticos. Carole es joven, rubia, y es una máquina de dictar clases. Cada sesión semanal es una generosa fuente de información para cualquier aspirante a periodista en New York. Me ha firmado una carta en la que alaba mis esfuerzos y me insta a mejorar mi inglés. Pienso usarla en el futuro. El futuro aún sigue en las portadas de papel. Aún no han nacido las revistas digitales. Tres años después, desde Lima, alguien mencionará por primera vez la palabra «blog».

 

Me he atrevido a entrar en la recepción de la revista Rolling Stone a pedir trabajo. Me imagino, algún año del siglo 21, escribiendo cinco páginas de detalles sobre la vida de una estrella del rock and roll. Un estudiante levanta la mano: ¿Cómo se busca contenido en Internet? Entonces Carole Braden, la rubia profesora que me presentó a los editores que pusieron el Wall Street Journal en las calles al día siguiente del 11 de septiembre (trabajando a control remoto desde oficinas alquiladas), mencionó esa palabra que yo escuchaba por primera vez: Google.

 

Carole Braden también me presentó a los editores de Travel  y Money Magazine. Con ella conocí al principal responsable de cada número de Granta. Y sin embargo, lo que mejor recuerdo de sus clases es aquella palabra que salió una noche de su boca. La palabra que transformó mi relación con Internet. ¿Altavista?¿Yahoo?¿Bling? Nadie compite con Google para darnos el pedazo de información que necesitamos para escribir una crónica o la imagen para iluminar un texto.

 

Es invierno y el viento sopla fuerte y muy frío a ambos lados de una calle de Manhattan. Yo tengo 28 años y acabo de saber qué es una nevada. No tengo plata en el bolsillo y no sé cómo sobrevivo. Una amiga me acompaña hasta la megatienda Virgin en Times Square (que ya no existe). Encuentro Ghost World de Daniel Clowes y no puedo comprarlo. Ella me lo regala. Hay ternura en aquella relación que siempre fue cercana, nunca lo suficiente. Vivimos con destinos cruzados. Ella es ama de llaves y niñera de dos niños de una canadiense que hace enormes cantidades de dinero en la bolsa. Además, se ha convertido en confidente de la millonaria. Yo soy el amigo vagabundo. Entramos a un edificio. El portero nos saluda en español. El departamento está alfombrado y hay una pecera en la pequeña cocina que nada separa de la sala. Por la amplia ventana de la sala se ven los árboles sin hojas de Central Park. La mujer canadiense se ha ido a esquiar a Denver y ha dado permiso para quedarnos en su depa. Alimento a los peces, camino descalzo sobre la alfombra, observo las hojas del parque. Me interesa mucho un paquetito embolsado sobre una mesa al lado de un televisor: Un DVD. Mi amiga le saca el plástico y empezamos a ver Buena Vista Social Club, el documental sobre los octogenarios músicos cubanos que cantaban «El cuarto de Tula» y otras joyas que le dieron la vuelta al mundo. Recuerdo que la imagen del DVD no se distorsionaba al hacer una pausa. Seguía inmóvil en la pantalla, clarísima como una foto. Yo, consumidor de VHS, que alguna vez peleaba con el tracking, retrocedendo la cinta con el único objetivo de ver bien alguna escena caliente (una teta, los pelitos del pubis) recuerdo muy bien aquél DVD. Me hace regresar en el tiempo, hasta la casa de un compañero del colegio, cuando éste me mostraba una placa circular de metal que ponia a girar en un equipo de música: Every Breath You Take. The Singles de The Police. Mi primer contacto con un CD.

 

Una calle de Lima. Dentro de un edificio pintado de azul, frente al parque Mariscal Castilla. Yo tengo 26 años, un gerente me llama a su oficina. Sobre su escritorio hay un aparato pesado, con un par de botones que debo aprender a usar. Es una cámara digital. Toma hasta 16 fotos en blanco y negro y 8 en color, con buena definición. Esa mañana, el vigilante me ha dicho que un oficial de la policía pide que yo salga a la calle Manuel Villavicencio. Desea que le explique de qué se trata una página de una historieta dibujada en blanco y negro que se puede ver sobre el asiento del copiloto de mi automóvil estacionado. El policía examina con curiosidad la página en la que un grupo de políticos celebra una orgía en la casa del embajador japonés, minutos antes de la aparición repentina de un escuadrón terrorista que los transformaría en célebres rehenes. En otos cuadritos, el presidente de la república  es sorprendido por la noticia mientras comparte la noche con una muchacha en el auto presidencial, estacionado en una playa oscura de la Costa Verde. El policía me entrega las hojas (¿Con una sonrisa?). «Se llama La Toma. Ha sido publicada en una revista» explico. Él y su pandilla se van. Unas horas después, yo tenía en mis manos una cámara digital.

 

¿Qué ha cambiado? ¿Cómo venía la tecnología a alterar mi universo? ¿Cómo hubiera sido mi vida sin esa persona que una tarde limeña me dijo que abriera un correo electrónico, que me sugirió a un amigo suyo que sabía «crear» cuentas gratis en Yahoo? ¿Cómo habría conocido a esa colombiana con la que deslizaba mis primeras conversaciones prohibidas vía chat, en una sala que ya no existe en el espacio cibernético? ¿Habría sido más humano o imposible nuestro encuentro años después, tocándonos y besándonos durante toda una noche dentro de una carpa a unas horas de viaje de Bogotá?

 

¿Sería yo un hombre diferente sin mis horas dedicadas a los maestros del cine japonés, sin esos filmes de Ozu, de Kurosawa, de Mizoguchi, sin esos comentarios de los editores de la Criterion Collection? ¿Cómo habrían llegado a mis manos todas las imágenes creadas por Bergman, que disfruté via Netflix, en una habitación estrecha y fría de la calle Dean en Brooklyn? ¿Hizo el teléfono celular más intensa mi vida, o fueron espejismos aquellas noches de fiebre que pasé hablando con muchachas de larga distancia sentado sobre las escaleras heladas de mis edificios de alquiler, o en las noches de calor y relámpagos del Bronx? ¿Qué tipo de hombre inútil sería yo,  sino hubiera llenado de datos irrelevantes las entradas de un blog que empecé a escribir el primero de enero de 2005? ¿Habría utilizado mejor el tiempo desperdiciado en charlas instantáneas, en porno grabado en Miami; en navegar entre poemas e historias de personas que jamás conocí?¿Cómo sería mi vida sin haber visto en pocos meses, reclinado frente a la pantalla de mi computadora portátil, seis años de la serie Lost?

 

Un edificio en el Bronx, vista al río Hudson. Uno de mis mejores amigos me envía un correo electrónico desde Montreal. El e-mail pide que me una a algo que yo no conozco. Borro el mensaje: estoy escribiendo mi primera novela. «Si no perdiera tanto tiempo en Internet…». Aparece una línea en el Messenger: «Tienes que meterte. Te va a encantar «. Y entonces, ignorando al instinto (y postergando la novela por unos meses más) abro mi cuenta y entro a Facebook.