Tiempo de celindas

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Existe un itinerario de flores aromáticas que parte de la primavera y concluye bien entrado el otoño. Se inicia con el azahar, que es la corona de boda de todos los naranjos. Cuando ya huele a azahar, comienza el tiempo de vivir en la calle. Le siguen las primeras rosas -pitiminís de enredadera- que con su amasijo de hojas compactas anuncian a las grandes rosas libro de Mayo. De entre las rosas importantes, Faba siente debilidad por la especie bautizada como rosa Iceberg, una pequeña rosa blanca que tiene en sí misma toda la elegancia de una flor viva de mármol. Las rosas de té -de un amarillo pálido casi carne- también son muy celebradas en esta Huerta del Retiro.

 

La rosa es al perfume lo que la celinda al agua de colonia. La celinda es flor humilde y puede pasar fácilmente desapercibida, pues crece multiplicada como una fluorescencia sobre las desmayadas ramas de su arbusto, el celindo. Su perfume es tan suave y a la par tan delicado, que se confunde con una grata brizna de aire. Si la rosa posee todo el pathos trágico de una heroína de ópera, la celinda es un suspiro aromático que casi no ve nadie, pero todas los olfatos perciben; como si la primavera nos hubiese besado en la nuca, de repente.

 

La celinda es a su vez una sospecha de madreselva; pueden confundirse sus aromas refrescantes, aunque la segunda huela un punto más dulzona. La madreselva trepa por muros y tapias, garantizando -si no está expuesta a vientos contrarios- un ramaje tan tupido, que hay que ir cortándolo a diario, pues crece vertiginosamente. Aún recuerda Faba las madreselvas de su casa en África, donde día a día era el encargado de testar y encarrilar su crecimiento. Lo que no conseguía James Dean en Al este del Edén, (ver crecer a sus plantas de habichuelas ante sus ojos), lo conseguía el pequeño Faba con su madreselva adolescente.

 

La siguiente flor de esta procesión perfumada es la magnolia; de todas las flores es la más humanizada. Poco antes de abrirse, una flor de magnolia recuerda a la cabeza de un niño recién nacido, o a un par de manos blanquísimas entrelazadas. Su perfume es el resultado del amor entre un limón y una ramita de canela. Los magnolios se coronan con sus flores el 23 de junio, para que los saltadores de hogueras de la noche de San Juan puedan robárselas de regreso a sus casas, y así sumergirlas en un recipiente con agua, que dejarán al raso para que recoja el cordial rocío de la mañanita sanjuanina.

 

Los dompedros (o sampedros, o dondiegos de noche) perfuman los recuerdos de las terrazas de cine. Su aroma ya se ha afilado un tanto con respecto a las flores de junio y mayo. En las noches de canícula expelen desde sus estambres un olor más intenso y borracho, que ya anuncia tanto al jazmín y al galán de noche agosteños, como al rey flor de septiembre: el nardo. La temporada se cierra con las rosas de otoño, que son como un aguinaldo para la vista y el olfato, en este perfumado camino de flores que recorre medio año.

 

La favorita de Faba es la madreselva, no sólo por su aroma refrescante, que recuerda a la lluvia y al ozono en el aire, sino porque cuando es tiempo de madreselvas, el verano deviene inevitable. ¿Entonces por qué no ha esperado Faba a escribir esta entrada pasadas unas semanas?

 

La respuesta es bien sencilla: hoy mismo un aroma de madreselva le ha penetrado hasta el tuétano entrando sin permiso por sus fosas nasales; y cuando se ha lanzado a buscar a su flor favorita entre los setos de aligustre, sólo ha encontrado una montañita de celindas. No ha podido resistirse a cortar una ramita, para compartirla con sus lectores escaneándola, y redactando este rosario de pétalos en plena noche de mayo.