Como avancé en mi primera entrada de este blog, dice mucho de un país el modo en el que trata su cultura. El verano tradicionalmente acapara más espectadores tras las pantallas. Los destinos vacacionales, los sabores de helado o las discusiones familiares se repiten cada año, y lo mismo ocurre con las películas.
Echa la vista atrás a una noche de verano hace, digamos, diez años. Veraneas con tus abuelos (insertar el combinado familiar que fuera cierto para ti) en el mismo lugar como cada año. Te pasas el día en el agua, comes sandía con arena y no te importa lo más mínimo, caminas por el paseo marítimo y vuelves para la cena, que estamos de vacaciones pero a comer fuera solo los días especiales. Terminas y te sientas a ver la televisión. Te apetece ver una película. Netflix, HBO, Prime y el resto del pelotón todavía no existe. Aquí solo se practica el zapping.
El Peliculón de Antena 3 oferta la tercera película de la saga Bourne. Cambias, porque optaste por no ver las otras dos entregas que echaron hace escasos días. En el Blockbuster de Cuatro tienes Harry Potter y el Misterio del Príncipe. Otra vez el pesado de las gafitas no. Cambio. En Neox, Schwarzenegger lucha por evitar una catástrofe mundial. Ésta ya la viste un par de días antes en la Sexta. Resoplas. Cambias a La 2 y en sus Noches de Cine clásico te topas con una película de Hitchcock. ¿No pusieron una suya ayer? Lo bueno es que aquí no hay anuncios. Pruebas suerte en La 1 para encontrarte con una comedia facilona que suele tener en su reparto a Diane Keaton o Adam Sandler.
Es posible que hayas tenido que rememorar parte de estos recuerdos: el sabor a sal, los familiares que ya no están, el placer de no hacer nada que tan poco dura en las vacaciones… Sin embargo, dudo mucho que estos títulos te hayan cogido por sorpresa, pues, echando la vista atrás, las españolas y los españoles llevamos viendo las mismas películas en verano desde siempre. Las cadenas públicas han abandonado cualquier impulso de retar al público, ofreciendo películas que sorprendan, asqueen, maravillen, en definitiva, que hagan reflexionar. Que despierten al gusanillo de la curiosidad que todos llevamos dentro.
Durante mis últimas vacaciones me alojé en una pequeña habitación donde parecían no haberse colado los últimos años del siglo XXI, y la extensa oferta de plataformas que se descuelgan en la pantalla de inicio de los televisores no existía. Tras un día de turismo ajetreado, la única opción mientras ponías los pies en alto parecía ser la televisión pública. Reconozco que existe un componente de nostalgia en el ritual. Al pasear por los canales de siempre, recuerdo sobremesas con series de fondo que se iban sucediendo, noches con la manta viendo una película en Telemadrid… Aquella noche me apoderé del mando con entusiasmo, abrazando los recuerdos del ayer y afrontando la misión como si tuviera que escoger solo un sabor de helado. La tarea fue desalentadora. No puede ser que no haya nada, repetía. Atravesé la guía tres veces. En esas tres veces, en cada uno de esos canales, no había nada que me llamara ni la más remota atención. Me giré hacia mi acompañante y descubrí que se había rendido: estaba de espaldas a la pantalla móvil en mano, atento a un vídeo recopilación de los mejores momentos del Mundial.
Tengo que darle la razón a aquellos que no tienen interés en ver la televisión. Resulta como poco decepcionante que este sea el máximo al que podamos aspirar como público. Encontrar una película que no hayas visto o que no tenga el mismo argumento que otras diecisiete supone una rara avis. La oferta lleva sin variar años: películas de contenido penoso, reposiciones de grandes sagas que llevo viendo durante las mismas épocas del año desde que tengo uso de razón…
El tratamiento de la cultura cada vez es más deleznable: las películas se emiten cada vez más tarde, con cada vez más cortes y menos intención de disimular lo poco que les importa esta disposición. Interrupciones de autopromoción, pases a publicidad en momentos críticos de la película que extienden su duración hasta la madrugada, películas de más de tres horas que comienzan a las diez de la noche, la supresión de los títulos de crédito en su totalidad… Lo importante es que sea una película de acción con un actor protagonista guapo, a quién le importa el equipo de producción, maquillaje, aquellas personas responsables de que puedas consumir este contenido. Todos estos gestos corrompen el carácter casi ritual que consiste ver una película. Ángel Fernández Santos lo expresaba con rabia en un artículo publicado en El País en 1986 “Eso no es amar el cine: es aprovecharse burdamente de él, manipularlo sin otra coartada que la pereza intelectual y moral, la turbia comodidad que crea la impunidad”.
Este hecho constituye una derrota para un país que no cuida uno de los instrumentos tradicionales de entretenimiento. Los jóvenes se alejan cada vez más, a la deriva en un mar de scrolling y vídeos de Youtube donde la atención disminuye de forma terrorífica. Es normal que no exista un interés nacional por la cultura, si la oferta es tan limitada y repetitiva. Si existiera la misma competencia entre cadenas como la que surge por ver quién echa los partidos de la Champions, la cultura tendría otro peso. Supongo que no conviene.
Es más fácil comprar un paquete barato de películas turcas o alemanas y programarlas para la hora del café. La oferta pública no puede estar reducida a espacios sensacionalistas, concursos que comparten el mismo guion o reposiciones de programas sin interés. Las series o las películas (cuanto más cortas mejor) ahora son de pago. En antena tienes que resignarte con la Isla de las Tentaciones.
Hay que desafiar las mentes de los espectadores, ampliar el abanico de películas. Hacernos pensar. Levantar el dedo del teléfono y dedicar nuestra completa atención a lo que está sucediendo en la pantalla grande. Porque es imprescindible que haya algo más. Jamás se logrará la atención de la juventud si no se piensa en ella. Si la televisión fuera libre se proyectarían películas que resonaran con el panorama político o social del momento. Pero es más sencillo que el público sea como la sociedad que Orwell planteaba en 1984: un rebaño de ovejas sin cerebro sometidas, donde el pensamiento crítico está prohibido y la ignorancia es la fuerza.
La fórmula mágica se volverá a repetir en un par de meses. Estén atentos a reposiciones de Grease y al número de veces que se oferta The Holiday en antena.




