Tierras de Dios y del alcohol

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Las calles y los trenes están vacíos. En un restaurancito del East Village me entero de que para los colegios y muchas universidades neoyorquinas –NYU y Columbia entre ellas– ya llegó el Spring Break. El gimnasio también está vacío. Me avisan que los muchachos que se dan vueltas y de vez en cuando te dan una mano (si, como yo, pones cara de imbécil porque te has olvidado como funciona una de esas máquinas de formas innovadoras a las que hay que coger de la manera apropiada para no romperse el cuello) también han salido de Spring Break: vacaciones del comienzo de la primavera.

 

En un país donde pulula tanto cristiano conservador y tanto político que se rasga las vestiduras porque Dios así se lo ha ordenado, me parece digno de mención que las autoridades religiosas se hayan puesto de acuerdo y que los judíos y los cristianos resuelvan sus fiestas particulares en privado, mientras que la mayor parte de los norteamericanos a los que esta semana les trae asueto y tiempo libre encuentren satisfactoria, como los antiguos paganos, la recordación de la llegada de la primavera.

 

Entre los anaqueles de mi supermercado Shop Rite favorito, descubro que existe una sección completa de comida bendecida por el rabino de la sinagoga más cercana (kosher) para que los judíos celebren el Passover. En lo único en que nos diferenciamos muchos de los cristianos de los judíos de Nueva York, es que al entrar el supermercado el Viernes Santo nos pasamos de largo la sección carnes y, de preferencia, seleccionamos un buen filete de pescado. Lenguado, los modernos y cebicheros; bacalao, los más tradicionales y nostálgicos.  Otra costumbre muy católica es la de pasearnos por Nueva York con una buena marca de ceniza en la frente.

 

Hasta donde es posible, los cristianos procuramos ir a misa. Recordamos –o se nos recuerda– a Jesús (he encontrado voces disidentes e historiadores mejor informados que yo, describiendo los caminos inciertos del hombre de Galilea; y «calumniando» a los primeros Papas). Jesús es el personaje literario con quien hemos crecido, cuyas aventuras y milagros hemos memorizado desde niños. En los sermones de estas fechas se nos aconseja ser virtuosos para parecernos a él y merecernos el sacrificio del crucificado. Sin embargo, como muchos otros habitantes de este gran país donde trabajamos con regularidad para llevar el pan y el iPad a nuestra casa; la Semana Santa es solo una parte de esta larga semana de días feriados que celebra el fin del frío y la llegada de las abejas, en temporada de flores.

 

No me consta que haya sido adrede, pero sabiendo cómo funciona Estados Unidos (tan de la mano con la producción de dinero ) me parece sospechoso que estas vacaciones coincidan con la fecha límite para presentar las declaraciones de impuestos: 15 de abril. Es como si las autoridades hubieran previsto que después de un buen zarandeo religioso y tras ser instados a buscar la recompensa de la vida eterna, judíos y cristianos tuviéramos mejores chances de sincerarnos: no mentir acerca de devoluciones inmerecidas o de personas dependientes, sacar a la luz cuentas secretas en paraísos fiscales, ponernos la mano en el pecho y, por el bien de la nación, declarar.

 

Sé que en algunas playas del Pacífico y del Caribe, la primavera es recibida con todas las de la ley. Allá los ritos paganos incluyen topless, miles de litros de cerveza y desenfrenos que a veces les cuestan las cortinas y el mobiliario a más de un hotel decente. En Cancún tuve oportunidad de leer algunas de las advertencias contra la conducta irracional de jóvenes esprin-breiqueros que aprovechan la llegada del calor para despojarse de todo, incluyendo la vergüenza. Acá en Newyópolis, además de las misas y la abstinencia de comer carne, el único detalle adicional que nos recuerda el sacrificio de Cristo es la abundancia de conejos. Rosaditos y con orejas paradas, a lo Bugs Bunny. Los niños se vuelven locos en la Semana Santa y esperan con enorme alegría el domingo. No por la resurrección de la carne, sino para la cacería de los huevos: de todos los colores, escondidos entre los arbustos, para que los buenos niños cristianos nunca se olviden que, si los huevos son de colores, es porque ese día Cristo ha resucitado.

 

Nadie me ha explicado muy bien el detalle de los conejos de pascua, que allá en Lima yo acostumbraba llamar «Domingo de resurrección» de niño; y «último día de campamento» ya mayor. En la playa de nuestra Semana Santa adolescente no había un solo huevo de color pero abundaban las botellas vacías: nuestros campamentos incluían visitas rapidísimas al supermercado de confianza, donde el único producto de primera necesidad eran las ofertas de ron Pampero con botellones de Coca Cola. Los peruanos no recibíamos la primavera: nos despedíamos del verano, a lo grande.

 

En mi descargo, diré que yo y mis contemporáneos limeños fuimos una generación perdida. Crecimos entre los apagones y las bombas de Sendero Luminoso; y nos emborrachábamos asustados de salir de la capital, donde nos creíamos a salvo de los horrores de la sierra y la selva. Además, crecimos engañados y pobres, con una mano atrás y otra adelante, esperando que las puertas del aeropuerto se nos abrieran para irnos en busca de países más amables. Nuestros padres nos contaban de intensas celebraciones de Semana Santa en los pueblos de las montañas, pero nosotros recién pudimos vivirlas ya de mayores, cuando hubo paz, carretera asfaltada y algún compañero ofreció su automóvil.

 

Las plazas de Ayacucho, de Huaraz y del Cuzco amanecían el sábado de gloria y el domingo de resurrección cubiertas de botellas. Tiene que haber alguna conexión –no muy estudiada– entre la religiosidad peruana y el alcohol. Me consuela saber que, si no hubiera sido por las desgracias económicas y políticas, la Semana Santa peruana tal vez sería como la de Nueva York.

 

En vez de escaparse de sus trabajos –como sea– el jueves al mediodía, para salir de excursión a cuanto pueblo celebrara su Semana Santa, o a cuanta playa perdida quedara por explorar en el litoral; los peruanos nos juntaríamos el día domingo frente a un campo enorme, con nuestros niños, a corretear con los conejos y a buscar huevos.