Algunos especialistas coinciden en señalar que William Shakespeare (1564-1616) y Thomas Middleton (¿sería antepasado de la actual princesa de Gales?) comparten la autoría de Timón de Atenas, una colaboración que supuestamente se produjo entre 1607 y 1608. El renacentista Middleton (1580-1627), aparte de su propia producción, solía trabajar con cierta frecuencia con otros autores –Thomas Dekker, John Webster, William Rowley, con quien escribió su obra más celebrada, The Changeling…– y tal vez lo hizo con el Cisne del Avon en esta rara obra, calificada con frecuencia como comedia problemática. Yo no recuerdo haberla visto representada antes, aunque hubo en Barcelona un par de montajes: Ariel García Valdés la dirigió en 1991 protagonizada por Lluís Homar, y David Selvas hizo lo propio en 2014 con Julio Manrique a la cabeza del reparto; hay que subrayar también que en 2008 la montó en el Festival de Mérida Joaquim Benite con José Pedro Carrión como protagonista. Se trata, pues, una de las piezas menos habituales en los escenarios de don William, que pudo haberse inspirado –además de en autores de la antigüedad clásica como Diógenes Laercio, Luciano y Plutarco– muy singularmente en el retrato que del misantrópico filósofo ateniense, que vivió en la Grecia del siglo V a. C., dibujó el sevillano Pedro Mejía en su Silva de varia lección (1540).

Como siempre que me interno en el inmenso océano shakesperiano, visito el magisterio de Harold Bloom –espero no resultar muy pesado y recurrente– que en su monumental Shakespeare, la invención de la humano (Anagrama, 2002) pone en duda la coautoría y desliza que el Bardo “parece haber abandonado Timón de Atenas por causas que siguen siendo oscuras. Nunca la puso en escena y algunas de sus partes están menos terminadas que otras” y subraya que, “aunque se la considera una tragedia […] se sitúa en algún lugar entre la sátira y la farsa”, además de llamar la atención sobre que “la obra, caso único en Shakespeare, no tiene papel femenino alguno salvo el de unas putas”. “Puesto que Timón –escribe Bloom–no es más que una caricatura con un discurso que flota sobre su cabeza como un globo, es perfectamente legítimo cambiar Atenas por Londres y al noble ateniense por el cuarentón Shakespeare”, sugiriendo que don William puso mucho de su desencanto y pesimismo personal en la figura del protagonista. Como dato curioso, he leído que Timón de Atenas era la obra que Carlos Marx prefería entre todas las del Bardo.

En La guía del teatro de Shakespeare (Adriana Hidalgo, 2014), Kenneth McLeish y Stephen Unwin hacen hincapié en que Timón “se halla en una larga serie de personajes shakespearianos cuyo desencanto consigo mismos, con la sociedad o la raza humana los llevan a tratar de reenfocar sus vidas cambiando de compañeros o de circunstancias”, y detallan que “el doble movimiento de Timón –de la filantropía a la misantropía y de la ciudad a la playa– lo llevan no a la redención sino al tormento personal y a una muerte sórdida y gratuita. La obra es una exposición desnuda de la dureza humana”.
En un curso de literatura que dictó entre 1953 y 1955 y cuya lección dedicada a Shakespeare editó separadamente Nortesur (Barcelona, 2009), Giuseppe Tomasi di Lampedusa explicó con agudeza cómo saborear esta rara obra, que, según él, “parece uno de esos guisotes de caza que los cocineros apañan con las partes menos selectas de los faisanes, de las libres o de los jabalíes. Si el cocinero conoce su oficio te chupas los dedos. Y en este caso el jabalí es Macbeth y el faisán, El rey Lear. Y el cocinero es Shakespeare. La presentación de ese guisote no es muy buena, de acuerdo, y se sirve en la mesa en tajadas y bocados poco agradables a la vista. Pero si uno se arriesga a probarlos, encuentra en ellos el aroma de la bestia salvaje y el perfume de los bosques”.

Resumidamente, el argumento de la obra se centra en el filántropo ateniense Timón, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesite, pródigo en regalos y en la celebración de magníficos banquetes, pese a las advertencias de sus verdaderos amigos, que le recomiendan moderación. Un adverso golpe de la fortuna lo deja arruinado y cuando pide socorro a quienes antes él ayudó, se encuentra con las puerta cerradas. Su temperamento cambia radicalmente, se convierte en un misántropo que se va a vivir a una cueva al borde del mar maldiciendo a la humanidad; cuando encuentra oro en su refugio, lo empleará para financiar un gran ejército que deberá destruir Atenas; después se anuncia que ha muerto sin especificar la causa, aunque se trasluce que pudiera ser el suicidio.

Hernán Gené sirve este guisote, repleto de aromas secretos como sostenía Lampedusa, con rotundidad, perfilando un espectáculo potente y matizado, aunque con alguna reiteración que lo alarga hasta casi las dos horas. Comienza con un cortejo que acude a la tumba de Timón, lo que para el que quizá no lo supiera, desvela que el personaje principal muere; de esta manera la obra se convierte en una larga analepsis, o flashback, como se suele denominar usando el término cinematográfico anglosajón cuyo uso se ha impuesto. Las peripecias de Timón se siguen con interés y su camino pendular traza una línea coherente de pesimismo exacerbado acribillado por los aguijones de la codicia, el ácido de la ingratitud y la desolada pérdida de fe en el género humano. Es un personaje bipolar que se instala en un tozudo maniqueísmo que lo acabará devorando convertido ya en un ser patético, ciego ante los abusos de sus pretendidos amigos y ciego también al afecto de quienes de verdad lo aprecian. Continuamente saltan las esquirlas críticas contras las ambiciones sociales, la voracidad económica y la interesada falta de empatía, empeñada siempre en autojustificarse. La versión de Joaquín Hinojosa suena muy bien y dibuja estupendamente la silueta de un personaje trágico cuyo carácter excesivo lo acerca a la cara más amarga de la comedia.

Gené asperja su montaje con muy bien escogidos y alegóricos fragmentos de conocidas canciones “clásicas”, verbigracia: el muy oportuno Can’t Buy Me Love (1964) de los Beatles y el no menos certero Los diamantes son los mejores amigos de una chica, que cantaba Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953), por poner un par de ejemplos. Pepe Viyuela compone un estupendo Timón, que, como tan bien sabe hacer el actor, camina por el arriesgado filo del payaso trágico sin perder el pie, ni excesivo ni corto. Si bien es cierto que, como subrayaba Harold Bloom, aparte de un par de prostitutas que acompañan a Alcibiades (Miguel Uribe), el amigo militar de Timón, no hay personajes femeninos en la pieza, Gené ha dispuesto que el llamado pintor sea pintora (Pepa Zaragoza), el joyero, joyera (Beatriz Melgares) y el personaje de Flavio, el administrador del protagonista, lo encarne una actriz (Esther Acevedo). Ellas, como el resto de los intérpretes, asumen con muy buen pulso, eficacia y versatilidad, diferentes papeles: falsos amigos, senadores, sirvientes, personas leales… Me voy a permitir destacar el formidable trabajo de Tomás Pozzi en uno de sus cometidos: el incordiante filósofo pesimista Apemanto, fiel a Timón, pero siempre dispuesto a cantar las verdades del barquero. Y no quiero que quede sin citar el buen desempeño de Samuel Viyuela González, uno de los viles acreedores de Timón, entre otros papeles siempre resueltos certeramente.

Elena Florensa crea con inteligencia diversos espacios con diferentes elementos escenográficos (sillas, mesas, escaleras…), de modo que una sala de banquetes se transforma, con los muebles apilados y cubiertos por una lona negra, en los escarpados paisajes en los que se refugia Timón cuando se retira del mundo. El ecléctico vestuario de Pier Paolo Álvaro sabe combinar cabalmente los momentos festivos con los de dolor y luto, igual que la sabia iluminación de Felipe Ramos. El público, que ocupaba unas tres cuartas partes del Teatro Romano, ovacionó con intensidad a los intérpretes y el equipo al terminar la función. Y una nota sobre la mala educación de algunos espectadores que molestan a todos con la continua consulta de sus teléfonos móviles e incluso algunos intentando grabar el espectáculo, tanto desde las gradas como en las butacas de la zona de la orchestra; muy malos modales que merecen total reprobación.
Título: Timón de Atenas. Autor: William Shakespeare. Versión: Joaquín Hinojosa. Dramaturgia y dirección: Hernán Gené. Ayudante de dirección: Nacho Redondo. Escenografía: Mónica Florensa. Vestuario: Pier Paolo Álvaro. Iluminación: Felipe Ramos. Espacio sonoro: Quique Mingo. Movimiento: Paloma Díaz. Maestro de impro: Gigio Giraldo. Máscaras: Raquel Alonso Romero. Producción: Ana Guarnizo. Producción ejecutiva: Carles Roca. Coproducción: Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Bombonera. Agradecimiento: A Maximiliano Redondo (retrato de Timón). Intérpretes: Pepe Viyuela, Esther Acevedo, Beatriz Melgares, Tomás Pozzi, Miguel Uribe. Samuel Viyuela González y Pepa Zaragoza. 72 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 15 de julio de 2026.




