Tirar del pelo

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Martina olía a combustible. Según ella la moto que la llevó al hotel, que como casi todo el parque motociclista camboyano es de pésima calidad, le regaló quintales de un humo negro que debía salir por el obsceno tubo de escape y que se le quedó impregnado en buena parte de su vestido el cual se quitó delante de mí, y sólo a los siete minutos de las presentaciones, con la misma desidia que uno se arranca el pantalón del pijama usando los pies a modo pisapapeles cuando llega a casa exhausto, borracho y amaneciendo.

 

Martina olía a combustible. Según ella la moto que la llevó al hotel, que como casi todo el parque motociclista camboyano es de pésima calidad, le regaló quintales de un humo negro que debía salir por el obsceno tubo de escape y que se le quedó impregnado en buena parte de su vestido el cual se quitó delante de mí, y sólo a los siete minutos de las presentaciones, con la misma desidia que uno se arranca el pantalón del pijama usando los pies a modo pisapapeles cuando llega a casa exhausto, borracho y amaneciendo.

 

Martina vive en Camboya. Y eso ya es una noticia. Porque la italiana de 48 años nació en Rímini y creció en Vicenza, en pleno Véneto, desde donde enfiló la posibilidad de una salida airosa a su compleja vida, decidiéndose por el sudeste asiático. Me dijo que probó en Tailandia y que no le acabó de convencer porque no le gustaron ni sus habitantes ni su cultura, algo manchada por la occidental ya vivida a mansalva en Italia. Intentó quedarse en Mandalay, Birmania, pero las autoridades no le facilitaron un visado por más tiempo que un mes y de pronto se vio en Phnom Penh atrapada en un apartamento estilo jemer desde donde me llamó un jueves de tormenta monzónica, de las últimas que nos dejará tan lluviosa estación. La llamada, simplista: saludo frío, acuerdo económico y cita en el Hotel Sunway, un hotel depresivo que no llega a nada porque no aspira a ídem. La habitación 345, con vistas a su patética piscina, nos esperaba. Yo llegué el primero y ella a los tres minutos. Tras los preámbulos se me desnudó de manera hippy, tirando el vestido rojo casi transparente contra el sillón que suele adornar cada habitación de hotel impersonal. Con el trasiego de ropas descubrí que Martina poseía un excelso cuerpo para casi haber alcanzado el medio siglo de vida. Me llamó la atención su pubis rasurado a la perfección. Más tarde comprobaría que su piel era celestial, sin pelos ni parecidos. Pero antes del manoseo me negó la ducha juntos, unidos, cuando compartir el chorrazo de agua del baño no es placer que uno pueda disfrutar todos los días. Como ellas pagan y casi mandan acepté aquella extraña vergüenza en un día tan señalado. Mientras escuchaba la intermitencia de la caída del agua, imaginándomela rebosando en cada parte de su cuerpo, descubrí en su frigorífico un arsenal de medicinas. “Tendrá sida”, me dije.

 

El pestazo a gasolina desapareció inundándoseme las fosas nasales con productos químicos que apestaban a diversas flores y frutos campestres: margaritas, romero y piel de naranja. La secta del capitalismo ha conseguido que las naranjas sean obligatorias exprimidas, en tarro de perfume pequeño, en ambientador para el coche, dentro de tarros de suavizante para la ropa, en geles, y en cremas para la piel que no sé yo si en el fondo no serán contraproducentes para unos poros que acaban atorados de tanta irrealidad. Que hasta un buen chorro de humo de tubo de escape, aunque sea muy de vez en cuando, apuntan una buena dosis de realidad para el asunto cutáneo.

 

Ya en la cama noté que Martina se excedía en llegar rápidamente a la penetración, como si el calentamiento previo fuera innecesario. Por lo que de pronto me vi allí dentro, a sabiendas de que ya había comenzado la auténtica cuenta atrás. Como no me dijo que me pusiera condón elevé la posibilidad de HIV al 96%. E intentado que aquel acto se dilatara en el tiempo, pensando en políticos debatiendo o en animales salvajemente gozosos en zanjas de agua turbia, recibí un auténtico chorro de información en una sola frase:

 

Termina ya por favor: lo necesito.

 

Yo soy de los que si me empeño tardo en desovar tres cuartos de hora, dejando a la señora al borde del desmayo y a mí en la antesala del infarto. Pero como la clienta manda, opté por acelerar el proceso concentrándome en aquella posición perruna que me hizo recordar a los vaqueros de los años sesenta que mascaban chicle mientras apuraban cigarrillos y tiraban con violencia de las riendas del caballo. Pero en esa milésima de segundo, y cuando ya estaba cerca de tocar mi cielo y el suyo, agarré su hermosísima melena color caoba que por seca me hizo entender que no se había metido bajo la ducha, cuando me quedé con ella en la mano. Aparte de que Martina se volvió calva como una bola de billar se reprodujo, en menor medida, aquel olor a gasolina. Las medicinas, ya estaba claro, no eran por el sida. Para colmo de males eyaculé cuatro segundos después. Evidentemente la decisión ya se había tomado internamente y no hubo manera de echar el freno de mano: como esos aviones que se disponen a despegar y descubren un error mecánico cuando superan cierta velocidad y no les queda más que intentar el despegue o rezar. Por cierto, parte del asunto le cayó en la espalda, con restos menores en la misma calva. Me quise morir.

 

Mira Aspersor, acabo de recibir unas sesiones de quimio.

 

Ya veo. Pero no tienes que justificarte.

 

Voy a limpiarme.

 

Lo siento.

 

No te preocupes. No sé dónde leí que era bueno para el cutis.

 

Para el cutis es bueno el semen e incluso, aunque en menor medida, el humo de un tubo de escape. Te aseguro que todos esos potingues que te echas no son mejores.

 

¿Me estás insinuando que mi enfermedad es debida a las cremas?

 

Para nada. Lo que te quiero decir es que las modas pasan y un día se pondrá de moda el aftersun de esperma.

 

¡Qué basto eres!

 

La segunda ducha que Martina tomó la realzaba: volvió desnuda, sin peluca y sin ningún olor a producto químico simulado bajo la apariencia de cutis salvavidas. Aplaudí. Y ella se ruborizó. Nada que ver con el profuso abrazo con en el que me obsequió en un camastro donde por un momento creí ver una rata muerta por el rabillo del ojo: era su peluca rojiza. 

 

Es la segunda vez que hago el acto en el último año.

 

No pasa nada. Yo estuve dieciséis años sin follar.

 

No me lo creo.

 

Joder, desde que nací hasta que una holandesa me violó.

 

Ya, pero lo mío es peor: yo hace dos años tenía pareja y sexo con ella. Hasta en abundancia.

 

¿Y qué ocurrió?

 

Pues que me comenzó a doler el pecho y cuando quise ir al médico ya fue tarde. Tengo un tumor en el derecho y si tras estas sesiones de quimio no se arregla el asunto tendrán que extirparme el bulto y de regalo el pecho. E imagíname: calva y con sólo una teta.

 

Joder, tu estás pagando por sexo con un calvo con melenas. Tampoco te creas que ando mucho mejor.

 

Te aseguro que me sacas mil cabezas de distancia.

 

¿Y tu novio?

 

Me dijo que habían coincidido enfermedad y desamor. Que era una casualidad.

 

Cuando te recuperes te saldrá nuevo novio. Y entonces te vas a la casa del ex y defecas en su puerta, sobre la estúpida alfombra que dice ‘bienvenidos’.

 

Para rematar el asunto Martina, embriagada de amor ficticio, se empeñó en que debía horadarla por segunda vez, cuando tras el descubrimiento de su problema no tuve más remedio que contarle el mío.

 

Martina, yo para hacer el acto casi siempre necesito dopaje. Sobre todo si bebo. Y bebo todos los días.

 

¿Cocaína?

 

No, Cialis.

 

El exceso de confianza aturdía la finalización de un acuerdo que amenazó con extenderse tanto en el tiempo que antes de pedir un tiempo muerto Martina comprendió que lo mejor era echarnos a dormir. Yo, con la tele puesta –hacía doce años que no la encendía; y lo que emitía aquello era incomprensible y no sólo por el idioma– recobré la conversación mientras le acariciaba la calva.

 

Yo un día estaré como tú. Y cada vez queda menos.

 

Aspersor: la quimio no es lo mismo que afeitarte para quedar bien y salir a ligar.

 

Yo no estoy afeitado.

 

Ya lo sé. Lo que quiero decir es que nada es comparable.

 

Ya, pero yo sí estoy enfermo de la cabeza y tú sólo calva por fuera…

 

No intentes quitarle hierro al asunto: tengo cáncer.

 

Vale Martina, pero tú lo estás superando y lo mío va a peor.

 

¿Acaso tienes un tumor?

 

No, pero estoy loquísimo. 

 

Cuando se durmió llamé a recepción exigiendo unas tijeras, momento en el que me creí Eduardo Manostijeras enclaustrado en el baño en una apoteósica primera parte de un homenaje real a una Martina que dormía despatarrada encima de una peluca que se la saqué de debajo de su cuerpo mientras me preguntaba en qué compartimento del armario debía guardarla. Finalmente se la dejé en la mesilla de noche, junto al móvil: porque la mesita de noche es, tras la caja fuerte y el puti–club para nosotros, el lugar de preferencia del genero humano.

 

La segunda parte de mi homenaje en silencio se produjo cuando me rocié la cabeza recién recortada de muy mala manera con espuma de afeitar –lo que ponen en los hoteles de cuarta no es espuma sino dentífrico modificado– para, a la cuarta cuchilla –la de recepción no daba crédito: unas tijeras y cuatro cuchillas de afeitar: aquí huele a muerto– terminar con mi cometido: parecerme lo máximo posible a la buena de Martina, de pureza excelsa y enfermedad, como la vida, terminal. Aunque esa noche no había bebido estaba que me salía. De hecho hasta me hice un ‘selfie’ con su móvil, que mi teléfono no tiene cámara, adjuntando sobre mi novedosa bola de billar su peluca caoba. Cuando se levantara se iba a llevar una sorpresa de órdago: un regalo que no se encuentra en los lineales de El Corte Inglés.

 

A la mañana siguiente, tras siete horas de sueño ininterrumpido, me desperté con un grito hueco. Era Martina, asustada por descubrirme calvo.

 

–Joder, yo ayer noche no grité.

 

¿Qué te ha pasado?

 

Nada. Sólo quería parecerme a ti.

 

Eres un estúpido. Me vas a hacer llorar.

 

Se le pasó de la cabeza ese asunto cuando se metió en el baño a orinar y descubrió setenta mil pelos esparcidos por el suelo. Para más inri debió recordar que horas antes le había arrancado la peluca, descubierto su enfermedad y que la había puesto perdida de un semen pesimamente dirigido. Por lo que salió imperativa. Que ya iba siendo hora.

 

Toma tu dinero y vete. No quiero enamorarme de un prostituto.

 

Además calvo.

 

Y así cerramos nuestra bonita historia de amor. Cuando bajaba las escaleras del hotel crucé los dedos, a modo de superstición, hasta que monté en el tuk-tuk que me devolvió a mi zulo. Durante ese trayecto pedí a Dios, si es que existe, que la curara. Además, y porque de pequeño nunca me conformaba con un par de regalos el día de reyes, recé para que antes de dejar aquella habitación Martina llamara a otro como yo y le hiciera el acto: para borrar la pruebas del amor más erróneo; aquel que arrastra a casi todas las parejas hacia el altar o el juzgado, camino de rosas espinosas cuando andamos cubiertos por litros de anestesia.

 

Ya en ni hotel me puse a buscar en internet imágenes de enfermas de cáncer. Porque internet es el abrevadero de todo. La guerra sin bandos. La auténtica dictadura.

 

 

 

Joaquín Campos, 07/09/14, Guangzhou.