Todos queríamos escribir bien

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Pero sabemos que escribir bien no es cuestión del estilo, ni de las palabras. Ni siquiera del trabajo o de la dedicación. Escribir bien para algunos es escribir frases deslumbrantes que forman párrafos deslumbrantes que llenan páginas deslumbrantes. Pero ¿qué es una página deslumbrante? Hay autores que son deslumbrantes y nos aburren mortalmente. Se trata, claro está, de hacer algo con las palabras. Esta es la clave, esto es todo, y sin embargo en ese «todo» está todo lo que se nos escapa y se agazapa más allá, evitándonos. Porque ese algo que hay que hacer con las palabras no está en las palabras ni puede apresarse con palabras. No es cuestión de técnica, ni de estilo, ni de cultura, ni de leer mucho, ni de corregir mucho. Un escritor debe hacer suyo el lenguaje, debe aprender a dominarlo de tal modo que pueda hacer cualquier cosa con las palabras, y a continuación olvidarse completamente de esas artes, lograr que el lenguaje sea para él como una segunda naturaleza. Porque la clave para escribir bien (todos lo sabemos) no está en el lenguaje, sino en la vida. Para escribir bien, una vez has atravesado la casa del lenguaje, una vez has vivido muchos años en todas sus habitaciones y has seducido a todos los hombres y mujeres que has encontrado en ellas y has comido todos los platos que estaban servidos en las mesas y has muerto en las bañeras y dormido en las camas y llorado en las ventanas de la casa del lenguaje y has salido por la puerta de atrás y has dejado atrás la casa del lenguaje, la casa de las letras, para escribir bien, decimos, lo necesario es vivir de la manera correcta. ¡Correcta! No es una buena palabra, porque la manera correcta es siempre la manera incorrecta, la manera peligrosa y temeraria. Para escribir bien, lo sabes, es necesario ser siempre joven. Es necesario sentir la vida en la piel, en la sangre, en los huesos. Es necesario sentir la maravilla, el miedo, la angustia, el inmenso anhelo que jamás se sacia, pero sentirlo cada vez de una manera nueva, como si el mundo acabara de comenzar, como si la lluvia que cae fuera la primera lluvia del mundo. Para escribir bien es necesario no tenerle miedo a la lluvia, como esas personas que en mitad de una tormenta sonríen y no intentan cubrirse. Hay una temeridad que nunca intentamos y un acto de valor con el que ni siquiera nos atrevemos a soñar. Y hay también en cada uno de nosotros la sombra de una ofensa que nos han infligido con horrible rudeza y que nos humilla todos los días de nuestra vida. Encontrar la voz para expresar todo esto es una búsqueda más difícil que la de un tesoro en el fondo del mar. Nuestra inteligencia, nuestra ironía, nuestro ingenio, no bastan. Es necesario algo más: decir lo que no se sabe, decir lo que no se entiende, lo que todavía no es nada, lo que es sólo ruido, sólo locura y gesto. Ahí, en ese acto de valor temerario está el límite que separa lo dicho de lo que nadie ha dicho todavía. Rama feroz que roza mi mejilla al pasar y me despierta.

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

3 COMENTARIOS

  1. Me gusta el principio in

    Me gusta el principio in medias res y el artículo.

    Hay otra manera de escribir, que acaso sea la misma. En lugar de valernos del lenguaje para decir algo, dejar que el lenguaje se valga de nosotros para mostrarse. Para ello hay que poner en suspenso, en epojé, nuestra capacidad verbal, y estimular las cátedras del alma, que están en los meandros del cerebro, ese titubeado órgano supremo donde los espíritus hierven. Entonces el texto irá donde él quiera, donde él sienta, allí donde construya y respire. Entonces no intentaremos nada por nosotros mismos, y lo que escribamos será el resultado de lo que pida aquello conforme va surgiendo. Los textos estarán vivos y tendrán su propia devoción y su intención, leerlos valdrá para poner en común algo con aquel que lea, para que sea posible alargar la vida durante el tiempo en el que todavía vivir vale de algo.

    La escritura, contra lo que suele creerse, no es algo que hagan «los escritores». ¿Por qué hay «escritores»?¿Es que acaso hay «habladores» o «respiradores» o «latidores» o «sentadores»? La escritura es un rasgo del género sapiens. Cuando uno escribe, piensa, y cuando uno piensa, sabe, y cuando uno sabe, es. Los otros modos de ser son humanos en un grado menor y no me interesan. Toda literatura es de aventuras.

  2. Completamente de acuerdo, me

    Completamente de acuerdo, me ha encantado 😉

    «Es necesario sentir la vida en la piel, en la sangre, en los huesos. Es necesario sentir la maravilla, el miedo, la angustia, el inmenso anhelo que jamás se sacia, pero sentirlo cada vez de una manera nueva, como si el mundo acabara de comenzar, como si la lluvia que cae fuera la primera lluvia del mundo»

  3. TODOS QUERRÍAMOS ESCRIBIR

    TODOS QUERRÍAMOS ESCRIBIR BIEN

    pero entonces llegan las academias y nos fastidian.

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