Todos tenemos un 23-F.

0
194

 

El 23-F. es una jornada heroica metafórica. La celebración de un fracaso es cosa rara. Los naufragios de la patria no son memorables, forman parte de la vergüenza histórica, y se tiende, (como hacemos cada uno con nuestros malos recuerdos), a olvidarlos. No es fiesta el 13 de febrero -fecha de la muerte de Larra- como tampoco lo es el 23 de febrero. No hay nada celebrable.

 

Antena-3 televisión ha emitido un acertado programa de inspirado título: El 23-F y yo, que sirve para que sea evocado desde las diferentes perspectivas de un puñado de españoles célebres (políticos, artistas, escritores…); dentro de un eje documental narrando los hechos históricos que constituyeron el intento de golpe de estado de 1981 contra la joven Democracia española. Al mismo tiempo, El 23-F y yo, servía como promoción de la serie dramatizada que Antena-3 tiene preparada sobre el golpe de Tejero, y que emitirá en fechas próximas. Interesante brocheta tripartita, (subjetividad, objetividad y publicidad); un buen programa para un tema televisivo tan trillado.

 

“Todos tenemos un 23–F. en nuestras vidas; al menos, los que ya estábamos vivos en esas fechas,” pensaba Faba contemplando la costa golpista televisiva, y desembarcó inevitablemente en las islas Canarias. El golpe le pilló concluyendo su servicio militar en Tenerife. Todo un sentido de la oportunidad el suyo. Eso se llama estar en el sitio adecuado en el justo momento.

 

En su regimiento la tropa sólo pensaba en que el Carnaval comenzaba el viernes, a pesar de las Maniobras que les tendrían confinados por tres días en los campos del sur de la isla. En pleno desierto de cactus y arena de lava, se enteró Faba, a media tarde, de que en Madrid algo raro estaba pasando. Un soldado catalán encargado de la radio del campamento, le contó que por lo visto unos militares habían entrado en el Congreso, pegando tiros con metralletas. La pistola que colgaba del cinturón del Sargento Faba comenzó a pesarle como un tanque, al tiempo que le pareció una excelente aliada en circunstancias tan adversas.

 

La noche fue larguísima bajo las estrellas del cielo de Canarias. A la mañana siguiente, recibieron órdenes de regresar al Regimiento urgentemente, donde iniciarían un acuartelamiento. La caravana de más de cuarenta camiones pintados de caki, cargados de material bélico y soldados con fusiles, iba recorriendo con parsimonia la antigua carretera nacional de la costa tinerfeña; desde Los Cristianos –en el sur de la isla- hacia Santa Cruz y La Cuesta.

 

Desde los arcenes y las calles de los pueblos que el convoy iba atravesando, la población civil miraba con recelo y sospecha a tanto militar reunido, cuando en radio y televisión ya se informaba del fallido golpe de estado. Sentado de copiloto en uno de los camiones, un joven Faba vestido de uniforme, y oculto tras sus gafas de sol y su barba, sintió por primera vez el miedo de los que le miraban.

 

Una vez vista la distensión de los graves acontecimientos, y teniendo en cuenta que el carnaval comenzaba el viernes, el tiempo de acuartelamiento se redujo a un día menos. La soldadesca se mostraba feliz de abandonar el cuartel, tras un susto semejante, y regresar a sus casas, para disfrutar por fin del deseado carnaval tinerfeño.

 

El desfile de carrozas que conduciría a la reina del Carnaval de Tenerife al corazón de Santa Cruz, partía azarosamente de la misma calle donde residía Faba, la Avenida de Venezuela, situada en los barrios altos de la capital. Al bajar del autobús militar, se encontró Faba inmerso en pleno desfile carnavalesco, que ya estaba formado para iniciar su salida una hora y media más tarde. La calle bullía no sólo de carrozas y agrupaciones danzantes, sino de multitud de gentes disfrazadas. Se respiraba en el ambiente una euforia mayor que nunca. Tres días antes habían estado a punto de quedarse sin carnaval, (que era de lo que más se quejaban los canarios), y ahora, libres de preocupaciones, iban a vivirlo más que nunca, por la alegría de haberlo recuperado, cuando ya lo habían dado por muerto.

 

“Mira éste, qué bueno, qué bien va. Qué disfraz más oportuno y ocurrente. ¡Va vestido de golpista. ¡Tío, genial!” , iban diciéndole las mascaritas -entre risas y felicitaciones- a un Faba que pasaba entre ellos vestido de militar, con su bolsa a cuestas, y oculto bajo su gorra de visera y las gafas negras.  Un chiquillo entusiasta se acercó hasta él diciendo: “¡Fíjate, si además hasta lleva pistola!», y cuando fue a tocarla, un amigo suyo le mandó parar en seco: “¡Quieto. Déjalo. Este no va disfrazado. Es de los de verdad.” Y el jolgorio se redujo, le abrieron paso, y Faba se perdió -muerto de vergüenza- entre la masa de disfraces. Ansiaba llegar a su casa cuanto antes, para poder quitarse de una vez aquellas ropas, y volver a sentirse persona normal y corriente. Cuando Faba desabrochó el cinturón de su pistola y la dejó bajo el armario, sintió que había una serpiente viva en aquel cuarto.  

 

El 23 de Febrero festejan los japoneses el día del Monte Fuji, que -como todo el mundo sabe- es venerado como un dios en el Imperio del Sol Naciente. Que todo un país se paralice para entregarse a honrar al gran volcán que puede aniquilarles, eso sí que es un acontecimiento celebrable.