Tomás Alcoverro. Todo por decir

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  1. Retornos

 

En los años 1977 y 1979 viviste en persona, en directo, dos retornos esenciales a Cataluña y a Oriente Medio: por un lado, el de Josep Tarradellas i Joan, en Cataluña, y, por otro lado, el de Seyyed Ruhollah Jomeini, en Irán.

Estuve en la avioneta que llevó a Tarradellas desde Tours, en Francia, hasta Madrid, y después en el avión que le llevó desde Madrid hasta Barcelona. Como corresponsal de La Vanguardia en París había tratado con Tarradellas en muchas ocasiones, siempre con mucha cordialidad y cierto cariño. Nos habíamos ido viendo con relativa frecuencia, no solo en Saint-Martin-le-Beau sino también en París.

En una avioneta no hay mucha gente. ¿Qué viste?

Éramos siete u ocho personas. Tarradellas se sentaba junto a la ventanilla, y yo me lo quedé mirando de perfil un buen rato. Le contemplaba. Me impresionó su figura: tenía cara de senador romano.

¿Cómo es un senador romano?

Tenía el rostro que tienen los hombres poderosos. Un perfil noble que denotaba mucha fuerza de voluntad, un rostro que escondía mucha energía. Nos sentábamos de perfil uno respecto al otro, y en ese momento tan íntimo, tan confidencial, hablaba desde el alma: “Alcoverro, de esta quema nos hemos salvado [el líder comunista Santiago] Carrillo y yo”.

Una gran jornada como periodista.

Sí, pero el día acabó, para mí, peor de lo que había empezado. Cuando el avión proveniente de Madrid aterrizó en Barcelona, ​​fuimos de camino hasta la plaza Sant Jaume y el Palau de la Generalitat. Le acompañábamos dos o tres periodistas; recuerdo uno de El País y otro de TVE. Y en ese momento me pasó algo terrible.

Seguro que no hay para tanto.

En ese momento, terrible. Resulta que yo, el día antes, había salido a toda prisa de Saint-Martin-le-Beau con mi maleta, en la que, pobre de mí, no metí ninguna acreditación de prensa. O sea que, a pesar de haber acompañado a Tarradellas durante todo el viaje, de haber compartido tantas conversaciones con él y de haber intercambiado opiniones sobre tantos temas, resultó que, a última hora, cuando fue el momento de entrar en Palau, me cerraron el paso. Sin acreditación de prensa no me dejaron entrar. Me quedé plantado en la puerta y con un palmo de narices. Verlo allá arriba, en el balcón desde donde estaba a punto de pronunciar el famosísimo “Ciutadans de Catalunya, ja soc aquí!”, me frustró. Aquel hombre, con el que había hablado durante las horas de vuelo y al que había conocido personalmente durante su exilio en Francia, de repente era un dirigente político aclamadísimo que me quedaba lejano. Un personaje público convertido en ídolo que, para mí, en cuestión de segundos y desde la plaza, mirando hacia arriba, se había convertido en inaccesible.

Solo un periodista sabe lo que es esa sensación. Que se te escurra la historia entre los dedos cuando ya la tienes en la mano.

Me dio rabia. Yo daba por supuesto que entraría en el Palau de la Generalitat. Ni siquiera pensaba en si llevaba o no la acreditación de periodista en la maleta. No caí, sinceramente. Claro que igualmente pude ver y oír el “Ja soc aquí!”. Pero pude haberlo visto y oído a su lado, desde lo alto del balcón. Y esa visión habría sido más impactante todavía, más reveladora, sobre todo desde el punto de vista periodístico. Es un momento primordial de la historia de Cataluña.

En poco más de un año viviste el regreso de Tarradellas a Barcelona y el del imán Jomeini a Teherán. Regreso e intensidad.

La emoción que inundó Cataluña ese día es indiscutible. La gente se entusiasmó con su vuelta. Un hilo de legitimidad que nos unía con la Segunda República. Se anunciaba lo que ya se había estado oliendo durante meses: el inicio de una nueva Cataluña. Aquel regreso ponía nombres y apellidos a una nueva etapa. Aquel 23 de octubre [de 1977] fue un día de esperanza. Alentadora y excepcional.

Sospecho que hay un…

Pero en modo alguno se puede comparar con el retorno del imán Jomeini a Teherán en febrero de 1979.

Ambos volvieron en avión desde el exilio francés.

Cierto. Pero si bien el retorno de Tarradellas fue un día importantísimo para Cataluña y para España, debo reconocer que, en lo personal, el regreso de Jomeini fue uno de los días que más me han marcado como periodista.

Junto con el del entierro de Nasser en Egipto.

Exactamente. De la misma forma que el adiós de Nasser estuvo marcado por una depresión colectiva sideral, el retorno del imán Jomeini se definió por un entusiasmo compartido extraordinario. Todo el mundo estaba absolutamente pendiente de él. Incondicionalmente. Había tanta, tanta, tanta gente esperándole en las calles de Teherán que hubo que cambiar los planes. Tuvo que ir hasta un cementerio lleno de mártires, a las afueras de la capital, que creo que tú también conoces.

De acuerdo. Tú volviste con Jomeini y, diez años después, yo lo enterré en ese mismo cementerio porque tú estabas perdido por Mauritania y nadie te localizaba. Yo era un pardillo. Fue mi primera crónica desde el extranjero.

Ja, ja, ja… Había tantos millones de personas en la calle esperando su regreso que llegó un momento en el que Jomeini no podía avanzar. Atravesar la ciudad era físicamente imposible. La gente le aclamaba con locura, con una pasión desatada, inaudita.

Con su cadáver ocurrió exactamente lo mismo: la misma pasión desatada que no dejaba avanzar hacia el cementerio.

Hicieron venir un helicóptero para que lo recogiera. Y esto dejó a muchísima gente frustrada. La multitud que había inundado las calles quería verle, tocarle. Creerse lo que estaba pasando. Finalmente, el helicóptero llegó a ese cementerio tan grande de los chiíes, donde estaban los mártires de la revolución contra el Sha. Y, de repente, me di cuenta de que todo el mundo miraba el helicóptero con una expresión asustadiza, escéptica.

¿Por que tenían miedo?

Temían que aquel helicóptero lo hubiera enviado con mala intención el jefe de gobierno de ese momento, al mando de un ejército que todavía no se había decantado por la revolución. Pero en el helicóptero iba Jomeini. Empezó a descender y, antes de aterrizar y de que él pudiera bajar, levantó mucha polvareda. Tanto que los periodistas que estábamos allí, pocos, teníamos que taparnos los ojos. La cantidad de arena levantada era espantosa. Eran instantes de incertidumbre, y los mulás, para tranquilizar a toda aquella masa, iban diciendo: “¡Siéntense! ¡Siéntense! ¡Que todo el mundo se siente!”.

La revolución sentada.

Si tú coges una gran concentración como aquella, llena de manifetantes tan animados y excitados, y haces que se sienten en el suelo, no podrán expresar con tanta vehemencia toda la fuerza, la euforia o la rabia que acumulan. Así de sencillo. Por eso lo hicieron.

Y Oriente Medio dio un vuelco.

El imán Jomeini no proclamó la República Islámica de inmediato, como se esperaba, sino que lo hizo unos días después. Pero, independientemente de esto, hay algo que es seguro: cada uno de aquella masa inalcanzable estaba convencido de que Jomeini había vuelto para darles una vida mejor.

Con el Sha se fue la influencia norteamericana. Pero todo envejece.

La iraní, como bien dices, es hoy una revolución totalmente envejecida. Es muy difícil que se transforme el sistema asentado en Irán. Nada se modificará hasta que no cambie algo que introdujo precisamente Jomeini. Cuando se empezó a hablar de la Constitución, en medio de tanto debate y de tantas disputas, él dio un puñetazo sobre la mesa, de aquellos que, aunque no te des cuenta, más tarde entiendes que hacen tambalear la historia del mundo.

Debió de ser un puñetazo muy fuerte.

Impuso el principio del Velayat-e Faqih, que, esencialmente, significa que, mientras no aparezca el imán oculto, que es el imán Mahdi, el poder absoluto de la nación quedará en manos de los ayatolás, los jefes religiosos de los chiíes. La situación política de Irán era difícil, de difícil resolución, porque el poder lo tienen los grandes líderes religiosos, que son los que barajan las cartas en Persia. Todo este asunto demuestra la complejidad del mundo islámico. Una maraña que cuesta entender.

¿Cuándo volverá ese imán oculto?

Todo el mundo espera a alguien. En Jerusalén, de vez en cuando, todavía se oye a alguien que dice: “¡El Mesías! ¡Ahora sí que llega El Mesías!”… En Irán, en algún momento, se llegó a creer que Jomeini era la reencarnación del imán oculto.

Dices que la iraní es una revolución totalmente envejecida. La obsesión antiamericana también se ha hecho vieja.

Estoy de acuerdo. Por ejemplo, la guerrilla chií libanesa, Hezbollah, se ahoga con la obsesión antiamericana. Hay árabes que no se quitan esa idea de la cabeza. No evolucionan. También en Irán.

¿No les falta autocrítica?

Completamente.

¿Y por qué crees que insisten en la amenaza norteamericana?

Si no ven una amenaza en el imperialismo norteamericano, ¿cómo justifican todas las guerras que van encadenando y de las que hablamos continuamente?

Es desconcertante, porque, en el fondo, el mundo árabe y también el iraní odia y admira a la vez la cultura estadounidense.

Vuelvo a estar totalmente de acuerdo. Es más, uno de los problemas con los que hoy se encuentran los regímenes de estos países es que la juventud se les está escapando. No solo por la cuestión tecnológica, WhatsApp y todas las redes, sino por la forma de vestir, vivir y amar.

En la playa de Gaza vi a la milicia de la Yihad Islámica haciendo maniobras militares con unas gorras de béisbol exageradas que para nosotros serían una americanada. Era casi cómico.

También, en cierto modo, es un regreso a los tiempos del Sha: los jóvenes iraníes están cada vez más americanizados.

Ocho meses después de la vuelta de Jomeini y del inicio de la República Islámica, cuando el chador se va imponiendo, vuelves a Teherán y describes la parte alta de la ciudad, un mundo que se apagaba, que se extinguía: “En sus restaurantes hay muchachas deliciosas que lucen modelitos de París, calzan zapatos de tacón y departen animadamente con sus acompañantes masculinos. ¡Ah las cosas nunca son tan fáciles de describir como se quiere!”.

Ni entonces ni ahora ni nunca.

 

Este texto corresponde al libro Tomás Alcoverro. Todo por decir, primero editado en catalán y ahora publicado en castellano por la editorial Carena.

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