Tomelloso en dos tiempos. Amor y Wuhan

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1. El único patriotismo es el amor al prójimo

La terrible pandemia que estamos sufriendo se ha llevado por delante el infantilismo con el que la sociedad actual se protege de todo mal. Hemos ido creando (o lo han hecho por nosotros) una coraza virtual que creíamos inexpugnable; nos sentimos seguros detrás de las consignas, las grandes frases (apócrifas y falsas en su mayoría) y los bonitos memes de las redes sociales. Nada nos puede pasar. Pero nuestra segura inconsciencia nos ha metido en un lío de narices.

En el caso de esta epidemia, del Covid-19, no hemos hecho caso de nada ni de nadie… y así nos ha ido. Nos está yendo. Los españoles nos hemos creído exentos de la posibilidad de contagio, inmunes ante el virus y hemos hecho un confinamiento a nuestro estilo. Cuando esto acabe hay que exigir las cuentas que sean necesarias a quien ha dirigido el país, cómo no, pero deberíamos asumir nuestras culpas como ciudadanos, que no son pocas.

Si salimos de esta, si la podemos contar, no va a ser por lo memes y las cursiladas en las redes sociales. Va a ser por el coraje del personal sanitario. Mujeres y hombres que se juegan el tipo por nosotros. El verdadero patriotismo es el amor al prójimo.

“Esto es auténtica medicina de guerra”. Esa fue la primera frase que escucho de uno de los enfermeros que me atendieron cuando el pasado 18 de marzo ingresé en el Hospital de Tomelloso con neumonía por coronavirus. En el centro no hay UCI y me llevaron a una zona con cuidados más intensivos. Además, llego con taquicardia y otro montón de dolencias. La gente que me conoce y que me quiere, que diría Silvio Rodríguez, se sorprende de verme allí.

Desde el box donde estoy se aprecia el estricto protocolo del personal. Con disciplina militar desarrollan el programa, sin dudas, inexorablemente. Se oye hablar, disponer, ordenar, siempre pidiendo el último esfuerzo, la sonrisa, el cariño y la eficiencia. Todo son atenciones, a pesar de la situación, en cuanto toco el timbre siempre hay alguien que pasa, con una sonrisa y llamándome por mi nombre. El tratamiento consta de retrovirales del VIH, antibióticos, corticoides… Lo propio de una gripe desbocada.

Pero enseguida surge el problema: la saturación. El porcentaje del oxígeno en la sangre es fundamental y en su recuperación se basan las siguientes jornadas y mi recuperación. Durante tres o cuatro días esa es la única preocupación de los médicos. Dejo de comer y aprendo a respirar de una forma acompasada, tranquila y armónica. En mis delirios soy capaz de distinguir las moléculas de oxígeno del resto de los gases del aire, que bajaban por la pared del cuarto junto a las caras de mi mujer, mis hijas y mis hermanos.

Fuera sigue el combate. El personal sanitario trabaja incansablemente. Corren, gritan, no paran enfundados en varias capas y con una temperatura de sauna, inhumana, acuden donde suena el timbre. Todos a una, facultativos, enfermeros, auxiliares, celadores, limpiadores, jugándose el tipo por los pacientes, por nosotros, sin una queja.

Ocho días después me trasladaron a planta. Me llama la atención la cierta tranquilidad que existe con respecto a mi anterior estado y, sobre todo, la luz. Venía de un lugar siempre a oscuras en el que se mezclaban la noche y el día. Ver aquella blancura entrar por el amplio ventanal era un sueño. Una luz plácida, reconfortante, agradecida, calmada, blanca, tranquilizadora, luminosa, no muy fuerte; estaba seguro que con ella, nada malo podía pasar.

Ahora, desde casa, uno recuerda un par de momentos gloriosos. El primer almuerzo, “homérico”, que hubiese dicho Micheleen Flynn, y cuando me liberaron del pañal, una circunstancia que moralmente me elevó mucho.

El hospital contrató personal y cambió destinos (uno no podía dejar de poner la oreja en todas las conversaciones). Y todos contentos y orgullosos de poder colaborar. Son los héroes de esta tragedia, los que nos están enseñando el camino. La sanitaria es una profesión vocacional, de otra forma no podrían enfrentarse, algunas veces con poco medios y una sonrisa, a este desastre. Todos tienen familia, todos tienen amigos, todos saben lo que se juegan y, por supuesto, no lo hacen por el sueldo.

Mientras tanto, Tomelloso abría todos los noticiarios por el alto número de casos y, lo que es peor, de fallecimientos, con imágenes del cementerio. Era el memento mori de este periodista, el recuerdo de que la sin nombre estaba haciendo de las suyas con muchas personas queridas y conocidas.

Afortunadamente la carga asistencial ha descendido en mi ciudad. Sale el sol, que nos marca el camino. He vencido la enfermedad (y muchos más) y ellos, los sanitarios, han sido los ejecutores de que así sea. Son nuestros aliados, nuestros guardaespaldas, los pretorianos que en ningún momento nos dejan de proteger del coronavirus y sus consecuencias devastadoras.

  1. Tomelloso en el centro del mal

Tomelloso es una tranquila ciudad manchega que vive honradamente de su trabajo, elaborando principalmente vino. Tiene una potente industria agroalimentaria, seguramente la mayor de Castilla-La Mancha, y es un referente como localidad emprendedora, destacando en muchos otros sectores, como el metal o el comercio. Si algo distingue a este pueblo es su, digamos, fenómeno cultural. Es la patria de importantes escritores y artistas. Antonio López, Marcelo Grande, Pepe Carretero, Francisco García Pavón, Félix Grande, Eladio Cabañero o Dionisio Cañas son de Tomelloso. Aquí se celebra la cultura y en alguna ocasión, seguro que exageradamente, nos han llamado la Atenas de La Mancha. La ciudad, gracias a esta nueva peste que nos azota, ha pasado de ser reconocida como ese parnaso y el lugar del emprendimiento a ser considerada la capital de la muerte.

Recuerdo, cómo olvidarlo, que el primer caso se diagnosticó en Tomelloso fue el 4 de marzo. Se trataba, nos contaron en una concurrida rueda de prensa, de un caso leve y el paciente pasó el virus en casa. Fue uno de los primeros enfermos de la región y la gente, los vecinos, todos, nos tomamos como algo anecdótico: “Siempre tenemos que ser los primeros en todo”, pensamos. Qué lejos queda aquello y cuanto sufrimiento ha venido después.

Ingenuamente, nuestra mayor preocupación (no hemos dejado de ser un pueblo) era saber quién era el contagiado y qué extraño avatar le había llevado a coger el incipiente coronavirus. ¿Habría estado en China, en Italia? Los tomelloseros, ni nadie, se preocupaban de tomar cualquier otra medida que no fuese hacer la compra.

Después, muy pronto, vinieron más casos. El consejero de Sanidad hablaba el 11 de marzo de 22 casos en la provincia de Ciudad Real “por un foco agregado en Tomelloso”, dijo. El hospital de la ciudad se iba llenando de contagiados por el Covid 19 y la gente comenzó a bajar la mirada. Parece que hayan pasado mil años, pero recuerdo esos días, a pesar del sol, con una luz apagada, mortecina y ocre, como la Gran Vía de Antonio López.

La siguiente semana, una residencia privada de ancianos tuvo que ser tomada por la Junta de Castilla-La Mancha dada la alta mortalidad de los residentes. Fueron días terribles para los familiares de los ingresados. No sabían nada de ellos y las nuevas eran cada vez más alarmantes. También fueron muy complicados en el aspecto periodístico por la sucesión de declaraciones de unos y otros, de afirmaciones sin sentido y de desmentidos tajantes, de toma clara de posiciones, arrimando, en muchos casos, el ascua a una apestosa sardina muerta.

El desánimo cundió, las calles se vaciaron y las redes sociales se llenaron de mensajes. De gritos de dolor en muchos casos, de ánimos. Pero también de quienes se dedican a sacar tajada, aunque caigan chuzos de punta o haya muertos de por medio.

Fueron los días más negros. Cuando nos encasquetaron lo del Wuhan de la Mancha. La soledad de la plaza y la descorazonadora blancura de la fachada del cementerio y varios féretros esperando para entrar aparecían en todos los sitios. Tomelloso ha sido golpeado por la pandemia con una inusitada violencia, sin piedad, con dureza y saña. Entre lágrimas, desde la cama de cuidados intensivos, con el ruido de los monitores, aquello que mostraba mi teléfono, se me antojaba una novela distópica o una alucinación por el tratamiento. Me resistía a que fuese real.

La joven alcaldesa de Tomelloso, Inmaculada Jiménez, aseguró el 31 de marzo que hasta entonces habían sido más de 100 los fallecidos por coronavirus en la ciudad: “una pandemia que nos ha atacado con dureza”. No dejo de preguntarme por las circunstancias que llevan a que un pueblo de 36.000 habitantes tenga más muertos por coronavirus que muchas de las capitales de provincia de España.

La gente entierra a sus muertos en silencio, con resignación, no sé si cristiana, aumentando el dolor aún más. Sin poder llorarlos en muchas ocasiones, con indignidad, me atrevería a decir. Las redes sociales sirven de esquela virtual, de recuerdo, de grito, de protesta, de paño de lágrimas… Esa ha sido una de las principales preocupaciones de los vecinos. Una muerte digna, un entierro digno, una despedida como el padre (o la madre, o el abuelo) se merecía.

Afortunadamente, en estos últimos días el número de pacientes del hospital de Tomelloso está bajando a buen ritmo (el de fallecidos no se sabe, pues Sanidad incluye a todos los de la región).

Cuando salgamos de esta, cuando podamos contarla, no vamos a ser los mismos. El alma de Tomelloso se habrá endurecido por las heridas de dolor y pena, pero estoy convencido de que nos dejaremos llevar por las emociones. Ya no volveremos a ser esos manchegos hieráticos y lacónicos, no escatimaremos abrazos ni conversaciones. Hemos aprendido –estoy seguro– que no nos conviene seguir en el mundo infantilizado, de niños malcriados, en el que vivíamos antes de esta tragedia.

Nos quedará para siempre la solidaridad de los aplausos de las ocho y el cariño de tantos y tantos mensajes de apoyo como ha recibido Tomelloso. Recordaremos a todos los que se han sacrificado porque la situación haya sido mejor (quienes han cosido mascarillas, han fabricado caretas, han donado material, han animado…). Esta ciudad, y no lo he dicho, es desde siempre un ejemplo de solidaridad y lo está siendo en estos días negros. Y, por supuesto, siempre tendremos presente el sacrificio del personal sanitario.

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