‘Tongolele no sabía bailar’, la épica moderna en la prosa de Sergio Ramírez

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APARICIÓN TERCERA

Ten el orgullo y temple de león y olvídate
de quien conspira, o se agita o se queja.
Macbeth no podrá ser vencido hasta el día
en que el gran bosque de Birnam por la alta colina de Dunsinane
no avance contra él.

MACBETH

Eso jamás ocurrirá.
¿Quién posee el poder para movilizar un bosque, y ordenar al árbol
que se arranque de la tierra que ata su raíz? ¡Dulces presagios!
Rebeldes muertos, nunca os alcéis hasta que surja el bosque
de Birnam, y nuestro egregio Macbeth
viva lo que prevé Naturaleza y pague el último suspiro
a la hora y costumbre de la muerte.

[William Shakespeare, Macbeth, ACTO IV, escena 1]

 

En la segunda mitad de abril de 2018, en Nicaragua, el bosque empezó su lenta marcha. Los árboles de hierro iluminados con colores vistosos fueron arrancados de la tierra de cemento y cables. El amarillo limón, el rosa magenta y el azul cerúleo yacían ahora como inermes y macabras reliquias del poder. En los callejones de los municipios de Managua, León, Jinotega, Masaya, Diriamba, Jinotepe y Nandaime los estudiantes universitarios apoyados por las capas más humildes de la sociedad protestaron en contra de la reforma del seguro social. Reclamaban la dimisión del presidente del país, Daniel Ortega. La última novela del nicaragüense Sergio Ramírez, Tongolele no sabía bailar, vuelve de manera impecable sobre aquellos acontecimientos que provocaron más de cuatrocientos muertos y miles de heridos, y cierra de esa manera la trilogía sobre el inspector Dolores Morales, nacido de las páginas de El cielo llora por mí (2008, el año en que el escritor recibió el Premio Cervantes), a la que siguióYa nadie llora por mí (2017).

“Que los árboles de lata no nos impiden ver el bosque. […] Sólo son la gota que ha rebasado el vaso de la ignominia” (página 124), afirma padre Pupiro al escuchar en la radio las noticias de las decenas de presos y heridos. Con la ayuda del amigo y colega Rambo, de Doña Sofía, de padre Pupiro y monseñor Ortez, entre otros, el inspector Morales intentará entender el significado de esa masa informe de árboles desplomándose. Irá más allá de la superstición. La forma en que el poder se viste con los trajes deslumbrantes del mito, hasta que queda arrinconada y desnuda la carcasa inmunda de violencia y crueldad, de avaricia y engaño, de miseria y perversidad que contiene. Y entonces será allí que la ficción dará vida a algunas de las páginas más brillantes de análisis político publicadas en los últimos tiempos, tanto por su lucidez analítica como por su habilidad de síntesis.

“… porque hay dos Nicaraguas […]: la de quienes se lucran del cacareado crecimiento, la de la bacanal sin fin, la de la minoría egoísta, la de la oligarquía vieja que sólo cree en el dinero, y la de la nueva clase fastuosa y arrogante de quienes un día se llamaron revolucionarios, y hoy también sólo creen en el dinero. El dinero los une, por eso pactan entre ellos, por eso se reparten las vestiduras del país, como los sayones al pie de la cruz del Salvador. Y la otra Nicaragua marginada, la de la inmensa mayoría, la de la pobreza que ofende, la de los campesinos que comen guineo con sal, la de los humildes trabajadores que no tienen segunda muda. Y vemos eso y no decimos nada. Vimos cómo aquellos que cuando eran jóvenes lucharon por un mundo nuevo le daban un golpe de Estado al pueblo cambiando la Constitución para perpetuarse en el poder en nombre de una revolución ya muerta, y no dijimos nada. Vimos cómo se robaban las instituciones y las prostituían, y tampoco dijimos nada. Vimos cómo se apoderaban de la policía y del ejército y nos callamos. Qué cómodo es callarse. Y qué cobarde” (página 94).

Hay veces en que la ficción, a sabiendas o no del mismo autor, se hace cargo de lo que la historia oficial ya no está dispuesta a asumir. Cuando la verdad empieza a aflorar en las fisuras casi imperceptibles del relato oficial, y su fuerza corrosiva y demoledora pone en jaque al poder, entonces la represión comienza. Y no importa que se llamen malandros, como en la patria de Bolívar, o motorizados o fieles revolucionarios, porque sea donde sea habrá siempre quienes por una módica limosna se encargarán de cumplir las órdenes más sórdidas. Mientras la policía y el ejército nacional mirarán imperturbables cómo los nuevos cruzados asesinan a balazos a la gente, a ese pueblo tantas veces idolatrado en los comicios y en los cantos revolucionarios del partido. Y la ficción se volverá real, más viva que los elementos que constituyen el mundo y más perturbadora que cualquier otro hecho de la historia pasada. Es aquí donde Sergio Ramírez alcanza la estatura de grandes escritores épicos del pasado, como Homero o Tolstoi.

“A diferencia de Bernal Díaz del Castillo, que regresa a hechos vividos, Tolstoi regresa a hechos que nunca vivió, separado de ellos por varias décadas. Igual que a Homero lo separaban dos siglos de la guerra de Troya. En este sentido, Tolstoi narra la historia (en el sentido que la historia tiene de pasado), pero la narra como si se tratara de hechos contemporáneos suyos, hasta crear una realidad paralela identificable con la otra, la que verdaderamente ocurrió pero que se ha disuelto en el tiempo y ha dejado de existir. Todo lo que pasa deja de existir. Y él se vuelve el gran testigo que todo lo sabe y que todo lo ve, todo lo conoce, todo lo penetra hasta en su más mínimo detalle: es el gran narrador omnisciente, el que está en todas partes, al quien no se le escapa absolutamente nada. […] Y de la suma de todos los mínimos detalles, de todas las piezas minúsculas de ese gran reloj armado con precisión resulta en Guerra y paz el tiempo y el espacio, el gran total, la arquitectura del todo que se basta a sí mismo. Y es la realidad de Tolstoi la que sobrevive, no la realidad del pasado que se disolvió en el tiempo”. [Sergio Ramírez en una clase magistral en el Instituto Cervantes]

La literatura nos salva. Cuando en un ático de París el joven Mario Vargas Llosa pensaba en el suicidio (“tuve la sensación de una incompatibilidad definitiva con el mundo, una desesperación tenaz, un disgusto profundo de la vida”), será en las páginas de Madame Bovary donde encontrará sosiego y conforto. “Recuerdo haber leído en esos días, con angustiosa avidez, el episodio de su suicidio, haber acudido a esa lectura como otros, en circunstancias parecidas, recurren al cura, la borrachera o la morfina, y haber extraído cada vez, de esas páginas desgarradoras, consuelo y equilibrio, repugnancia del caos, gusto por la vida. El sufrimiento ficticio neutralizaba el que yo vivía. […] Emma se mataba para que yo viviera” (páginas 7-8, en La orgía perpetua, 1975). En Tongolele no sabía bailar Sergio Ramírez deja que el fantasma de Lord Dixon, amigo y ex colega del inspector, intervenga en los diálogos y las reflexiones de los protagonistas como doble o conciencia irónica del personaje principal, como el Sancho Panza del Quijote cervantino. Porque en la literatura, si el sufrimiento puede alcanzar la intensidad que posee en la vida real, también es verdad que la muerte no es algo definitivo y que los amigos que dejamos a un lado vuelven a acompañarnos como figuras melancólicas y sonrientes.

Como el estudiante Allan, con el cráneo roto y la masa cerebral desbordando de la herida, a cada lectura vuelve a pedir consuelo al párroco junto con el amigo Tigrillo: “Este Tigrillo –que se suelta en un torrente de palabras, […] en contra de los que llama los tutankamones de la revolución […]– es de carácter nervioso y fuma constantemente, […]. Y en una de tantas, como intentándolo primero, y resolviéndose después, me pregunta si es que yo tengo miedo a la muerte; y cuando le respondo […] que iba a satisfacer su pregunta citando al profano de mala fama que era Quevedo y no a un padre de la Iglesia: ‘mejor séquito tiene el morir que el nacer; a la vida sigue la muerte, a la muerte la resurrección’, poco caso me hace, y me enseña más bien la sutura en el cráneo, una bala de francotirador le había rozado el cuello cabelludo, y me dice que su miedo no es a la muerte, sino a no poder hacer en vida lo suficiente para acabar con los tutankamones” (páginas 273-74).

Las tres derechas que conforman la mayoría del Ayuntamiento de Madrid se opusieron en una reciente votación a que la escritora española Almudena Grandes, fallecida el pasado 27 de noviembre, sea nombrada hija predilecta de la capital española, y que la próxima biblioteca que se inaugure lleve su nombre, aunque hasta ahora no se han opuesto a que alguna calle nos la recuerde. El libro de Sergio Ramírez alcanzó niveles de verosimilitud con la realidad tales que al poder no le quedó otra que condenarlo al exilio. Pero si todavía no han leído Tongolele no sabía bailar podrán fácilmente encontrarlo en la sección de ficción policiaca, entre la novela rosa y los cómics de superhéroes.

¿La literatura nos salva?

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