Tres historias de amor en Nueva York

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Liv

Nos conocimos en un seminario de yoga al que había asistido de curioso, en una de la calles abandonadas (ahora rejuvenecidas con discotecas y bares) alrededor del mercado de pescadores.

Se le ocurrió estudiar yoga luego de un viaje de dos meses a la India. Encontró el anuncio de clases semanales por menos de 100 dólares en Craigslist y se inscribió.

A la tercera semana de clases la invité a cenar. Le pregunté si conocía algún restaurante de sushi cerca de ahí y ella me dijo que había uno en Gramercy Park a la vuelta de su depa. Aprendí esa noche que a Liv le encantaba hacer caras: achinar los ojos, encojer los labios, agrandar las bolas de los ojos. Era una experta en muecas.

Conseguí que me invitara a su departamento. Era un estudio pequeño. No había separaciones entre la sala y el dormitorio. La cama, ordenada y cubierta con una cubrecama (muy femenina, de rayas rosadas) me miraba todo el tiempo. Quise besarla.

–Creo que estamos yendo demasiado rápido–me dijo. Y yo no insistí.

Estuvimos haciendo boberías. Estuve contándole de mis clases avanzadas de guitarra y de mi breve experiencia como corresponsal en Afganistán. Casi se orina de risa cuando le dije que todo había sido culpa de mi falta de inglés y de mi mala costumbre de no tener un aparato de televisión durante más de diez años. “Yo pensé que la guerra ya se había acabado”. Estaba entre sorprendida y desconfiada de mi absoluto desconocimiento de los temas de actualidad

–¿Cómo puedes trabajar de fotógrafo para periódicos si no sabes lo que pasa en el mundo?

Liv tenía (tiene aún) un modo muy peculiar de interrogar con la mirada. Mueve las cejas así y asá. Entonces giran los rulos castaños sobre su frente y sus pechos parecen rebalsarse debajo de la camiseta.

Le expliqué que mi trabajo poco tenía que ver con la actualidad. Por ejemplo: fotografiaba un árbol a punto de derrumbarse en una calle de Kabul (o de Brooklyn), fotografiaba animales que merodeaban debajo de ese árbol y usaba la computadora para hacer collages fotográficos. Ilustraciones que parecieran fotografías.

Me gustaban los colores vivos, los rojos Almodóvar, los amarillos Kubrick. No me entendió lo de Almodóvar ni lo de Kubrick con lo cual me di el gusto de replicar que si bien mi desconocimiento de la actualidad era terrible, su ignorancia acerca de películas era total.

–La última vez que fui al cine fue antes del 2000. Una película de drogas y lesbianas atolondradas.

Le respondí que esa bien podría haber sido una película de Almodóvar. Le mencioné todos los títulos pero ella no parecía acordarse de ninguno. Apenas si recordaba una escena en que una salchicha de carretilla se transformaba en nave espacial. Me dejó en la luna. Me lancé otra vez a besarla y esta vez me dejó. Sus labios eran frescos, deliciosos.

–Creo que estamos yendo demasiado rápido–murmuró. Una de sus manos apretó mi bolsillo y me preguntó –¿Qué llevas acá?

–Un condón– respondí. Y no paramos de reirnos mientras nos desnudábamos con prisa.

En la mañana Liv volvió a hacer sus muecas deliciosas mientras me recitaba un largo menú con todo lo que podía prepararme para el desayuno. Le dije que si me alcanzaba la guitarra que colgaba en la pared, le podía dedicar una canción. Le compuse una melodía que ella escuchó en silencio, mientras jugaba con su manos debajo la sábana, volviéndome un amasijo de ternura mientras intentaba traducir en música lo que sentía por ella esa mañana.

Creo que lo conseguí.

 

Noticias del sábado

El estudiante es alto. Camina de una manera que parece que estuviera a punto de estrellar su cabeza contra un poste. De vez en cuando saca la lengua para refregarse los labios: el frío quema y ella no llega.

Las calles están llenas de gente. Es sábado en la noche, por aquí y por allá cree ver alguna cara conocida: alguna compañera, la pelirroja que cruza apresurada. El estudiante mueve las manos en los bolsillos, mira hacia la esquina: no vive tan lejos del tren, debe estar a punto de llegar, piensa él.

A los 45 minutos de espera el estudiante se resigna, da la vuelta y empieza a caminar hacia el paradero: suena el celular, mete apurado las manos en uno de los bosillos del sobretodo, mira el nombre en la pantalla del aparato y se desilusiona: ¿Aló?

El estudiante le miente a su amiga, La Negra: ha cenado con unos amigos, pero puede pasar por su casa a ver unas películas. Echa otra mirada. Una flaca con rostro de caballo de rodeo tejano cruza la calle: tampoco es ella.

Al llegar a su departamento ha abrazado a La Negra como siempre. Se ha pasado un poco con las manos y esta vez–como ciertas veces– ella lo ha dejado seguir. La roommate argentina no va llegar sino hasta la mañana siguiente. Le chupa los pezones, le presiona la cabeza para que baje la boca y ella acepta.

Se despierta a mitad de la noche para mirarla. Tiene los labios entreabiertos y los ojos apretados como si estuviera sufriendo. Mira el perfil de su cuerpo delgado bajo las sábanas. Hace calor en esa pieza, quisiera abrir la ventana pero tendría que pasar por encima de ella y despertarla. No lo va a hacer. Camina hacia la cocina y se sirve un vaso grande de bebida. Está terminándoselo cuando la puerta de la calle se abre y entra la argentina. El estudiante se fija largamente en su cabello pelirrojo, las pecas en la nariz que lo vuelven loco.

–¿Qué tal estuvo la fiesta? pregunta el estudiante.

Ella responde: un evento social aburrido como los de las tres últimas semanas. Dice que siempre se trata de la misma gente que le habla de las mismas cosas y que, para empeorarlo todo, su novio se ha peleado con ella por una estupidez. Estaba demasiado borracho y se largó de la fiesta dejándola sin dinero para el taxi. Ella dice que ha regresado en el metro y que se ha congelado de frío caminando desde la estación. “¿La Negra?”, pregunta ella. El estudiante responde: se ha quedado dormida. La argentina le dice en voz muy baja: ha estado muy mal desde que se separó del grieguito. “Algo me ha contado” dice el estudiante y se termina la gaseosa, como preparándose para volver a la cama.

La argentina le pregunta si quiere tomar un café. El estudiante nota, sorprendido, que entran por la ventana de la cocina las primeras luces azules del día. Acepta.

Mientras llena la cafetera de agua y esta empieza a calentarse, el estudiante la mira. La argentina parece no darse cuenta, sugiere que se sienten en la sala a esperar que caliente. Va a encender la televisión, con el volumen “bajito para que no se despierte La Negra”, dice la argentina.

Se calienta el café y se calientan ellos. Dejan la television prendida y como a las once de la mañana la negra abre la puerta de su habitación para apagarla. Hay dos tazas de café sobre la mesa de centro de la sala y la puerta del cuarto de su compañera argentina está cerrada. La ropa del estudiante sigue desparramada en la alfombra de su habitación. La dobla sobre el sillón de la sala: la luz entra por una claraboya celeste y la inunda. Una araña cuelga, inmóvil, sobre un cojín de tela.

En la habitación de la argentina, el estudiante contiene el aliento y escucha los pasos de La Negra alejándose y la puerta de su cuarto que se cierra con suavidad. La argentina ronca con los blancos brazos cansados alrededor de él.

El estudiante siente mucho calor. Empuja las sábanas de la cama hasta el suelo y se dedica, con paciente cuidado, a contemplar el techo por un rato y a poner su mente en blanco, otra vez.

 

Caspa en el tenedor

La mujer se metió por el callejón al lado del bar. Dos hombres conversaban apoyados contra los ladrillos del edificio y uno de ellos la tomó del brazo. “Está borracha” dijo el que la había agarrado, el más gordo. La mujer apenas si podía sostenerse.

Vestía una falda negra muy apretada y  los tacones bastante altos. Yo había salido a fumarme un cigarrillo. Me acerqué. No porque pensara en defenderla o que podría suceder algo malo (todo eso lo pensé después) sino porque ella decía algo en español y los hombres reaccionaban como si no la comprendieran.  “Caspa en el tenedor” decía ella. No intentaba zafarse. Es más: era como si contara con aquel brazo para no caer.

Cuando me vieron, el gordo le dijo algo a su amigo y soltó la muñeca. Casi se cae. Entonces, ella volteó hacia mí.

Entonces vi luces, sonidos, estrellas. De los edificios cercanos cayeron racimos de uvas. 

Mi mano tembló y mis ojos se llenaron de lágrimas ¿Por qué? ¿Cómo así me encontraba con la mujer que más había amado en un lugar como éste? No me reconoció. Dicen que la felicidad completa siempre viene en un solo sentido: América conoció a Europa pero Europa jamás supo de qué se trataba América. Así había sido nuestra vida. Por eso yo había emigrado. Ella, al parecer, había llegado siguiéndome.

Fallé en decirle algo. Ella se tambaleó y los dos hombres se alejaron con discreción hacia la oscuridad donde antes habían estado conversando. Me acerqué. Ella me echó los brazos a los hombros y tropecé de golpe con su aliento alcohólico, con el perfume de su cabello.

Ella no podía hablar. Yo era incapaz de decirle todo. Allí decidí que iba a mentirle. La subí a un taxi y nos fuimos a mi casa, al pequeño condominio en una calle de los suburbios donde había encontrado un trabajo estable y una familia (mis dos perros).

Al taxista le tuve que repetir la dirección. Aclaré que le pagaría con la tarjeta de crédito y le daría una buena propina. Añadí que el viaje de ida y de vuelta no podía tomarle más de dos horas. Aceptó. Ella durmió todo el camino: apoyada en mí. Su boca estaba semiabierta, su baba mojaba mi camisa. Yo estaba en shock. En ese viaje en taxi, mis dos décadas de vida en los Estados Unidos se convirtieron en un completo espejismo. Mis cincuenta años recién cumplidos eran una broma pesada. A su lado, me convertí de nuevo en un adolescente, ese joven que la miraba al borde de un río, apoyado en sus piernas, pidiéndole un beso.

La recosté en mi cama, sin tocarle la ropa. Apagué la luz y me eché al lado de la cama, en el suelo. Estaba muy asustado pero traté de dormir. Una voz, la de ella–o la que ella fue–, me decía (en aquel espacio al margen que uno no sabe si se trata de los sueños o de la realidad) que la vida continuaba.

Esa voz me enumeraba las mentiras que yo me había repetido en veinte años de optimismo y de mi nueva vida. La voz me preguntaba si estaba preparado para volver a verla. Si mi vida podría dar las mil vueltas necesarias para regresar a donde estuve antes de conocerla. Por fin, pensando en las posibilidades infinitas que nos esperaban al amanecer, yo me dormí.

Y al despertar me di cuenta, por supuesto: esa mujer no era ella.

Estas tres historias aparecieron originalmente, en distintas épocas, en mi blog The New York Street.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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