Twitter y los nuevos marcos éticos

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Hubo un tiempo, hará casi quince años, en el que Twitter era un ecosistema interesante. Era ya común el uso de Facebook entre los internautas, pero la red social del pajarillo piador se percibía como algo exótico y concebido para los por entonces novedosos teléfonos inteligentes, por aquello de estar orientado a la inmediatez y la foto itinerante. Ahí nació el reporterismo ciudadano, que en España tuvo su big-bang con la narración paisajística de los denominados movimientos 15-M, esencialmente en Madrid. Aunque muy pocos lo recordemos ya, al calor de esas ascuas emergieron dos estrellas de la política autonómica (aunque, la verdad, todo lo que sucede en la Villa y Corte termina teniendo resonancia nacional) que impulsaron su carrera aprovechando el viento paracleto de los pioneros, cuando casi ningún cargo electo tuiteaba todavía. Hablo, por supuesto, de Cristina Cifuentes e Isabel Díaz Ayuso.

Por aquel entonces todas las cuentas estaban más o menos activas, nadie se registraba solo para leer. Los usuarios tópicos eran periodistas y tecnólogos, en cualquier caso gente que tenía ganas de contar algo; aunque fuese postureo de marca personal… Justo en esa época nacieron los bobos que se expresan eructando anglicismos, tratando de deslizar con coquetería el trampantojo de que la mayor parte del tiempo leen y escriben en la lengua de Shakespeare; versión posmoderna de esos filosofillos de todo a cien que no pueden pasar más de tres frases sin ponerse en ridículo desgranándonos el mistérico concepto encerrado en un término griego que cualquier bachiller conoce. Por esa razón, el contenido de Twitter se asemejaba a la verdad, en el sentido de que resultaba un concentrador de novedades que no tenía rival, siguiendo a las cuentas adecuadas… Y si no las siguieres, de los trending topic se significaba lo que de verdad era relevante en el momento. Sobre esto siempre cuento la anécdota de la masacre en la isla de Utoya, donde las propias víctimas alertaban de lo que ocurría en Twitter, que iba varias horas por delante de los medios digitales o catódicos.

Pero ocurrió que los teléfonos inteligentes se abarataban y terminaban perfundiéndose en toda la sociedad improvecta. Así, muchos que llegaban solo para poder comunicarse e intercambiar chorradas por WhatsApp y que todavía hoy apenas navegan por internet, terminaron sin embargo zambulléndose en las redes sociales (pocos profetas lo vieron venir, la verdad sea dicha) y ahí empezó su declive; las tendencias pasaron a estar parasitadas por campañas mediáticas o cualquier memez, perdiendo cualquier interés. Fue entonces que Twitter perdió su inocencia y también su encanto primitivo: por defecto, la secuencia de tuits que los usuarios veían pasó de su orden natural a ser barajada por los algoritmos de la plataforma; y los trending topic que se mostraban por defecto a los usuarios ya no reflejaban la actualidad (aunque fuesen mamarrachadas), sino que se cocinaban bajo el eufemismo de la personalización. Moría la red social y nacía la ingeniería social, y con ella el silente y siniestro metaverso en el que todos vivimos sin necesidad de cascos aparatosos: las burbujas de afinidad, tal vez lo más repugnante que ha execrado la era digital. No es que antes estuviésemos libres de sesgos contextuales y relacionales a la hora de percibir la realidad, pero la red permite una inmersión catequética continua donde además divulgan opiniones y argumentarios afines gentes bien dotadas para la palabra hablada y escrita, asequibles para que cualquier ceporro las pueda compartir para cizañar en el grupo de Guasap que tiene con los antiguos compañeros de universidad. Pasamos entonces a pensar que, en realidad, la sociedad piensa como yo, luego debo tener razón y debe ser verdad… Pues en el pajarito azul todo lo que leo pía de manera muy armónica para mí. Además, las tendencias (¿hay algo más democrático que eso, pardiez?) van en la misma dirección y nos hacen sentirnos subversivos, sean cual sean nuestras ideas.

Esta evolución de funcionalidades no se diseña con vocación de servicio público, para tratar de dar calor al usuario que, como individuo, se sienta espiritualmente solo; más bien nace para facilitar que la población se polarice, el último y más mediocre de los adminículos que se pueden utilizar en política. Como dice el Eclesiástico, “eunuco que quiere desflorar a una doncella es el que pretende imponer la justicia por la fuerza”; cualquier líder con las entendederas en su sitio asume que habrá una gran masa poblacional a la que jamás va a conseguir bautizar en sus ideas, sobre todo cuando estas son ya percibidas como extremas y disparatadas desde la propia parroquia, que da indicios de revolverse (como se viene dando desde hace algunos años en determinados espectros). Para estos casos, el inefable Gene Sharp (al que todos los políticos malintencionados han leído para derrocar órdenes democráticos en lugar de totalitarios) receta la polarización como principio activo eficaz para fidelizar, mediante la técnica de poner a la población en el brete de tener que posicionarse ante cuestiones artificiosas que se presentan como fundamentales.

Pero también hay actores fácticos que no se conforman con jugar al empate y pasan al ataque aspirando a que toda una sociedad haga comunión de mínimos con su credo. Por lo demás, ningún mariscal hasta hoy puede jactarse, por más superioridad tecnológica que tuviera sobre sus rivales, de haber podido ganar una guerra sin infantería que termine de barrer lo que queda sobre el campo de batalla, aunque esta fuera ideológica y digital; aquí entran bots y palanganeros voluntarios. Su quehacer es sencillo: impulsar el discurso interesado con fuerza bruta, es decir, inundando organizadamente la red con determinadas soflamas con la intención de que ésta las reconozca como relevantes para mostrar al vulgo en su muro de novedades. La vocación primaria de estas acciones es generar entropía sintética para tratar de acorralar y amedrentar al individuo con pensamiento disidente, convencerlo de que se encuentra cautivo y desarmado, no tiene otra opción que capitular. En estas arterías la verdad o la honestidad no son demasiado importantes, ¿qué significan, al cabo, para un postmoderno-posestructuralista, que de todo hace un acto político, mismo el defecar? Todo queda subordinado a hacer prevalecer un discurso, de modo que, en el marco actual, la corrección política no pretende definir un nuevo marco ético (no hay nada más opuesto a su naturaleza que la concreción), sino que lo adecuado o inadecuado, o más bien las excepciones a las nuevas moralinas que se predican por todas partes, se establezcan por aparente aclamación para darle un falso aspecto democrático; de modo que el verdadero objetivo ulterior es legitimar la descalificación y el insulto, o mejor dicho, crear un clima de seguridad y confianza sobre cuándo y cómo insultar.

Así, para quienes chapotean en estos lodos, no tiene nada de particular blandir peyorativos contra cualquiera fuera de su significado real, pues quien otorga la calidad de fascista, machista o demócrata no son los hechos, sino el volumen en el que rebuzne la recua que nos ampara. Esta fútil brújula moral permite, con plena tranquilidad de conciencia, escorzos tales como referirse a Mariano Rajoy socarronamente como La trotona de Pontevedra a renglón seguido de adherirse de manera vehemente a la causa LGTBIQCAHDE, o incluso aplicar actitudes misóginas de manera selectiva en nombre del feminismo. Orwell se equivocaba: no es necesario doblepensar ni tomar conciencia de nada, basta con escuchar el ruido.

De los magnates mesiánicos me libre Dios, que de los siniestros me libro yo. Elon Musk no parece que vaya a cambiar las reglas de juego, si acaso promete eliminar sesgos… Nadie piense que alguien se gasta 40 millardos de dólares sin un plan para quedarse solo en su chiringuito y no ganar dinero con él. Casi nadie va a abandonar el pajarito por el mastodonte, del mismo modo que cuando expulsaron a Donald Trump nadie lo sustituyó por Parler. Más nos valdría, en cualquier caso, darle menos importancia a lo que se dice por allí.

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