Un buen día

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Nací el Día de los Muertos. De haberme dado un poco más de prisa, habría llegado a este mundo el Día de Todos los Santos, pero me retrasé, así que llegué con los difuntos. Aun así, no podría negar que la paradoja me hace gracia. Aunque no suela lucirla: demasiado redonda, demasiado perfecta. Prefiero decir que iba para santo pero me quedé en difunto. El fracaso también tiene su punto, y lo libera a uno de presiones innecesarias.

Por curiosidad, escribí el día de mi cumpleaños en Google mientras desayunaba, para buscar acontecimientos reseñables del día en que nací. Y comprobé, gracias a Wikipedia, que durante aquellas veinticuatro horas no murió nadie que mereciera ser recordado, y que tampoco sucedió nada digno de registro; tan solo aparecieron siete nombres en el apartado de nacimientos. Pero de seis deportistas y de una cantante y actriz. Es decir, nada que ver conmigo. Le dejo la posteridad a otros.

Y así, sin pistas sobre mi destino, afronté mis treinta años recién cumplidos. Por suerte, era sábado, así que pude dedicarme casi en exclusiva a comer, beber, charlar y fumar, que no es algo que ayude a pasar a la historia, pero sí a pasar un día estupendo. A medio día, familia; por la noche, amigos.

Durante la tarde tenía pensado recuperar fuerzas, pero tan pronto como entré en casa con B., le dije que nos tomásemos una copa en alguna terraza. Ni cinco minutos de descanso. Calle y más calle. Sabía que estaba firmando una resaca dominical severa, pero acepté mi castigo con madurez, que es lo que empieza a corresponderme.

Por falta de redes sociales en las que indicar la fecha de mi cumpleaños, contaba con que mis amigos no estuviesen al tanto de la efeméride. Pero me equivoqué. Y hasta me hicieron un regalo: un vinilo de Extremoduro. Optaron por la nostalgia, por meter el dedo en la llaga. Ahora me río cuando me recuerdo gritando eso de que prefería ser un indio que un importante abogado. El desengaño es divertidísimo.

Al final de la noche, no volví arrepentido a casa, aun siendo consciente de las consecuencias que se me venían encima y de la frustración que, por mi culpa, por mi tendencia a tener siempre algo que hacer, tendría que soportar. Con el paso del tiempo, cada vez tengo menos objetivos, pero me queda mucho por aprender.

El domingo me desperté con un dolor de cabeza que atravesaba mi cráneo de sien a sien. Pero intenté actuar como si nada: me duché y desayuné sin pararme a maldecir. Todo fue bien hasta la tarde, cuando tuve que aceptar que no podía moverme. Me refugié en mi sillón y, con los pies en alto, en mi almohadillado fracaso, bosquejé este texto antes de dormirme, antes de volver a dejar pasar los años sin darme cuenta. Pero tranquilo, porque como dijo Enrique Ballester en su última columna: «Lo raro sería que no pasaran los años sin darnos cuenta».

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