Un café de repaso

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Voy a dejar de pedir deseos en Nochevieja. No solo es que no se cumplan, sino que ocurre todo lo contrario a lo que pido. No quiero sonar caprichosa, sé perfectamente que uno no tiene siempre lo que quiere, pero al menos podría evitarme el ridículo de repetir cada 31 de diciembre la misma frase: “Definitivamente, este va a ser mi año: lo sé”. Spoiler alert: este tampoco ha sido mi año. Creo que el universo, cansado de oírme repetirlo y sabiendo que no va a ser así, la pasada Nochevieja trató de mandarme una señal: se me atragantó la última uva y eso, en fin… malo.

El día anterior al accidente con la uva hice un repaso mental del año. Suelo hacerlo cada final de diciembre, cuando me invade la melancolía navideña. Pienso en todas las cosas que han pasado y en lo que han significado en mi vida, en las cosas que el año me ha traído y en las que me ha arrebatado; en fin, en si estoy conforme con el lugar que ocupo en el mundo. El Covid-19 me ha obligado a adelantar el repaso de este año, porque la dichosa enfermedad ha partido el mundo y el año en dos. Y me he encontrado, una vez más, sentada en silencio pensando en estos pasados meses. Al poco rato de haber empezado el repaso ha entrado mi hermana, ha observado la escena durante unos breves segundos —supongo que preguntándose qué estaba haciendo sentada en silencio mirando al vacío— me ha preguntado qué hacía y si tomábamos un café. Yo he respondido con un breve “nada”, me he levantado dejando el repaso a medias y he aceptado. Porque lo que el 2020 me ha enseñado es a aceptar que la vida no es una enorme lista de la que se van tachando cosas sino que, al final del día, es ella la que decide lo que quiere tachar y lo que no. Que la vida, como ese café, aparece e interrumpe tus planes y que las cosas van a cambiar independientemente de que nos gusten o no.

Por eso me he liberado de mí misma, me he prohibido hacer listas y pedir deseos en Nochevieja y he ido a preparar los cafés. Mientras los preparaba le he preguntado a mi hermana sobre cómo podía empezar este blog con la mala suerte de que al ir a servirlos uno se me ha caído. Pero esta vez, en vez de enfadarme conmigo misma, he sonreído y me he dicho: “Definitivamente nunca va a ser tu año” y he dejado que la vida me diese otra lección.

 

 

 

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