Un confinado cualquiera

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Ilustración de Antonio Alcaide

Puesto que soy un individuo sin importancia colectiva, mi única obligación durante la cuarentena es quedarme en casa. No es un gran reto, así que estoy cómodo en mi papel. Aun así, pasar desapercibido cuando toca también tiene su importancia. No entorpecer, no molestar: esas cosas se agradecen. Y como solo tengo esa función, intento cumplirla con la mayor diligencia posible.

El objetivo está claro: no hacer nada que empeore la situación. Para conseguirlo, bastaría con que me quedase en casa entregado a mis quehaceres diarios. Pero he decidido ir un poco más allá: he resuelto anticiparme. La idea es no requerir asistencia sanitaria por actuar de un modo negligente, y para ello evito riesgos innecesarios.

Desde el punto de vista físico, evito los deportes de riesgo, como hacer piruetas en el salón. Ya tendré tiempo para partirme la crisma: no es el momento de llamar a una ambulancia por una mala gestión de la clase de total body. Además, ya se puede salir a la calle a practicar deporte o pasear, y desde que probé la marcha al estilo Rajoy estoy contentísimo, la prefiero al trote cochinero que practicaba antes.

Por otro lado, en cuanto a la salud mental, como nunca he estado muy católico de los nervios, intento ahorrarme disgustos. Aunque a veces la actualidad me juega malas pasadas, sobre todo la política, que es insoportable. Y es que todas las declaraciones de nuestros representantes están más cerca de desencadenar la primera hostia que de facilitar acuerdos.

De hecho, un día podrían pelearse hasta que no pudieran más. Me imagino a Rufián en un mano a mano con Abascal, o a Ábalos contra García Egea, o a Arrimadas sacándose una navaja —sujeta con ligas negras, como en los cuadros de Julio Romero de Torres— para cortarle la coleta a Iglesias. Todos enzarzados, dejándose llevar por los impulsos que llevan tanto tiempo reprimiendo. Seguro que después de la lucha, a pesar de las magulladuras, los debates se desarrollarían de maravilla.

Ya está bien de poses dramáticas frente al espejo del baño; ya está bien de que, no contentos con tener influencia en los poderes ejecutivo y legislativo, se lancen a la conquista del poder judicial. ¡Tener influencia en los tres poderes estatales! ¡Qué estrés!

A mí, un confinado cualquiera, estas cosas me sientan fatal. Así que es menester que deje el tema, que ya me estoy viniendo arriba y no quiero incumplir lo dicho. Para no crear más problemas de los que ya hay, para cumplir diligentemente con mi obligación, voy a coger una cerveza y a tomármela reclinado en el sofá. Sí, mucho mejor.

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