Un jardín abandonado por los pájaros

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Evocación en blanco y negro de la Barcelona de los sesenta con incursiones en la guerra civil. Extracto de un libro que publica El Aleph, mezcla de memoria y novela, crónica de un mundo desaparecido en la que el autor hilvana su saga familiar

 

Del comienzo de la guerra en Barcelona, mi madre, que tenía entonces cinco años, recuerda la risa de la mujer de su tío Josep, alzando el puño y diciéndole “Mira, nena, tens una tieta comunista”, y el terror absoluto que le provocó un nuevo bombazo: el disparo de salida de la contienda.

 

A las diez de la noche del 13 de febrero del 37, el crucero italiano Eugenio de Savoia comenzó a lanzar obuses sobre la fábrica Elizalde, que construía motores de avión y ocupaba una manzana del paseo de San Juan, acotada por las calles Rosellón, Bailén y Córcega. Apuntaron un poco alto, porque el primer obús impactó en la calle Torrijos, en el barrio de Gracia, rebasada la Diagonal. El segundo acertó de lleno en la fábrica, que quedó destruida, causando una veintena de muertos. Mi madre rompió a llorar a gritos, como si quisiera cubrir aquel estruendo, y siguió llorando durante toda la noche: probablemente quería cubrir también el silencio que vino luego.

 

No había forma de calmarla. Pese a su corta edad recuerda haber sentido entonces, de un modo intensísimo e ingobernable, que se acababa el mundo y que todos iban a morir.

 

A la mañana siguiente, mi madre y mi bisabuela salieron de nuevo para Torrelavit. Mi abuelo decía que no había que preocuparse tanto, pero el 16 comenzaron los bombardeos desde el aire, y el aullido de las sirenas en plena noche, y el correr a los refugios con un abrigo echado sobre el pijama, los pies helados y la cabeza ardiendo, y la cadena de llamadas por la mañana para verificar quién había muerto y quién se había salvado.

 

Quizás nada ejemplifique mejor esa atroz rutina que la cucharita de madera que mis abuelos se echaban al bolsillo cada vez que salían a la calle, como quien coge el llavero o monedas para el tranvía: mordían la cucharita para mantener separados los dientes y que la onda expansiva de las bombas no les reventara las tripas.

 

Mi madre tuvo la suerte de no vivir nada de todo eso porque pasó los tres años de la guerra fuera de Barcelona, primero en Torrelavit y luego en Molins de Rei. Mi abuela subía a verla los fines de semana. Mi abuelo ni siquiera eso: los fines de semana era cuando más trabajo tenía.

 

A los dos se les habían multiplicado los quehaceres. La guerra les pilló sin un duro y con una niña pequeña. La aristocrática parroquia de mi abuela había salido por pies y ella tenía que peinar el triple para cobrar mucho menos de lo que ganaba antes, porque la gente no estaba como para lucir la ondulación Marcel. Mi abuelo trabajaba más a causa de la equiparación de salarios, que en teoría era una cosa muy noble pero en la práctica era miseria para todos. En el Novedades cobraban lo mismo los músicos, las señoras de la limpieza y el celebérrimo Marcos Redondo, de modo que pasaba los días yendo de una orquesta a otra, de un teatro a un café concert, de una boda o un entierro a una sesión vermut. Entierros no faltaron, pero pocos requerían los servicios de un cuarteto de cuerda.

 

A principios de la primavera del 38, mi abuela ya no soportó más la separación familiar, y gracias al primo Joanet, que era de Esquerra Republicana, consiguió un piso en Molins para poder estar juntos: unos bajos hasta entonces ocupados por la FAI, en la calle Mayor.

 

Metieron en un carro todo lo que pudieron cargar del piso de la calle del Roig y en Molins se instalaron; iban a Barcelona andando o en bicicleta.

 

 

Una noche de marzo, mientras jugamos al parchís, como todos los lunes, mi madre está a punto de mover ficha pero el dedo se alza.

 

“Tal día como hoy”, dice, “hace cincuenta años, tu abuela vio volar caballos por el cielo”.

 

Pepita y yo levantamos la cabeza: eso se llama captar la atención, y era lo primero que enseñaban en las clases de oratoria. O de narrativa, para el caso, porque no hay oratoria sin narrativa.

 

Cincuenta años: 17 de marzo del 38. La noche del 16 hubo luna llena y vieron llegar los aviones como una silenciosa bandada de buitres: trimotores italianos, Savoia Marchetti S.79, pilotados por la Aviazione Legionaria, radicada en las bases de Mallorca, a las órdenes del general Velardi. En sus diarios, el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Asuntos Exteriores del 36 al 43, confirmó que los bombardeos fueron ordenados por el propio Duce, encantado “por el hecho de que los italianos consigan suscitar el horror por su agresividad en vez de complacencia con sus mandolinas”, frase siniestra donde las haya.

 

Por una vez, Franco intentó frenar la matanza “por miedo a las repercusiones en el extranjero” y pidió, sin éxito, la intercesión de Ciano. O al menos eso dijo.

 

Nadie durmió en Barcelona aquella noche ni las siguientes. Los bombardeos comenzaron a las diez y se sucedieron cada tres horas durante tres días. Cuando volvieron grupas, a las tres de la tarde del 18, los italianos habían lanzado 44 toneladas de bombas, casi todas en el centro de la ciudad. Murieron 875 personas, entre ellas 118 niños. Hubo 1.500 heridos y 48 edificios quedaron totalmente destruidos. No buscaban objetivos militares sino el terror de la población civil. Llamaban a eso “bombardeo de saturación”, una nueva modalidad que los alemanes habían inaugurado el año anterior en Guernica y que los contendientes de la Segunda Guerra Mundial repetirían, en mayor escala, de Varsovia a Londres, de Dresde a Hiroshima. Todos ellos tienen las manos manchadas por la sangre de civiles.

 

 

La mañana del 17, mis abuelos decidieron ir a Barcelona. Ella tenía que comprar aceite y azúcar. Todavía le quedaban cupones en la cartilla de racionamiento y no era cuestión de perderlos. Él se había dejado el violín en el Novedades. Así era la vida entonces, la vida en tiempo de guerra, la vida que seguía, tenía que seguir.

 

Sería rápido, ir y volver. Calcularon el tiempo de que disponían, las tres horas habituales entre cada bombardeo. Les dejaron un par de bicicletas y salieron de Molins cuando todavía era de noche. Mi abuela quería llegar antes de que abrieran las tiendas, para estar al principio de la cola. Quedaron en encontrarse luego en el bar Estudiantil, frente a la Universidad.

 

Cuando mi abuela llegó a la tienda de ultramarinos, que estaba en la esquina de la plaza de los Ángeles, había ya veinte o treinta personas esperando, y la cola ocupaba un buen trecho de la calle del Carmen.

 

En los periódicos hay fotos de esos días y esas colas. Llevaban abrigos largos como batas de lana, rozando el suelo. Hoy nos parecen anacrónicos, desmesurados, pero obviamente para ellos eran tan normales como la cucharita de madera en la boca, como bajar a Barcelona entre bombardeos para comprar aceite.

 

Llevaban casi dos años de guerra, la guerra como una larga cola o un abrigo largo, empapado de agua, tan frío que ni siquiera se nota el frío.

 

Ahora mi abuelo acaba de llegar al Novedades, en la esquina de Caspe y paseo de Gracia, y está hablando con el portero, que no deja de mirar al cielo. En las calles hay poco tráfico. Escasos coches y apenas algunos taxis. Bicicletas apresuradas, algunos tranvías y algunos camiones militares, como el que se ha detenido en el cruce de Gran Vía con Universidad.

 

La cola del aceite se aviva: mi abuela está casi en la esquina de la plaza. Enfrente hay dos carros de la basura, tirados por caballos. Los basureros están haciendo una pausa y se pasan un cigarrillo de boca en boca. Mi abuela recuerda ese detalle porque, mezclado con el olor de las boñigas, llegó hasta ella el humo hediondo (fum de sabatots: humo de zapatos viejos) de aquel tabaco paupérrimo, hecho de restos de colilla o de hierbas puestas a secar en hojas de diario, como el que fumaba mi abuelo entonces.

 

Mi abuelo escuchó la sirena desde el camerino del teatro, con el violín en las manos.

 

Los integrantes de la cola del aceite se echan al suelo como fichas de dominó. Mi abuela se lleva la cuchara de madera a la boca. Los caballos están enfilando la calle del Carmen en dirección a la Ronda. El camión militar está casi en la esquina de Gran Vía con Balmes. Se dirige al frente de Aragón y lleva cuatro toneladas de trilita. ¿Sabían los italianos que el camión iba a pasar por allí a esa hora o fue una simple y fatal coincidencia?

 

Mi abuelo ve venir los aviones y echa a correr hacia el paseo de Gracia, en dirección a la tienda de ultramarinos. Cuando suena la segunda alarma se queda inmóvil. Le obligan a tirarse al suelo. Abraza el violín como si fuera un bebé. En el silencio que sigue oigo crujir un instante la madera del estuche bajo el peso de su pecho.

 

Mi abuela ve una bandada de palomas que echan a volar. La primera bomba cae en la plaza Universidad. La segunda impacta de lleno en el camión cargado de trilita, frente al cine Coliseum, donde ocho años antes vieron El desfile del amor. Fue una explosión tan salvaje que muchos creyeron luego que el Eje había probado en Barcelona un nuevo tipo de arma a la que llamaron “aire líquido”.

 

La tercera bomba cae muy cerca del colegio de la plaza de los Ángeles: todavía hoy pueden rastrearse huellas de la metralla en los muros de piedra de la Biblioteca de Cataluña que dan a la calle del Carmen.

 

Mi abuela levanta la cabeza y ve las patas de los caballos volando por el aire como a cámara lenta, por encima de los terrados. Puedo escuchar los relinchos de los caballos, como una chirriante orquesta de sierras a todo volumen.

 

Mi abuelo se palpa el cuerpo intacto, el violín intacto, y ve el Novedades convertido en una montaña de escombros. Aquellas ruinas permanecieron allí hasta el año 53.

 

Una columna de la Guardia de Asalto corre por la calle del Carmen hacia el lugar de la explosión.

 

Mi abuela intenta llevarse la mano a la cara y entonces ve unos extraños agujeros en la manga de su abrigo, como si unas polillas gigantes hubieran roído la lana. De repente, como en un acto de magia, comienza a brotar sangre por los agujeros. La mano no puede llegar a su rostro. Piensa que se le ha dormido por el peso del cuerpo. Todavía no sabe que su brazo derecho cuelga de un hilo de carne.

 

Rompe a gritar antes de desmayarse.

 

Cuando entreabre de nuevo los ojos cree que vuelven a caer bombas pero no son bombas: va en la trasera de un camión de Ferros Mateu y el conductor da golpes con el puño en el capó para abrirse paso. Aquel hombre, al que nunca volvió a ver, le salvó la vida porque tomó la decisión correcta: llevarla al cercano dispensario de la calle Sepúlveda en vez de cruzar la zona devastada para llegar al Clínico, que era lo que en aquellos momentos estaban haciendo la mitad de las ambulancias de la ciudad.

 

En el dispensario pudieron hacerle una cura de urgencia y le dijeron que había perdido tanta sangre que si llega a tardar media hora más no lo cuenta.

 

Luego la metieron en una ambulancia y la enviaron al Clínico, porque lo del brazo tenía mal arreglo y el dispensario comenzaba a llenarse de agonizantes. También tenía la pantorrilla atravesada por las esquirlas.

 

 

Mi abuelo tardó varias horas en averiguar dónde estaba. Llegó corriendo al Estudiantil y vio los muertos tendidos en la plaza, aquí y allá, como bultos negros de una mudanza a medio hacer, o grandes manchas de alquitrán. No era la primera vez que veía víctimas de los bombardeos, pero nunca había visto tantos, ni tantos niños entre ellos.

 

Ni la cabeza de aquella mujer, clavada en la reja de la Universidad.

 

Después de vomitar corrió hasta la plaza de los Ángeles.

 

Vaya al Clínico, le dijeron; media Barcelona está en el Clínico o en San Pablo.

 

No le dejaban entrar por la puerta principal y tuvo que hacerlo por el depósito de cadáveres, aunque el hospital entero era ya un depósito. Había muertos y heridos llenando salas enteras y amontonándose en los pasillos, porque no sabían dónde meterlos. Iba de un lado a otro, levantando sábanas, escrutando rostros, cada vez más mareado por la ansiedad y el olor de la sangre y el éter, y nadie sabía darle razón, todos corrían empujando camillas, todo eran voces y llantos y gemidos de dolor. Las crónicas dicen que aquel día hubo seiscientos muertos.

 

La encontró, inconsciente, en una de las plantas más altas. Les daban sobredosis de éter porque ya no quedaba anestesia.

 

Cuando la vio con los ojos cerrados, blanca como la pared, pensó que estaba muerta. Se arrodilló para tomarle la mano pero no la encontró porque le habían cortado el brazo a la altura del hombro.

 

Pasaron varias horas. Al anochecer bombardearon la parte baja del Ensanche, no lejos de allí. Mi abuelo estaba sentado junto a la cama, en una repisa de piedra, tan aturdido que ni se enteró de la alarma. La onda expansiva reventó algunas ventanas del hospital, que se abrieron de par en par. Un vidrio le tajeó la nuca, y el impacto de la madera le hizo caer de bruces sobre la cama. Al escuchar el estallido y sentir el peso de su cuerpo, mi abuela abre los ojos, y lo primero que ve es la sangre resbalando por la calva de mi abuelo, a su lado, y piensa que está muerto y que acaban de traerlo, y rompe a chillar y a besarle, chilla y le besa, no puede parar de hacerlo, y mi abuelo se despeja con sus gritos y la abraza también, y se palpan y comprueban que están vivos, y rompen los dos a llorar y a reír.

 

 

 

Este texto corresponde al capítulo 5 de Un jardín abandonado por los pájaros, que acaba de publicar la editorial El Aleph Editores.

 

 

Marcos Ordóñez es escritor, crítico de teatro (en la sección ‘Puro teatro’ del suplemento Babelia de El País) y profesor de guión y dramaturgia. Entre sus libros destacan Una vuelta por el Rialto (1994), Beberse la vida (2004), Detrás del hielo (2006) y Turismo interior (2010), y las recopilaciones de críticas Molta comèdia (1996) y A pie de obra (2003). En El País alimenta el blog Bulevares periféricos

Autor: Marcos Ordóñez