Un mundo mejor también para las mujeres.

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El pasado 27 y 28 de marzo, se celebro en Valencia el V Encuentro de Mujeres por un Mundo Mejor, que reunió a más de 500 mujeres de África, España y Europa. 

 

Este es el mejor de los mundos posibles y sin embargo es casi insoportable su nivel de maltrato, sus manifestaciones de sufrimiento provocado, consentido por acción u omisión. No se puede pensar en general, es cierto, pero a veces es difícil el compromiso individual, demasiadas fuerzas en sentidos contrarios, cuesta no sentirse fuera de juego, impotente, inerme.

 

El poder es la fuerza para hacer que la realidad devenga en el sentido que la voluntad individual o colectiva decide. No hay libertad sin poder porque toda persona necesita dominar mínimamente su entorno.Tu poder es tu capacidad de decisión, en primer lugar sobre tu cuerpo, tu pensamiento y tus acciones, y en segundo lugar, sobre la comunidad en la que convives como ser social incapaz de sobrevivir aislado.

 

Las mujeres siguen sin poder: sin poder  nacer, (se calcula que sesenta millones de mujeres no existen por abortos selectivos o infanticidios), sin poder sobre su cuerpo, (al menos 130 millones de mujeres han sido obligadas a someterse a la mutilación genital), sin poder económico, (las brechas salariales oscilan entre el 27 % de Noruega y el 70 % de Egipto, Perú, Irán o Siria).

 

Empoderamiento. Preciosa palabra. Y un giro conceptual importante en la lucha de las mujeres por tener voz, voto y capacidad transformadora del mundo en el que viven. Pasamos de la protección, de la defensa de las que se han considerado siempre víctimas a exigir formar parte de ese poder que las concedía ayuda a la vez que mantenía las estructuras materiales y simbólicas que perpetuaban su opresión.

 

La estrategia del patriarcado no parece muy distinta a la de otras jerarquías: el dominio de unos pocos sobre muchos.  Sólo que la desigualdad entre hombres y mujeres atraviesa todas las esferas sociales y es planetaria. Victoria Sau decía que la jerarquía de los hombres sobre las mujeres es la matriz de todas las jerarquías.  La desigualdad se aprende en el género. Por eso quizá un mundo más equitativo respecto a género sería un mundo más justo a secas.

 

La agenda de Valencia es clara. Hay que dar poder a las mujeres. Poder político, soporte institucional y poder económico. Mujeres con poder sobre su cuerpo y capacidad de decisión sobre su posibilidad reproductiva, mujeres con poder para mantener las necesidades vitales propias  y las de su familia, mujeres con poder para decidir en sus comunidades, en sus naciones, qué mundo quieren.

 

En algo están de acuerdo: quieren un mundo mejor que el presente y quieren participar en su creación.

 

Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.