Un tipo diligente

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Ilustraciones de Antonio Alcaide

Entró con su padre en una tienda de juguetes y, sin que se diera cuenta, se guardó uno en el bolsillo. Como no era consciente de haber hecho nada malo, poco después de salir sacó el muñeco para jugar a que volaba a su lado. Su padre, al verlo, le preguntó de dónde lo había sacado, y él le contó la verdad sin miedo. Entonces, su padre le obligó a devolverlo y a pedir disculpas, y así lo hizo: regresó a la tienda, devolvió el muñeco y salió de allí con la cara roja, ardiendo de vergüenza.

Aquella situación, sin duda, influyó en su personalidad. Lo vivido aquel día fue el origen de su primera certeza: no quería que nadie volviera a ponerle la cara colorada. Desde entonces actuó con escrupulosa diligencia.

Nunca fue al colegio sin tener los deberes hechos. Nunca mintió a sus padres. Nunca dejó nada en el plato. Nunca llegó tarde. Siempre, con todas sus fuerzas, trató de evitar el conflicto.

Terminada la escuela, decidió estudiar Derecho; buscaba un poco de orden en mitad del caos del universo. Lamentablemente, tuvo que compaginar los estudios con un trabajo, lo cual suponía un evidente obstáculo. Sin embargo, gracias a su contacto con el mundo laboral descubrió su vocación: el derecho tributario. El mundo de los impuestos era desconocido y temido tanto por sus compañeros de trabajo como de clase, y esto lo animó a dominar la materia.

Al terminar la carrera, pensó que su profesor de derecho tributario le propondría formar parte de su departamento, pero no lo hizo. Lo que sí hizo fue recomendarle que opositara; además de confiar en su capacidad, consideraba que el panorama universitario no garantizaba un futuro próspero. Y no dudó en seguir el consejo de su mentor, que le facilitó los datos del mejor preparador de inspectores de Hacienda que conocía.

Iba a formar parte de la Agencia Tributaria. Se aseguraría de que las empresas y los trabajadores autónomos pagaran los impuestos correspondientes; sería el encargado de diferenciar lo legal de lo ilegal; por primera vez, sería él quien revisara lo que está bien y lo que está mal. Así que fue muy ilusionado a conocer a su futuro preparador. Pero aquel día se rompieron todos sus esquemas: el preparador, también inspector de Hacienda, cobraba las clases en negro. El mundo no era su lugar.

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