Un turno más

Donde se recuerda ese placer grato veraniego que son las partidas de Civilization eternas

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Los veranos suelen ser temporadas de amores fugaces, charlas sin final en terrazas y largos paseos en ciudades desiertas; charla lejana y hormigón caliente.

Entre medias, como si no quiere la cosa, he alcanzado el nirvana de estío con un videojuego: Civilization. Suelo preferir el cuatro por ser menos automático y más malicioso, la inteligencia artificial es endiablada en ese juego, y me permite disfrutar horas y horas con un tipo de ajedrez imprevisible. Cito ese juego de tablero sin ningún tipo de freno moral: toda esta estrategia por turnos es una versión “mejorada” de las reglas del ajedrez.

Se exige, así, memorizar rutinas de defensa, prever los ataques y buscar caminos no explorados. Se ha hablado mucho de que estos juegos calman a “megalómanos” con ansias de poder, nervio de los partidos extremistas, pero yo los veo como una competición de astucia. ¿Atacarán los chinos? ¿Tendré que aliarme con los zulúes? ¿Es posible vivir aislado de todas las potencias cual Suiza?

Parece ser que las negociaciones no han llegado a buen puerto…

Los buenos juegos de estrategia, a los que uno también aquellos realizados por Paradox, son los que plantean preguntas insistentes con cada acción. Se puede decir que fomentan la paranoia, todos acabamos como pequeños doctores Strangelove, pero es una monomanía benéfica, divertida, que agudiza el ingenio y la capacidad de decisión.

Mucho mejor que cualquier curso de ejecutivo agresivo, más efectivo que cualquier MBA, una partida de Civilization equivale a diez años en la empresa más competitiva. Experiencia lúdica de cómo cualquier decisión, hasta la más nimia, puede cambiar un mundo pixelado.

 

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