Un verano con Bergman. Cine en tiempo real, epifanías y allanamientos de morada en la isla de Fårö 

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“Un minuto es, en realidad, un inmenso espacio de tiempo. Espera, aquí empieza… Diez segundos… Esos segundos, ¿ves lo que tardan?”, reflexiona Max von Sydow en La hora del lobo, acompañado únicamente por el tictac de un reloj y la mirada de Liv Ullmann. Están atravesando esa hora, justo antes del amanecer, en la que nacen más niños, mueren más personas en la cama y se sufren las pesadillas más intensas.

Ese minuto fílmico también transcurre para nosotros con la misma duración y en el mismo momento: son las cuatro de la mañana en un pequeño granero reconvertido en cine. Hay dieciséis butacas. Una de ellas, a mi derecha, cuenta con una pequeña banqueta para reposar los pies. Nadie la ocupa nunca. Era el sitio fijo de Ingmar Bergman, donde se sentó para ver toda clase de películas casi a diario durante treinta años. Ahí, en ese cine situado en la minúscula pedanía de Dämba, pasó más de ocho mil horas en compañía de familiares y amigos, según estima su hija Lena.

La sesión forma parte de las actividades programadas para la Bergman Week de este año. Sorprende la forma en que el escaso número de asistentes y el perfil algo provinciano del evento –la inmensa mayoría de ellos son suecos– contrastan con las figuras de primera línea que han venido para esta edición: Ari Aster –el director de Hereditary y Midsommar– y el doblemente laureado con la Palma de Oro de Cannes Ruben Östlund, son dos de ellos. Pero claro, aquí en esta isla de Fårö es verdadera devoción lo que hay por Bergman. De hecho, cuesta imaginar esta tierra inhóspita bañada por el Báltico sin su figura: cuando llegó en 1961 para rodar A través del espejo apenas había censados ochocientos cuarenta habitantes, dedicados a la pesca y una ganadería de subsistencia. Aún era habitual el trueque.

“Si me pusiera solemne, diría que aquí encontré mi paisaje. Si quisiera ser divertido, diría que fue amor a primera vista”, relató años después. Encontró un sitio en el que vivir y, lo que es más difícil, en el que morir. Un poco saliendo al encuentro de la muerte de El séptimo sello, la primera parada que hacemos al llegar a la isla es su tumba. La localizamos en un apartado recodo del cementerio de la iglesia local –“este es un buen sitio, el tráfico siempre me ha puesto de los nervios”, cuentan que dijo al elegir el rincón–; está marcada por una sencilla roca con dos nombres tallados: el de Bergman y el de su esposa Ingrid. Poco después, un autobús vomita un grupo de jubilados escandinavos que han venido para visitarla. Una periodista no da crédito al enterarse de que hemos peregrinado desde España. “¿Qué buscáis aquí?”, me pregunta.

No sorprende la observación. Para llegar a este camposanto hemos tenido que coger un vuelo hasta Estocolmo y luego otro a Visby, la capital de la provincia de Gotland. Posteriormente, es preciso conducir hasta la otra punta de la isla principal, tomar el ferry, desembarcar en Fårö y conducir otro trecho. Por el camino se aprecia un paisaje fantasmagórico de pinos vencidos por vendavales, sotobosque, pastos, lagunas interiores y playas pedregosas. Apenas se atisba fauna alguna. ¿Por qué le cautivó este lugar tan desolado?

Nunca dejó de estar presente en el acervo –muchas veces paródico– de otros cineastas como Woody Allen, pero estos últimos años Bergman ha experimentado un verdadero revival. Desde Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, hasta la más reciente y alabada La isla de Bergman, de Mia Hansen-Løve, o el prescindible remake de Secretos de un matrimonio, sigue resonando como un artista moderno y necesario.

Descontando ese fenómeno, la Bergman Week es probablemente uno de los festivales más peculiares del mundo. Pocos eventos celebran una figura tan internacional en un escenario tan ignoto como la isla de Fårö. Su primera edición tuvo lugar en 2004 y llegó a contar con la presencia del propio Bergman en 2006, un año antes de su muerte. Por aquí han desfilado directores y actores de la talla de Wim Wenders, Kenneth Brannagh, Noah Baumbach, Ang Lee o Yorgos Lanthimos. También algunos de sus actores fetiche como Harriet Andersson, que asistió al festival en 2013 para hablar de sus vivencias en A través del espejo allá por 1961.

En la visita en bicicleta a las localizaciones de ese y otros rodajes voy hablando con la guía. “Bibi Andersson y Max Von Sydow murieron recientemente, apenas queda ya ninguno”, me dice como haciéndose a la idea. Poco a poco, se han ido convirtiendo en fantasmas fílmicos. “¡Y pensar que todos ellos están muertos!”, solía exclamar también Bergman cuando se proyectaban películas mudas en su cine de Dämba.

No soy tan ingenuo como para creer que voy a encontrar los escenarios que aparecen en A través de un espejo, Persona, La vergüenza o Pasión, las cuatro películas que rodó aquí, aparte de la serie Secretos de un matrimonio y los dos documentales sobre Fårö. En puridad, sólo existen ya en su forma cinematográfica. Pero sí, quizá, alguna de las razones por las que se enamoró de este lugar y entender un poco mejor la mirada que adoptó estos espacios como paisajes del alma.

En la playa de Persona, por donde corrieron Liv Ullmann y Bibi Andersson en 1965, intento reconocer el contorno y las rocas como quien busca descifrar la antigua belleza de un rostro devastado por la edad. Es un día nublado y la piedra caliza de la playa se funde con un mar y un cielo plomizos. “La erosión aquí es muy fuerte, la playa ha cambiado mucho”, me dice una chica espigada como adivinando mis pensamientos. El sobrino de Sven Nykvist, que también se ha apuntado a la excursión, suelta una larga parrafada en sueco. Luego, en la cola de los baños al día siguiente, tiene la amabilidad de traducírmela: justo en este punto conoció a Bergman cuando apenas tenía diez años.

Esas intersecciones, ya sean creativas o emocionales, se repiten una y otra vez: la mujer que apareció de niña en uno de los documentales de Bergman y a la que el director le preguntó qué quería ser de mayor (respuesta: hoy es la guía de nuestra visita); una mujer brasileña que restaña las heridas de su divorcio visitando el museo del cineasta durante el festival; Ari Aster y las contracciones de parto de su madre mientras veía Fanny y Alexander poco antes de traerlo al mundo; o Ang Lee, que descubrió el cine de autor con El manantial de la doncella y que fue incapaz de asimilar la idea de una isla de Fårö en color al visitar a Bergman, por fin, en 2006.

Seguimos pedaleando y, en el tramo final de la visita, alcanzamos el portón de su antigua casa en medio del bosque. “¡Deteneos!”, exclama la guía con el tono admonitorio de un profeta bíblico. Sólo algunos elegidos pueden cruzar el umbral, entre ellos los agraciados con la residencia con la que cada año se beca a un artista. Al fondo se divisa la casa, pero al igual que Moisés nos quedamos sin ver la tierra prometida.

Sí, es fácil caer en la hagiografía, pero este viaje nos recuerda muchos otros aspectos de su protagonista: el radical abandono de su mujer y sus hijos, reflejado en Secretos de un matrimonio; la enfermedad y el agotamiento creativo que precedieron a Persona y el traslado a la isla, con esa necesidad de quebrarse para renacer; la separación de Ullmann, incapaz de soportar la soledad de Fårö; las carcajadas en el cine de Dämba viendo El maquinista de La General de Buster Keaton; las conversaciones que mantenía cada tarde con la vicaria de la iglesia de Fårö tras jubilarse; su foto a escala real con una nariz de payaso que nos saluda al entrar en su museo. Bergman en todas partes y en ningún sitio.

Los eventos del festival se distribuyen por los distintos edificios gestionados por la fundación del cineasta, desde su cine privado hasta el Bergman Center en las inmediaciones de la iglesia donde está enterrado. Uno tiende a creer que eso de no valorar las figuras artísticas nacionales es una cosa como muy española, pero todo este conglomerado estuvo a punto de quedar en nada: Bergman dejó estipulada en su testamento la venta de todas esas propiedades para evitar una agria disputa entre sus nueve hijos. Linn Ullmann, la hija que tuvo con Liv, luchó por buscar un solo comprador. Nadie en Suecia se postuló para hacerse cargo del legado. Tuvo que venir un millonario noruego y tirar de chequera.

Pero, volviendo al festival, el lema de esta edición es Mejor juntos, un homenaje a su larga y fructífera colaboración con Sven Nykvist, el director de fotografía que le acompañó en la mayor parte de su carrera. Este año Nykvist habría cumplido cien años y en la Bergman Week han aprovechado para proyectar varias películas en torno a su figura. Entre ellas, Light Keeps me Company, el documental que rodó su hijo Carl-Gustav, que también asiste a la muestra junto a la directora Sofia Norlin o los ya mencionados Aster y Östlund.

Este último se quejó en una entrevista con la directora Margarethe Von Trotta de que jamás lo habían invitado al evento. La Bergman Week ha querido desagraviarlo en esta edición, en la que ha presentado ese delirante naufragio en tiempo real titulado Triangle of Sadness. De la presentación tan solamente logro entender el título: cualquier otro idioma que no sea el sueco brilla por su ausencia.

Al final tenemos que renunciar a varias actividades, ya que se celebran íntegramente en el idioma local. Quién sabe si por una falta de ambición internacional o bien por esa humilde practicidad que se refleja en la tienda de merchandising bergmaniano con un puñado de deuvedés, una estantería de libros y una percha con unas camisetas. Por suerte, aún nos aguarda La hora del lobo como colofón. No sorprende que sea una cima del cine de terror: como cualquier cineasta versado en el alma humana, Bergman era un experto en el desasosiego más íntimo.

La tarde antes de la proyección se celebra un concurso tipo trivial en torno a la órbita bergmaniana y en el que, dicho piadosamente, quedamos a mitad de la tabla. Me consuelo con unos vinos comprados en el Systembolaget, el monopolio estatal sueco, y hacemos tiempo. Aún quedan unas cinco horas por delante. Acabamos sentados a una mesa de madera junto al Báltico en la playa de Sudersand, en un anodino resort turístico de la clase media escandinava.

Al otro lado del mar se intuye el vecino ruso –hace unos días Gotland fue el escenario de las últimas maniobras de la OTAN–. Una tormenta descarga sus rayos en el horizonte para aportar cierto efecto dramático. Al poco empieza a jarrear e intentamos guarecernos bajo el voladizo de una sauna cercana. Una idea descabellada que ya habíamos acariciado comienza a tener visos de verosimilitud. Al fin y al cabo, ¿qué otro plan mejor puede haber en un islote perdido del Báltico a las dos de la mañana? Además, ya se sabe que en una pacífica socialdemocracia escandinava las casas de campo se protegen con un simple pestillo, si es que no dejan la puerta abierta.  De modo que nos metemos en el coche y partimos en busca de la ubicación exacta de la casa de Bergman.

Tras dar unas vueltas, localizamos el portón que nos separa de su antigua morada. Sin pensarlo mucho más, quizá llevados en volandas por el vino del Systembolaget, nos encaramamos presuntamente al muro de piedra y saltamos al otro lado. Que Ingmar nos pille confesados. Es raro, en la distancia se recortan dos ventanas iluminadas. Se supone que ahí no duerme nadie. Uno de mis acompañantes se adelanta y circunda la casa. Yo me acerco –presuntamente– a una ventana alta, me agarro al alfeizar y tomo suficiente impulso para asomar la cabeza al sanctasanctórum. Quién sabe, quizá pueda ver su renombrada colección de pelis en VHS, que al parecer incluye obras como Tiburón o Cazafantasmas. Para mi horror, descubro una figura humana embozada en una cama; doy la voz de alarma y salimos corriendo. Casi con el corazón en la boca, llegamos al coche. Definitivamente, mejor ceñirse a la exploración puramente cinematográfica.

Aparcamos junto al cine de Dämba media hora antes. Por increíble que parezca, ya hay dos personas esperando bajo la lluvia. Han acudido en bicicleta. A las tres y media de la mañana. Siempre consuela ver a alguien más chalado que uno mismo. Por fin se abre la puerta del cine y, tras una breve presentación de uno de los organizadores, las luces se apagan y el proyector comienza a zumbar.

Ochenta y ocho minutos después, Max Von Sydow camina por un asfixiante bosque gótico, perseguido por figuras vampíricas. Liv Ullmann mira a cámara con sus ojos de cervatillo implorante y se pregunta si podría haberlo salvado de su descenso a la locura. Se abre la puerta del cine y salimos aturdidos, tanto por la inquietante pesadilla cinematográfica a la que hemos asistido como por la luz gris que nos recibe en el exterior. Es como salir de un after existencialista. Son casi las seis de la mañana y la lluvia ha cesado. Hemos resistido heroicamente toda la proyección, pero sería temerario coger el ferry y conducir de vuelta a Visby sin haber pegado ojo.

Así que buscamos nuestro propio bosque, a poder ser libre de vampiros, para echar una cabezadita en el coche. Logro dormir unas tres horas, pero me persiguen las imágenes de la película y la noche tan extraña que hemos pasado. Me bajo del coche en un estado de suspensión, un poco fuera del tiempo y del espacio. Todo está muy quieto.

Cruzo un camino campestre y mis pisadas mastican la grava gris con ese crujido seco de la primera mañana. Me voy adentrando en el bosque hasta llegar a un claro donde un corro de juncos extemporáneos celebra una ceremonia a la que no estoy invitado. También ramas secas, retorcidas y blanqueadas como cornamentas de ciervo, desperdigadas por el suelo.  La turba húmeda cede levemente a mi paso y, de pronto, un graznido fractura el silencio. Levanto la vista y al fondo contemplo dos grullas avanzando con zancadas solemnes. Alzan el vuelo interrumpidas por mi impertinencia y sus chillidos se pierden a lo lejos.

Ahora retorna el silencio y percibo mi presencia palpitante en este lugar desierto. El claro del bosque me escucha durante lo que bien podría ser un largo minuto.

   *    *    *

En el avión de vuelta, mientras unos finlandeses borrachos me piden recomendaciones de discotecas en Torremolinos, hojeo un libro sobre la relación entre Bergman y Fårö.

Hay bastante material gráfico. Una foto a doble página muestra a Ingmar Bergman, Sven Nykvist, Erland Josephson y Liv Ullmann abrazados, mirando a la cámara entre risas; transmiten una hermosa camaradería. Están apoyados en el muro de piedra que separa el cine de Dämba de la casa donde se rodó Secretos de un matrimonio. Y otra conocida instantánea: Bergman caminando por una playa rocosa y solitaria en uno de sus paseos matutinos.

Unas páginas más adelante, una cita de Liv Ullmann acerca de una conversación que mantuvo con él en sus primeros tiempos en la isla: “En cierta ocasión nos alejamos del resto y descubrimos un pequeño risco de piedras grisáceas que presidía un terreno yermo y baldío. Nos sentamos allí y observamos el mar que, por una vez, estaba completamente inmóvil e iluminado por el sol. Me tomó de la mano y me dijo: ‘Anoche tuve un sueño. Tú y yo estamos dolorosamente conectados’. Y en ese lugar donde estábamos sentados construyó su casa”.

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