Una buena línea es como un buen beso

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Una buena línea es como un buen beso, le dijo un profesor con el cuello envuelto en una bufanda azul: intensa e inolvidable. Sobre las escritoras americanas.

 

mujeres escritoras en nueva york

 

Una buena línea es como un buen beso, le dijo un profesor con el cuello envuelto en una bufanda azul: intensa e inolvidable. Ella escribe con esa idea. ¿Un beso? se pregunta. Según la respuesta cruza los versos con un lápiz. El sol entra por la ventana del departamento y brilla sobre la espalda de su hijo que hace rodar unos juguetes por la sala. Sus poemas se escriben con lentitud. Su carrera literaria avanza pensando en esos besos. Lástima que aquella mañana le toque ir a trabajar. “Te cuido al nene”, le dice Mario. Le guiña un ojo. Ni bien pisa el primer escalón hacia la calle, piensa en el tiempo que falta hasta las 4 de la tarde.

 

 

Ayer ─o un día que se parecía tanto a ayer─, Mario la encontró en un aeropuerto. Tenían amigos comunes. Quiso el destino que la semana de su llegada, a Mario le llegara por correo una tarjeta que anunciaba su residencia americana. Se apareció en la llegada de los vuelos internacionales para cargarle las maletas. La acompañó siguiendo las flechas hasta el AirTrain, le enseñó a comprarse una Metrocard para la semana porque ella dijo: “me quedo dos semanas”.

 

 

Mario hizo de payaso. Tenía un aparato blanco y le puso los audífonos en las orejas. «Es un aypot», le explicó. La llevó hasta su hotel y antes de dejarla sacó una cita para el fin de semana. Le enseñó el barrio por donde paseaba perros alrededor del parque. Tres días antes de tomar el avión él la llevó a un concierto del Flaco. «Ustedes se largaron», el Flaco reprendió al auditorio después de Laura va, antes de Canción para todos los días de la vida. Desde la oscuridad de la platea, Mario gritó «Nos largaron, Flaco». Mario volteó a mirarla. De pronto ella encontró divertido todo aquello que había escuchado decir de los argentinos.

 

 

Ya había publicado su primer libro de poemas y creía que vivir lejos de casa sería el siguiente paso. Postuló a una beca y la obtuvo. Él le dijo que podría vivir con ella: Mario había estado saliendo con una chica rusa hasta que percató de que nunca iba a extrañarla con la intensidad con la que pensaba en esa muchacha de apellido agudo, pantalones raídos y trenzas largas. Vivieron juntos el tiempo que le duró la beca y así llegó la mañana en que le ofrecieron un puesto como profesora de español en un colegio de niños judíos. Su jefa le explicó que de todos modos iba a necesitar papeles. Se casó con Mario en una ceremonia pequeña, después comieron hotdogs en un puesto frente al municipio, junto a dos amigos que hicieron de padrinos.

 

Esa mañana pisó la calle pensando en el profesor de bufanda azul. No tenía un lápiz. Caminó hasta el metro. Un poema puede ser un largo beso, dijo en voz muy baja mientras se sentaba en el vagón. Le vino a la cabeza la imagen de su hijo jugando en la sala, la luz entrando por la ventana. De pronto pensó en ella, en sus días antes y después de Nueva York: en los pasos que daba en la vida, como si ellos fueran las líneas intensas de un extenso poema.