Uno mismo (y el silencio)

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Es curioso y acaso perverso, el modo en el que se disipa el deseo; esa forma definitiva e imprevista de perder el futuro.

Creo que hay algo racional en este dejarse aconsejar por las orejas, que es el órgano que mejor capta la vibración interna de nuestras vísceras, y llevarles la contraria. Con un razonamiento lógico que sitúa a Descartes a la altura del betún.

Si la filosofía es una intensidad, como quería Agamben, entonces dejarse mecer por las razones del corazón es la mayor de las atemperancias.

De ahí que sea más libre el desamor, la rebelde soledad de estar sin nadie más que uno mismo (y el silencio).

 

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Me acordé de una frase de María Folguera. Dice: “Me asombraba mi propia reactividad erótica”.

 

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Lo demás es silencio y sexo silencioso (y lingüístico).

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