Vampiros. La evolución de un mito

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Cuando los responsables de Netflix se habían empeñado en trasladarme aburridamente a Transilvania con ese pseudoDrácula salido del equipo de Sherlock, llega a Madrid, afortunadamente, la exposición Vampiros. La evolución de un mito, organizada por CaixaForum y La Cinématèque de París, clavándonos a placer el colmillo a todos los que admiramos el género de terror alrededor de la figura stokeriana. Una mirada sobre un icono que felizmente no decae en el imaginario popular. Toda una declaración de intenciones en el arte de dejar que los fantasmas regresen, tomado de Derrida. El vampiro como personaje complejo, fantástico. Drácula es temido y es fascinante. Puede tomar la forma de un lobo o un murciélago mientras sus ojos emiten luz. Teme los signos religiosos y sólo puede ser eliminado por los rayos del sol o una estaca que cruce su corazón. La muestra, que estará abierta hasta el 7 de junio, reúne más de trescientas obras procedentes de una treintena de museos y colecciones privadas. El cine es el eje vertebral del recorrido con 15 montajes audiovisuales y fragmentos de 60 películas además de series. ¿Cómo esta figura híbrida mitad humana y mitad animal alimentó la imaginación colectiva hasta que se convirtió en una obra de arte?

Confieso que el tema vampiresco ya tuve ocasión de vivirlo de cerca en lo más profundo de la campiña rumana, en una imponente fortaleza del siglo XII, con unas torres verdaderamente espeluznantes y que, supuestamente, sirvieron de escenario para la novela de terror de 1897. Desde aquí recomiendo la visita. Es toda una leyenda literaria y además las vistas al paisaje, les aseguro, no están del todo mal. Cuentan que alrededor de medio millón de turistas acude a visitar cada año el Castillo Bran, el hogar en la ficción del vampiro más famoso del mundo en la cima de aquella colina transilvana así que no es de extrañar que, a pesar de tener años de antigüedad, el edificio histórico reciba continuas reformas como aquella especie de ascensor que te permite un viaje completo con espectáculo narrando la historia y las leyendas de Bran conectando el castillo con el jardín. Eso sí, el romanticismo, la magia y el misterio vampírico brilla ya por su ausencia.

Pero retomando la exposición que acoge Madrid y hablando de castillos, la muestra pasea la imaginación de los visitantes entre los encantados castillos de la simbolista Redon, las mujeres vampiros de Leonor Fini, los collages surrealistas de Ernst, algunos grabados de Los Caprichos de Goya y Niki de Saint Phalle que despertarán en muchos la curiosidad suficiente para acudir de nuevo a releer la novela. Objetos de terror, deseo o incluso ternura. Drácula y sus herederos aparecen como monstruos en su forma más instintiva, sensual y sexual. Esa parte sexual tan humana, ¿tal vez por eso no podían mirarse en el espejo?

No teman. Aventúrense a una sucesión de luces parpadeantes, gritos atormentados, batir de alas de murciélagos, personajes que nunca envejecen, imágenes sin reflejo en el espejo, la existencia en la oscuridad al retiro del sol en una puesta en escena deliciosamente terrorífica.

Drácula fue una criatura que fascinó a los directores más famosos convirtiéndolo en un ícono oscuro y sexy desde Coppola, Polanski o Tim Burton e interpretado por los mejores actores, Christopher Lee, Gary Oldman, Tom Cruise, David Bowie o Johnny Depp. A la vez, dieron la respuesta a su alter ego femenino las maravillosas Catherine Deneuve, Isabelle Adjani o Grace Jones. Entre las piezas más importantes encontrarán la máscara original de Nosferatu (1979), utilizada en el rodaje de Werner Herzog, y desde el principio navegarán en una especie de abismo del mito en ese escenario iconográfico. A continuación, descubriremos una serie de gabinetes llenos de curiosidades con elementos decorativos de película. Los archivos de aquellos filmes son piezas inéditas hoy mostradas al público: la bata de Isabelle Adjani, rosarios, ratas, cartas, una estaca, el traje encarnado que vestía Gary Oldman en el Drácula de Francis Ford Coppola, los de Tom Cruise y Kirsten Dunst en Entrevista con el vampiro así como el guión de Bram Stoker para la primera adaptación teatral de su novela.

No cabe duda de que Drácula fue un personaje complejo, temido pero fascinante, un verdadero espejo de nuestra sociedad, un monstruo sediento de sangre convertido en un seductor con un corazón tierno. “Es la encarnación del impulso más humano, un dandy perturbador e inquietante, oscuro y sexy, a menudo irresistible”, explicaba Matthieu Orléan, comisario de la exposición. Esta parte erótica y sexual toma, como no podía ser de otro modo, protagonismo en la muestra y comprobamos que España contribuyó especialmente con todo un género de nuestro cine, en los años 70, con obras como Las Vampiras (Vampyros Lesbos), de Jesús Franco o el homenaje a Ceremonia sangrienta, con la icónica escena protagonizada por Lucía Bosé bañada en sangre. “La mayoría de las películas tienen una dimensión sexual que se manifiesta en el libro de Stoker. Por ejemplo, una de las primeras víctimas de Drácula es el personaje de Lucy. Es una mujer muy libre, sexualmente en particular, que tiene cuatro pretendientes románticos; uno puede imaginar que tuvo cuatro historias románticas con estos hombres, y que gradualmente elige a su esposo. En cualquier caso, es una mujer más liberada que Mina, su amiga, a quien prometieron para después casarse. Una mujer fiel, una especie de Penélope que espera a su marido en Inglaterra. Lucy estará del lado del vampirismo. La sexualidad está, por lo tanto, muy presente. ¿Era esta una forma de que Stoker criticara esta libertad o, por el contrario, criticara la rigidez victoriana? ¿Y para mostrar una especie de amor más allá, a través del vampirismo, que pasa por la sexualidad?”, me contaba Orléan, con el que pude coincidir en la Cinématèque parisina donde se expuso hasta hace poco la muestra.

Este hilo sexual, evidentemente, recorre la muestra. Sin embargo, algunas películas más raras escapan a esta reflexión: Crepúsculo (2008), de Catherine Hardwicke, por ejemplo, y otras con un enfoque puramente humorístico, como el Hotel Transilvania. (2013), de Genndy Tartakovsky. “Estas no son películas donde la sexualidad está presente. Crepúsculo está del lado de un amor absoluto, místico, que no pasa a través de la sexualidad”. A pesar de todo, hay algo en el cuerpo, en el aspecto, especialmente a través de escogidas escenas que explican la intención de cada secuencia: el renacimiento del personaje interpretado por Kirsten Stewart, que pasa del estado vital al vampiro con las moléculas de su sangre que se regeneran. Entonces el vampiro pasa a ser encarnado.

Para que esta exposición fuera lo más rica posible, el cine tenía que dialogar constantemente con otras formas artísticas, evolucionando con los tiempos. En particular Guillermo del Toro con Blade 2 (2002) y The Strain (2014-2017), la serie de vampiros nazis que se propusieron conquistar Nueva York. “Es cierto que las series son importantes. Crearon una audiencia completamente nueva, regeneraron enormemente el mito del vampiro, tocaron áreas poco exploradas”. Así, piensan en la adolescencia y el vampirismo, a menudo se ha dicho que uno podría ser la metáfora del otro, el momento de una metamorfosis, de un cambio, de una relación con la sexualidad. Asimismo, en los años 90, The Addiction (1996), de Abel Ferrara. También siguen siendo películas aterradoras, marcadas por la aparición del SIDA en los años 80, que afectó a muchos artistas y que encontramos en películas como The Predators (1983), de Tony Scott. Películas muy oscuras que convocan a una iconografía bastante morbosa. Situar estas series en entornos más fríos como pequeñas ciudades, un café, este es el caso en True Blood (2008-2014) con Merlotte o en una escuela secundaria era el complemento perfecto.

Su poder para la atracción, por lo tanto, dejará una marca indeleble en la historia de las artes desde la literatura hasta el cine, la pintura o la fotografía y la exposición, con brillantez, no duda a la hora de presentarnos obras de Goya o Redon como obras maestras de Niki de Saint Phalle, Leonor Fini, Ernst, Andy Warhol o Jean-Michel Basquiat, reitero. Una de las obras más especiales incluidas en el recorrido es una serigrafía de Andy Warhol en la que retrata al actor Bela Lugoshi en la posición del ser eterno a punto de morder a su víctima. “Esta víctima también es el espectador, que está deslumbrado por el lienzo y la imagen de cine y que es como una especie de presa. Hay una correspondencia obvia: es el mismo artista quien hace la obra de arte y la película, en cualquier caso, quien produjo la última”.

Así pues, los amantes de los vampiros están de enhorabuena. La exposición incluye una serie de actividades paralelas, con un ciclo de conferencias sobre este tema y una ‘velada vampírica’, el 6 de marzo, integrada por actuaciones musicales y de humor, la apertura extraordinaria de la muestra de noche y la posibilidad de donar sangre a cambio de una entrada gratuita.

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