Venezuela, nación de espejos rotos

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¿Qué es Venezuela, sobre todo ahora, tras el desgarrón electoral? El libro Álbum de familia. Conversaciones sobre nuestra identidad cultural, recién publicado en Caracas por la editorial Alfa, hace preguntas pertinentes a la ciudad letrada

 

La cultura es esencial a la Revolución Bolivariana. Ningún gobierno de la era electoral venezolana había puesto antes tanta atención al tema, no solo desde el punto de vista formal sino desde el semántico, pues no solo desarrolló un enorme aparato institucional para el área, sino que reformuló algunos símbolos que habían sido, al menos desde 1958, imágenes de la identidad nacional.

 

El tema formó parte de la discusión social desde que en 1999 comenzaron las propuestas para la redacción de la nueva Carta Magna prometida por la campaña presidencial de Hugo Chávez durante el año anterior. Fue bajo la gestión del abogado Alejandro Armas como presidente del Consejo Nacional de la Cultura que se incluyeron en la Constitución cuatro artículos (98, 99, 100 y 101) en los que se especifican las condiciones regulares de la materia: se protegen la libertad de creación, la propiedad intelectual, la autonomía de la administración y el patrimonio cultural, además del legado de las culturas populares. Esto es más de lo propuesto por la Constitución antecesora, de 1961, en la cual solo los artículos 78, 80 y 83 aludían al tema. En ellos se señalaba el derecho nacional a la educación, cuya finalidad era el fomento de la cultura, y el deber del Estado en este sentido.

 

En 2001, durante la gestión de Manuel Espinoza en el Conac, ocurrió la llamada Revolución Cultural, cuando el presidente Chávez, por televisión, anunció a las autoridades de trece instituciones del área la remoción de sus cargos. Sobrevino la intensa reestructuración del aparato cultural y comenzaron las discusiones para una Ley Orgánica, necesaria para hacer operativos los cuatro artículos constitucionales. Pero no llegaron a nada. Hoy, más de una década después, todavía no se concreta un marco legal para el sector.

 

Cuando en 2005 se creó el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Francisco Sesto Novás tenía dos años como director del Conac y viceministro, cargo adscrito al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Debido a las circunstancias, su gestión implicó una reestructuración incluso más profunda que las anteriores. Los cambios privilegiaron la centralización de las actividades culturales a través del nuevo ministerio, restándole autonomía a las instituciones tradicionales, como por ejemplo los museos, la Biblioteca Pública o Monte Ávila Editores. El proceso se concretó a través de la instauración de las cinco plataformas en las que pasó a organizarse todo el sector: la del Cine y Medios Audiovisuales; la de Pensamiento, Patrimonio y Memoria; la de Artes Escénicas, Musicales y Diversidad Cultural; la de la Imagen y el Espacio y la Plataforma del Libro y la Lectura. A esto se le sumó la creación de nuevos organismos, como la editorial El Perro y la Rana, para realizar publicaciones masivas de bajo costo, y una productora del Estado venezolano, la Villa del Cine.

 

Sesto Novás ha sido el ministro de Cultura con más años de gestión, pues luego de que finalizara su período en 2008, volvió en 2009, después de que Héctor Soto estuviera en el cargo apenas un año. El titular del despacho ahora es Pedro Calzadilla, cuya visión de la cultura nacional puede leerse en una de las entrevistas que constituyen este texto.

 

En cuanto a los contenidos simbólicos, la influencia de la Revolución Bolivariana y su relación con la identidad nacional ha sido más radical. En casi tres lustros, el bolivarianismo ha intentado reescribir las principales representaciones de la nación venezolana. En 2006, incluyó una estrella en la bandera (en representación de la provincia de Guayana) y cambió hacia la izquierda la dirección en la que corre el caballo del escudo nacional. Cuatro años después trasladó los documentos de Simón Bolívar y Francisco de Miranda al Archivo General de la Nación y, luego, decretó la exhumación del cadáver del llamado Padre de la Patria. La Revolución Bolivariana llegó al extremo de cambiarle el espacio y el tiempo a los venezolanos: en 1999, la nueva Constitución rebautizó a la república poniéndole el apellido “Bolivariana” y en 2007 añadió 30 minutos al huso horario -4:00 GMT.

 

Álbum de familia se escribió entre 2011 y 2012 bajo la sombra de un diagnóstico fatal pesando sobre la salud del presidente Chávez y durante la contienda electoral que enfrentó por la presidencia de la República a los polos que han protagonizado la escena política durante más de catorce años y de la que resultó ganador, una vez más, el oficialismo. Pero el año 2012 también marca una década desde la marcha del 11 de abril y el breve golpe de Estado del día siguiente, acontecimientos que no solo radicalizaron la Revolución Bolivariana y dividieron al país entre sus seguidores y detractores, sino que arrojaron un saldo de emigrantes como nunca antes se había registrado. Desde abril de 2001 los venezolanos, en el exilio o no, estamos obligados a interrogarnos constantemente sobre nuestro grado de filiación a la nación y sobre nuestra condición de ciudadanos en revolución. Adicionalmente, luego de los resultados de las elecciones del 7 de octubre de 2012 se hace apremiante la búsqueda de concordia entre oficialistas y opositores para que las decisiones políticas del futuro representen, no a una mayoría, sino a los venezolanos. Por eso, las preguntas sobre qué significa ser venezolano, así como también sobre los valores, símbolos y creencias de esta cultura no hacen sino multiplicarse.

 

La propuesta de este libro es revisar las coincidencias entre las mentalidades que pueblan la ciudad letrada de la República Bolivariana de Venezuela. Si bien en el ámbito intelectual contemporáneo “la ciudad letrada” identifica la vida literaria de las urbes, donde los escritores cuestionan o pactan con los gobiernos, Ángel Rama, quien acuñó la frase, analiza en su libro al respecto el comportamiento de quienes han estado encargados de interpretar las palabras, a partir de sus relaciones con el poder. En el uso que hago de esta expresión, me refiero principalmente al primer sentido, en la esperanza de invocar en la mente del lector la imagen de un grupo de pensadores que leen los signos de su país y pretenden revelarnos sus significados.

 

Las indagaciones sobre el sentimiento de pertenencia a un Estado-nación como las que propongo en este libro se inscriben dentro de los estudios culturales latinoamericanos, pues no solo la idea de mismidad (parecerse al otro), sino el procedimiento hermenéutico de cuestionarse sobre esto remite al territorio simbólico en el que la sociedad elabora sus representaciones. En otras palabras, tanto las preguntas cuyas respuestas construyen el concepto de identidad como su definición misma pertenecen al ámbito semántico de la cultura, el universo simbólico que determina el sentido de las imágenes que se producen en una población y en el que también se encuentran la tradición y la historia.

 

La reflexión de la que surge esta serie de entrevistas viene de asumir la historia venezolana en términos dialécticos. Si la democracia bipartidista en la que se alternaban Acción Democrática y Copei representó la tesis inicial del sistema democrático y la Revolución Bolivariana evidenció los errores y vacíos de las administraciones anteriores a manera de antítesis, cabría que los intelectuales nacionales comenzaran a preguntarse qué podría proponerse como una síntesis entre las dos visiones de la democracia y las dos propuestas de identidad nacional. Las opiniones contenidas en este libro pretenden enunciar los primeros elementos para responder a esa pregunta.

 

En las páginas que siguen indagaré sobre qué aspectos de la venezolanidad son aún incluyentes para las diversas posturas políticas. Si la identidad nacional es el relato que engloba a una comunidad: cuáles son las visiones coincidentes entre los seguidores y detractores de la Revolución Bolivariana, cómo describen dichas visiones la mentalidad y las paradojas de los venezolanos y, en relación con estas dos reflexiones, qué temas de la cultura se perciben como más urgentes.

 

Con estos objetivos en mente, me planteé la indagación acerca de las imágenes de la venezolanidad a través de la convocatoria a quince especialistas, artistas o gestores culturales. Claro que todas las antologías y selecciones son injustas y pueden parecer arbitrarias. Esta no es la excepción. La inclusión de estos nombres responde a mi propia familiaridad con su obra. En los años que he trabajado en la fuente de cultura del periódico El Nacional he leído decenas de publicaciones y sostenido innumerables entrevistas con actores que pretenden entender el impacto de la Revolución Bolivariana en la cultura y en la cotidianidad del venezolano. Aquellos cuyos postulados me han llamado más la atención están en este libro, especialmente quienes trabajan sobre la tradición, las mentalidades, los mitos y los arquetipos que construyen la cultura de los habitantes de Venezuela. Como el ánimo de este libro es conciliatorio y tiene por objeto reunir las visiones de quienes tienen maneras de pensar distintas y posiciones políticas antagónicas, se incluyen también aquellos que hayan expresado su filiación a la Revolución. Igualmente, las páginas que siguen no pretenden ser la autoridad final sobre la identidad del venezolano, sino una invitación a leer los símbolos de la cultura nacional desde distintas perspectivas. Es mi anhelo que estas páginas susciten la curiosidad de otros periodistas o investigadores del tema, animándolos a completarlo, bien sea con el aporte de entrevistas a quienes me faltó incluir o formulando otros enfoques. Además, como un efecto colateral de estas conversaciones, a lo largo de las páginas que siguen, los lectores podrán observar un retrato de la situación de la cultura en Venezuela, a través de las descripciones de algunos de sus protagonistas.

 

Abre la serie mi conversación con Elías Pino Iturrieta, quien ha dedicado sus obras a entender las mentalidades de sus compatriotas durante toda la vida republicana del país. Al historiador le sigue Luis Britto García, quien en numerosos ensayos analiza el perfil nacional y, con especial énfasis, los cambios propuestos por la Revolución Bolivariana. También el psicólogo Áxel Capriles, cuyos libros interpretan los arquetipos que pueblan el territorio nacional, está convocado en este volumen.

 

Carmen Hernández, Javier Vidal, Román Chalbaud y Marcelino Bisbal hablan desde la perspectiva de las áreas culturales a las que se dedican. Hernández es crítica de arte y presenta un panorama no solo de la institucionalidad museística en el país, sino de la discusión sobre la plástica que se lleva a cabo actualmente y cómo eso define a la nación. Vidal, además de ser una de las caras más conocidas de la televisión venezolana, es actor, director de teatro y dramaturgo y se ocupa del estado del teatro nacional y de cómo los contenidos representados sobre las tablas dibujan el perfil del venezolano. Chalbaud es una de las figuras centrales del cine nacional porque fue uno de los fundadores de esta tradición en el país y desde allí conversó conmigo. Bisbal, por su parte, es especialista en el estudio de medios de comunicación y su perspectiva es imprescindible para cualquier estudio de la cultura, porque conoce bien el desarrollo de los medios de comunicación en Venezuela y América Latina, así como la influencia de la globalización en la elaboración de identidades étnicas, regionales o nacionales.

 

Como el comunicólogo pero desde perspectivas profesionales más amplias, Iraida Vargas, Margarita López Maya y Ana Teresa Torres presentan tres interpretaciones sobre la venezolanidad que no pueden dejarse de lado. Inscrita en visiones de la postcolonialidad y la nueva izquierda, Vargas ha realizado estudios sobre la Revolución Bolivariana que son cruciales para entender sus bases ideológicas. López Maya desentraña los significados posibles y reales del Socialismo del Siglo XXI. Es Torres, sin embargo, la que obtuvo reconocimiento fuera de las fronteras por analizar a Simón Bolívar como tótem de la cultura nacional en La Herencia de la Tribu: Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana (2009), ensayo finalista del Premio Internacional Debate-Casa de América. 

 

El ministro de la Cultura, Pedro Calzadilla, abre la sección de entrevistas a gestores culturales con los que finaliza el libro. Le suceden las charlas con Antonio López Ortega, Carlos Noguera y Gisela Kozak Rovero, quienes comparten la peculiaridad de ser narradores y dedicarse a la administración cultural o a su estudio. Ortega trabaja en este ámbito para el sector privado y Noguera es presidente de la editorial estatal, Monte Ávila Editores. Kozak Rovero perteneció al equipo de especialistas en el área cultural que asesoró a la Mesa de la Unidad Democrática y al candidato presidencial Henrique Capriles Radonski y desde hace años dicta cátedra en la Universidad Central de Venezuela sobre temas de administración cultural.

 

El gestor que cierra las entrevistas es el maestro José Antonio Abreu, director del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. Su presencia en este libro es más que necesaria, pues él ideó el proyecto artístico más importante del país, no solo por su renombre internacional sino por el impacto social que tiene al emplear la promoción de una actividad artística para rescatar a los niños de los estratos más pobres del país. La entrevista de Abreu es distinta del resto en su estructura, pues ante el éxito de El Sistema como proyecto social y artístico, mi objetivo era proponerlo como ejemplo de un país donde la cultura funcione como un motor social en el que los méritos individuales y grupales permitan la proyección internacional de la identidad nacional, pues ¿quién duda de que una de las imágenes más fuertes de Venezuela en el extranjero en la actualidad es la de una nación de grandes músicos?

 

Antes de pasar a las conversaciones, son necesarias unas palabras sobre la metodología empleada. En los casos en los que fue posible, se aplicaron dos rondas de preguntas. La primera se trató de un cuestionario general que se podía contestar por correo, con el objeto de que el entrevistado revisara la bibliografía que considerara necesaria. En la segunda, cada uno sería cotejado con sus respuestas, así como con su experiencia personal y profesional. Las preguntas que se repiten a lo largo de estas páginas intentan determinar qué mitos pueblan la psique del venezolano y qué perfil nacional construyen, así como sus necesidades culturales.

 

En las páginas que siguen, el lector conocerá las opiniones de actores culturales de posiciones políticas contrastantes mientras intentan reconstruir los imaginarios de una nación que parece haber perdido vínculos con su tradición. Quizá, en el ejercicio de escudriñar en las mentalidades que se propone esta serie de entrevistas, aparezca un recuerdo que pueda contribuir a la reconstrucción de la identidad escindida. Si esto ocurre, aunque sea solo en parte, los objetivos de este libro estarán cumplidos.

 

 

Javier Vdal: La nación de los espejos rotos

 

 

En este país tenemos que asumir, sin ningún complejo,

que William Shakespeare es tan nuestro como

Miguel de Cervantes y como José Ignacio Cabrujas.

 

Javier Vidal alcanzó la popularidad desde muy joven. Su trabajo en el teatro, que comenzó a los 20 años de edad, complementado por su actuación en telenovelas coloca su cara entre las más reconocibles de la cultura y el entretenimiento nacional en los últimos 30 años.

 

Sin contar su trabajo para televisión, Vidal ha dirigido más de tres decenas de obras teatrales, ha actuado en más de media centena y ha escrito casi una veintena de piezas. A lo largo de su trayectoria profesional, ha creado o recreado personajes que marcaron a sus compatriotas, desde el poeta izquierdista Chaquetón de la telenovela Estefanía, de Juio César Mármol, que se transmitió por Radio Caracas Televisión en 1979, hasta Oscar Wilde en la obra de Moisés Kaufman Actos indecentes, presentada en Caracas con un impresionante éxito de crítica y de taquilla en 2010[1]. Esto, sin olvidar al protagonista de la obra que él mismo escribió, Diógenes y las camisas voladoras (2011), que según afirmó Simón Alberto Consalvi en su columna del diario El Nacional es el “momento culminante” de su trayectoria sobre las tablas[2].

 

Entre la década de los años setenta y el presente, Vidal ejerció de periodista cultural, crítico de teatro, galán de televisión, guionista, director y productor de teatro. En la década de los años ochenta fue director del grupo Autoteatro y desde 1989, del grupo Theja, del cual es vicepresidente en la actualidad. En 1994 asumió funciones como gestor cultural en el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit), donde compartió proyectos con otras figuras nacionales de las artes como María Teresa Castillo, Carmen Ramia, Orlando Rodríguez, Pilar Romero, Carlos Paolillo y Horacio Peterson. Durante 10 años trabajó en el Consejo Nacional de Teatro. Mientras tanto, fue columnista de los diarios El Nacional, El Universal y El Mundo. Su columna ‘Diario en gerundio’, que sostuvo hasta entrado el siglo XXI, pretendía un análisis oportuno del quehacer cultural del país.

 

Entre los premios nacionales de dramaturgia de los que se ha hecho merecedor se encuentran Teatro de la Crítica (actor, 1980), Casa del Artista (dramaturgo, 1998), Municipal (director, 1996 y 2004). En el género televisivo también ha ganado varios galardones nacionales y dos internacionales: ACE (Nueva York) y Quetzal (México). Por sus reseñas y artículos culturales ganó en 1979, al principio de su carrera, el Premio de Periodismo. Por su defensa acérrima de la libertad de creación y por su descreimiento de las instituciones que rigen los destinos de la cultura en el país, las opiniones de Vidal sobre las artes se parecen un poco a las del autor de El retrato de Dorian Gray (1890) que con maestría interpretó en la obra de Kaufman. Por ser uno de los actores culturales más activos de las últimas tres décadas y, en especial, durante el último lustro cuando los desalojos y recortes proliferaron en este sector de las artes –entre ellos el más representativo fue el desalojo de la sede en Bellas Artes del Ateneo de Caracas, en 2009, el mismo año que el grupo Theja perdió su sede del teatro Alberto de Paz y Mateos– la perspectiva de Vidal sobre la gerencia teatral en el país, así como sobre los contenidos de las aprehensiones nacionales son importantes para cualquier discusión sobre la identidad nacional que se quiera emprender desde las artes escénicas en la actualidad.

 

¿Vive el país un proceso de reestructuración de su identidad nacional?

La palabra identidad implica mismidad y ser, tomando las fuentes latinas, “este mismo ente” (id – ens). Creo que estamos viviendo la destrucción de una identidad que aún anda dando bocanadas fuera del agua. La neosemántica revolucionaria chauvinista ha querido hacer tábula rasa al sentido raigal de la mismidad de nuestro ser, lo más profundo que puede tener un pueblo, e intenta sustentar nuestra concepción de la identidad nacional exclusivamente en las gestas de caciques y héroes militaristas y no ha privilegiado el arraigo de la historia civil del gentilicio.

 

¿Qué necesidades culturales aún no están satisfechas en el país?

Mi percepción empírica (pues me parece demasiado sociológica esta pregunta y no manejo estadísticas al respecto) me orienta hacia un despiste ético. La ética del individuo neoliberal ha tratado de ser sustituida por una de la masa revolucionaria. Lo ideal hubiese sido implementar una ética de concordia. Venezuela está rota porque sus espejos han sido destruidos, resquebrajados unos, velados otros. Sin espejos, es decir, sin arte y sin cultura, no nos podemos ver a nosotros mismos. Pero tenemos la opción de vernos en “otros”. La insatisfacción justamente reside en que no nos identificamos con la llamada “otredad”. Nos desconocemos. Nos desautorizamos. Nos desnaturalizamos. Necesitamos identificarnos culturalmente en la concordia aunque sea a través de ese espejo roto. A veces creo que estamos perdiendo la capacidad de culturizarnos, alejándolos de la civilización. Nuestra sociedad que vaga ciega por el Paraíso.

 

¿Qué cambios sobre la autoconcepción del venezolano se concretaron en la última década?

Hemos retornado a la hacienda El Miedo de Doña Bárbara. Vivimos un maniqueísmo galleguiano que lucha entre la civilización y la barbarie. Por ahora vence la barbarie, que tiene una conexión emocional con su “taita”. La civilización es racional y civil, palabra esta última de donde proviene su etimología y se emparenta con otros neologismos como la lógica, la coherencia, el razonamiento, el diálogo, el acuerdo, la relación, la negociación. Estos conceptos de civilismo democrático los hemos perdido y sustituido por caciques y héroes militaristas que solo tienen dos categorías de raciocinio: mandar y obedecer.

 

Doña Bárbara es ciertamente una obra central de la venezolanidad, pero la imaginería de su protagonista, la malvada mujer de origen indio, ¿no hace a la novela excluyente?

No pensé en esa lectura sexista. Más bien pensé en el llano que tenemos en Miraflores. Es la barbarie, el terror, todo ese mundo mágico perverso…

 

¿Hay necesidad de un Santos Luzardo en el país?

Si existe una doña Bárbara yo quiero que venga un Santos Luzardo. La verdad es que el pobre no ha tenido mucho espacio.

 

Este personaje representa el mismo perfil de Diógenes Escalante, el protagonista de su obra Diógenes y las camisas voladoras

Sí, sin duda. Ese fue el civilista que nos tocó. De hecho, en la misma obra hago referencia a eso cuando Escalante dice: “El peligro está en los llanos”. Y, luego, recuerda que hay que tener mucho cuidado con los llaneros. “Vea usted a Páez”, dice.

 

Lo interesante es que las grandes referencias del venezolano son bélicas, conectadas al proceso emancipador…

Todos nuestros héroes son militares. Eso siempre me ha impresionado. Una de las salas del Teatro Teresa Carreño, por ejemplo, se llama José Félix Ribas, como el prócer. ¿Y nuestras orquestas? Una se llama Gran Mariscal de Ayacucho y la de más allá Simón Bolívar. ¿Qué dice eso de nosotros?

 

Además de la contraposición con el militarismo al que se refirió antes, ¿qué otros aspectos de Escalante le parece que puedan servir para unir los pedazos de la identidad a la que antes se refirió como resquebrajada?

Me parece que nos hace falta asimilar que vivimos en América, un territorio que comenzó a inventarse a partir del siglo XV, y que formamos parte de una transculturización. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de culturas endógenas. ¿Qué es una cultura endógena? Diógenes Escalante, que nació en Queniquea, un pueblito de Táchira que ni en el mapa aparece, llegó a comprender qué es la cultura, que ya era global antes de que se inventara la misma palabra global. Debemos asimilar esto porque nos hemos convertido en unos trogloditas que de tanto mirarse a sí mismos y su pasado no saben aceptar que no habría cultura en el mundo si no existiera la transculturización. No existiría la cultura de ningún pueblo si no existiera la transmisión entre estos, aunque en algunos casos termine siendo la dominación de una sobre otra. Este es el caso nuestro: no hablamos pemón sino castellano. Los venezolanos tenemos que asimilar que somos parte del mundo y de la cultura cosmopolita que se impone ahora en todas partes. Escalante es parte de esa cultura civilista que tanto bien nos haría ahora. Cierto que era un hombre que no sabía qué significaba la palabra “rastrojos” ni había probado nunca el picante de “pinguita de perro”, pero conocía a Reynaldo Hahn. Era un hombre universal. En este país tenemos que asumir, sin ningún complejo, que William Shakespeare es tan nuestro como Miguel de Cervantes y como José Ignacio Cabrujas.

 

El poeta de izquierda que interpretó en la telenovela Estefanía, ¿puede ser un tipo nacional por ser una obsesión recurrente en la historia de la literatura moderna del país? ¿De qué manera Chaquetón ilustra el perfil revolucionario que llegó al poder con la Revolución Bolivariana?

Chaquetón era un hombre que creía, más que nada, en la libertad. Convierte su libertad en una oda a la individualidad y la relaciona con la belleza, es decir, si es bello es libre y se acerca a la verdad. Es muy distinto del perfil del revolucionario bolivariano, porque este último no cree en la libertad, aunque la menta. Este revolucionario insiste en que todos seamos iguales y esta igualdad es el anatema de la libertad, que es el gran problema filosófico desde los masones hasta Maximilien Robespierre. Con esto quiero decir que la egalité et la liberté son antítesis. A lo mejor lo de la fraternité fue como la síntesis de aquellas dos que eran tesis y antítesis. El revolucionario chavista quiere que todos seamos iguales, que todos tengamos el mismo pensamiento, y esto acaba con la libertad individual.

 

Para volver a la discusión sobre la identidad nacional, ¿qué mitos son recurrentes en la mentalidad del venezolano?

El del papá que ordena, protege y manda. Como pueblo estamos ciegos, desorientados y solo escuchamos las mentiras que queremos.

 

¿Qué personaje identificaría entonces a ese perfil del venezolano?

El de Adán cuando fue expulsado del Paraíso. El hijo desnudo, ciego y culpabilizado. Hasta con cierto complejo de Edipo frustrado, ya que no conoce a su madre en una sociedad matriarcal. Suena apocalíptico, ¿no?

 

¿Qué temas de la discusión social y cultural son más urgentes?

Re-conocer-nos en nuestro aquí-ahora sin destruir la fuente raigal. Vindicarnos en la tradición y distinguir las raíces de nuestro pueblo, el cual no nace de decretos políticos ni astrológicos. Deberíamos, quizá, preguntarnos: ¿cuándo empezamos a ser un país? ¿A ser venezolanos? ¿Hasta dónde debemos llegar? ¿Hasta el primer mono africano que bajó de la rama? ¿Al primer mongol, como llamaba Arturo Uslar Pietri al que cruzó el estrecho de Bering? ¿Al sincretismo que se inició en 1492 y cerró geopolíticamente en la Capitanía General de 1777 o la firma del Acta de Independencia en 1811 o la muerte de Bolívar o la Cosiata o…? Me pregunto si hay forma de ponerse de acuerdo en estas instancias iniciáticas, porque si desconocemos nuestro pasado difícilmente nos re-conoceremos hoy.

 

¿Qué es lo más incómodo de este perfil nacional que describe?

La incomodidad es una de mis más preciadas comodidades. Creo que siempre he sido molesto para el establecimiento, que es hipócrita. Gajes del oficio: el desenmascaramiento del statu quo es un reto para el teatro. Una pro-puesta para la puesta en escena. Una reflexión entre signos de interrogación. El teatro, cuyo rostro es justamente la máscara, produce la dialéctica sublime de la mentira en el medio que mejor miente al decir la verdad.

 

Si el teatro, como dijo antes, es el espejo donde se reconocen los ciudadanos y, como acaba de señalar, es también la máscara que descubre la realidad que una sociedad quiere esconder, ¿qué papeles juegan el teatro público y el privado en la configuración de la identidad?

El teatro es siempre público. Hablo de un teatro privado cuando me refiero al independiente, cuyo sostén financiero reside en la caja de resonancia con la audiencia que vulgarmente llamamos taquilla. El problema es que en Venezuela ya no existe teatro público. El auge de la producción de obras de teatro privado e independiente que vivimos en este momento es consecuencia de que nuestro régimen revolucionario cortó las subvenciones, redujo los tutelajes a las compañías de teatro y –con la actitud de desprecio que tiene por los artistas de este país– cerró canales de televisión. Si quedan flotando los artistas y los dramaturgos ante los cierres de la televisión, ¿qué más se puede hacer? Hay algo en este panorama que estoy describiendo que me molesta especialmente: hubo un momento en el cual el régimen tuvo todas las gobernaciones del interior, pero a nadie se le ocurrió hacer un circuito de teatro. Lo más grave es que esa falta de medidas enfocadas en la proyección del teatro nacional en el interior, así como otras mejoras en el área, no se toman en cuenta no por falta de interés, sino porque en el gobierno desprecian esta forma de arte. Así pasa con las mentalidades militaristas: piensan que las artes escénicas mariconean. La cultura no entra en la estructura de formación de un militar que se limita a decir: “Yo ordeno” o “Yo obedezco”. En estas líneas de pensamiento no caben la libertad ni el diálogo.

 

¿Hay fantasías compartidas entre los venezolanos que puedan activarse afirmativamente alrededor de un sentido de pertenencia nacional?

Creo que merece la pena detenernos en la palabra fantasía. En inglés a las obras teatrales se les denomina plays y la fantasía es un juego que jugamos porque, a diferencia de los animales, reconocemos el pasado y sabemos que en el futuro lo único seguro es la muerte. Por eso jugamos: para sentirnos inmortales por breves instantes. Huimos, nos alienamos. Fantaseamos, jugamos, cantamos poemas, representamos a otros. Inventamos sonidos. Armonizamos nuestro entorno. Jugamos a bolas criollas, al dominó. Componemos sinfonías, inventamos historias paralelas, lloramos con los cinco sentidos cuando asistimos a la muerte de Tosca en la ópera homónima. Escuchamos a Shakespeare porque es tan nuestro como Cabrujas. Y distinguimos un “culo’e pulla” de la Octava sinfonía de Gustav Mahler.

 

Ahora que habla de Cabrujas, es interesante que la vuelta del Festival Internacional de Teatro de Caracas, después de seis años de ausencia, inicie su temporada con El día que me quieras. ¿Es, además de un tributo a Cabrujas, un comentario sobre el momento que vive el país? 

En primer lugar, los organizadores del FITC quisieron hacer un homenaje al icono de la cultura nacional que es José Ignacio Cabrujas, un hombre que fue de izquierda en los tiempos democráticos. El día que me quieras es un sainete, o un neosainete, que hace un guiño a la obra de Rafael Guinand[3], dramaturgo que tuvo que recurrir a la comedia en los tiempos de Juan Vicente Gómez, cuando no existía ninguna libertad –y mucho menos existía el teatro público porque aquello era el primitivismo de la selva–. La comicidad es la forma de llegarle al público, para que se sienta identificado. En segundo lugar, esta obra ofrece la visión del fracaso del comunismo, vista por un hombre justamente de izquierdas. Eso es un golpe mucho más fuerte para la sociedad hoy en día que cuando se estrenó esa obra en 1979.

 

¿Ha sabido la dramaturgia nacional interpretar el momento que vive el país?

Creo que sí. El teatro siempre se mueve entre la identificación, la representación y la transculturización, que son los aspectos que señalaba anteriormente. Incluso el teatro aparentemente frívolo y cargado de humor está retratando lo que somos. En 2011, por ejemplo, se estrenaron varias piezas que hacían de espejo de nuestra realidad. Una de estas era Diógenes y las camisas voladoras. Ibsen Martínez tenía en cartelera dos obras. Una era Petroleros suicidas, que tiene como telón de fondo el paro petrolero de 2002, y Como vaya viniendo vamos viendo, en la que revive a Eudomar Santos, un personaje de la telenovela Por estas calles. Ambas hablan del país, aunque la primera tenía cierta densidad y la otra tenía un tono de ligereza, cuyo género no debemos despreciar.

 

¿Qué asuntos son más urgentes para resolver en el teatro?

La dramaturgia debe crear la caja de resonancia con el país. Venezuela necesita del teatro, aunque el pueblo pueda seguir sobreviviendo sin él –tranquilo, bebiendo cerveza, puede esperar su muerte. Doble muerte: la del teatro y la del ser nacional–. A medida que se aleje el ser nacional del teatro, más cerca estará del reino animal. El teatro está para hacer y hacerse preguntas, pues como la poesía o la filosofía, no resuelve nada. Al hacerse preguntas se convierte en otro problema y es sumamente incómodo para el poder.

 

¿Qué medidas son necesarias para consolidar un aparato cultural en el país?       

La cultura no puede entenderse como una simple extensión de las Bellas Artes, sino como una construcción de la comunidad humana desde sus raíces. Debe huir del genocidio de la ética de la masa, que solo está presta a la destrucción del ser individual en la nación. Partiendo de esta hipótesis, el ente político tiene que elevar un fuerte poder público que motive la libertad de expresión en todos sus ángulos constructivos. En un Estado laico, el mecenazgo social hacia lo público parte de la distribución humanista del consumo del ocio en contraparte al trabajo de construir una entidad sociopolítica-administrativa. Un Estado consciente de arte y parte. Del equilibrio de las partes en concordia con el Estado. El teatro, el arte, la cultura, son públicas, luego políticas, por eso es deber de Estado privilegiarlas, porque estamos hablando de las primeras necesidades éticas. Una ética de concordia donde el Estado no es gobierno ni partido de gobierno ni politburó militarista ni mucho menos el Proletkult[4] de una élite que piense por el individuo o crea ser el intérprete ungido por una deidad olímpica. El Estado somos todos y todos debemos ser beneficiados por la distribución, promoción y consumo de la cultura de la cual somos, reitero con el juego de palabras, arte y parte. Le tengo terror a los ministerios de Cultura, pero deben existir por encima en la primera línea de esa mentada reingeniería de identidad a la que nos debemos abocar en las próximas décadas para reconstruir el Paraíso Perdido, que no será más que el Nuevo Paraíso ganado por nuestro empecinamiento en re-inventarnos generacionalmente. 

 

 

 

 

 

Estos textos forman parte del libro Álbum de familia. Conversaciones sobre nuestra identidad cultural, que acaba de publicar en Venezuela la editorial Alfa. El libro se puede adquirir aquí. La editorial Alfa tiene previsto empezar a comercializar en breve sus libros en formato e-book, incluyendo Álbum de familia.

 

 

Michelle Roche Rodríguez es periodista. Este es su blog

 

 

 

Notas


 

[1] Tan exitosas fueron las presentaciones en el Teatro Escena 8 de esta obra, que se tuvieron que abrir varias funciones más para satisfacer la demanda. «Ciertamente que el Wilde que ofrece no surgió solamente de las semanas de ensayos previas al estreno, sino del conocimiento que este tenía del escritor inglés y, en general, de la historia del arte», se lee en El Nacional la semana después del estreno. González, J.A. (22 de junio de 2010). FORO DEL LUNES. Javier Vidal: «El arte arropado por el gobierno termina produciendo obras bastardas». Sección Escenas, p. 4.

 

[2] Si el personaje de Wilde consagró a Vidal, fue el de Escalante el que representa su convicción de la necesidad de que en Venezuela se acabe la vocación caudillista. Parado bajo una luz cenital, en una sala donde casi todo estaba oscuro, al primer civil en décadas que iba a regir el destino del país se le escuchó decir: «Todo estaba listo. Más que listo, listísimo. Sería el último emperador de la transición (…) ¡Qué buena vaina les eché! (…) los militares son todos unos golpistas y conspiradores. La conspiración en los militares es como el amarillo en Van Gogh: una constante». Vidal Paradas, J. (2011). Diógenes y las camisas voladoras. Caracas: Editorial Melvin.

 

[3] Rafael Guinand (1881-1957) creó la compañía teatral Puértolas-Guinand y tenía una columna en el diario El Sol, titulada «Tirabeque y Pelegrín». También escribió su poemario La farándula bohemia, que fue ampliamente difundido en la década de los años sesenta a través de la colección sobre el teatro venezolano del Círculo Musical, empresa de Aldemaro Romero. Fue famoso por sus personajes cómicos y por escribir varios sainetes con los que disfrazaba de comicidad su crítica al régimen dictatorial de Juan Vicente Gómez. Entre estos sainetes se encuentran El rompimiento y Yo también soy candidato. Ortiz Guinand, E. (7 de junio de 2006). ExtemForáneo. Tomado el 11 de marzo de 2012 de Breve Bosquejo biográfico de mi abuelo Rafael Guinand: http://extempforaneo.net/wordpress/raices/mi-abuelo-rafael-guinand/breve-bosquejo-biografico-de-rafael-guinand

 

[4] Palabra rusa que se usaba en la época de la Unión Soviética para señalar a la cultura del pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Autor: Michelle Roche Rodríguez