Viajes durante la pandemia. Historias de quienes ya volvieron a recorrer el mundo

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Con los dedos en forma de pinza, Daniela coge el bastoncillo y piensa: “Espero no equivocarme”. Se mira al espejo e introduce el hisopo hasta el fondo de su nariz, tal como había leído previamente en las instrucciones. Una lágrima se le escapa, precipitándose por su mejilla izquierda. “¿Viste la película Contagio?, que también es como una pandemia, era un poco así”, cuenta ahora, aclarando que este autotest de PCR tuvo lugar en el NHS de Edimburgo (siglas del Servicio Nacional de Salud local), en noviembre de 2020. Pero antes de ello, Daniela ya había pasado por lugares tan distintos como Marruecos y Albania. Desde julio de ese año, cuando se abrieron las fronteras en Europa, ella ya estuvo en, al menos, seis países.

Aunque no sea el único, el caso de la chilena Daniela Aramayo no deja de ser peculiar, si se tiene en cuenta que en el 2020 el turismo global se desplomó como las Torres Gemelas. Según la Organización Mundial del Turismo (OMT), a lo largo del año, hubo una caída del 74% de las llegadas internacionales en todo el mundo. Estados Unidos, España, Francia, Tailandia y Alemania –en este orden– fueron los países que dejaron de percibir los mayores volúmenes de ingresos por turismo extranjero. En la cola de ese ranking, las pérdidas de Argentina tampoco fueron insignificantes: 3.449 millones de dólares. Además, “la crisis ha puesto en riesgo entre 100 y 120 millones de empleos turísticos directos” en todo el mundo.

Estudios realizados por diferentes empresas revelaron que, en la mayoría de los casos, las preocupaciones de los viajeros superaron las ganas de hacer el equipaje y partir. En encuesta publicada en octubre por la plataforma Booking, por ejemplo, el 53% de los participantes dijo que no se sentirían cómodos de viajar antes de que hubiera una vacuna contra el coronavirus, el 59% dijo que iba a pasar a evitar ciertos destinos y el 46% que iba a evitar utilizar el transporte público en nuevos viajes. En otra encuesta, publicada en noviembre por la consultoría Accenture, el 58% dijo que todavía no tenía confianza en viajar en avión, al 47% le faltaba confianza en alojarse en un hotel, mientras el 42% no lo tenía en alquilar un coche.

Sin embargo, desde que es mínimamente posible, hay quienes ya han vuelto a viajar.

 

Lucía y Aníbal: investigadores de culturas olvidadas

“El hombre no puede descubrir nuevos océanos
a menos que tenga el coraje de perder de vista la costa”
André Gide

Lucía Madrid Echave, vaya donde vaya, lleva su ciudad natal en su apellido. Ella tiene el pelo largo como su sonrisa, y un lado de la cabeza rapada. Es enfermera y estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Autónoma de Barcelona. Tras diplomarse en el máster, a finales del 2019, su plan era irse de viaje con su novio, Aníbal Bueno –fotoperiodista, ingeniero informático y director de agencia de viajes–, a documentar realidades sociales africanas y asiáticas. Con ese objetivo, volvió a ejercer, por unos meses, la profesión que ya había practicado durante once años. Fue ahí que el coronavirus le sorprendió.

—Fui la primera enfermera del hospital donde estaba trabajando que recibió a un paciente de covid en mi unidad, la UCI –dice Lucía–. Venía muy grave ya y fueron momentos de mucho estrés, miedo y niveles de adrenalina disparados. Tras el primer paciente, llegaron muchos más, pero tuvimos que bloquear las emociones y convertirnos en enfermeras de guerra.

Debido a la pandemia, los planes de Lucía y Aníbal –así como los de millares de personas por todo el mundo– tuvieron que cambiar. Pero no los descartaron del todo, sino que más bien los aplazaron. El viaje, programado para mayo, empezó en octubre, por Benín. De ahí siguieron a Sudán del Sur, después a Uganda, Etiopía, Tanzania, Guinea Bissau y Mauritania.

Aníbal y Lucía en Zuérate, Mauritania. Foto: Aníbal Bueno

—En todos los países que hemos visitado (menos en Tanzania) nos han pedido un test PCR para la entrada de forma obligatoria. De hecho, el único país en el que no hemos notado ningún cambio ha sido en Tanzania. La gestión del Gobierno frente al coronavirus ha sido nula, no se han tomado medidas preventivas en todo el país. Ahora bien, en otros sitios hemos llegado a ver, incluso, personas de grupos étnicos africanos muy aislados, que viven en la montaña, alejados de otras poblaciones cercanas, que portaban mascarilla.

El 17 de marzo de este año, el presidente de Tanzania, John Magufuli, falleció –según informe oficial– a consecuencia de problemas cardíacos, aunque hubo sospechas de que el líder estaba contagiado de covid.

Lucía añade que, incluso en aquellos países donde había control, no siempre los procedimientos se realizaban de la manera correcta:

—Hay algunas anécdotas curiosas con respecto a este tema, por ejemplo, algunas muestras que nos han sacado han sido frotando el hisopo contra una muela o en la lengua, cuando la obtención de la muestra debería ser nasofaríngea –cuenta la madrileña–.

—¿Y no tuvisteis miedo por el covid?

—Tras haber vivido todo lo que pasó en el hospital e incluso haber pasado el covid en mi propio cuerpo (porque Aníbal y yo ya pasamos el coronavirus, aunque casi asintomáticos), he tomado mucha conciencia de lo que significa esta pandemia, pero ya ese miedo a lo desconocido no existe; existe mucho respeto, eso sí. Ahora bien, nos preocupamos más por la posibilidad de coger malaria (a pesar de tomar la profilaxis), dengue o tener alguna intoxicación alimentaria.

Al revés de eso, el viaje le reservó a Lucía una buena sorpresa: el 12 de noviembre, Aníbal le pidió matrimonio en un cattle camp del grupo étnico mundari.

—Me pareció la pedida de mano más original del mundo: en medio de cientos de ankole-watusi (las vacas de los mundari) con cuernos enormes y un humo continuo inundando el paisaje. Creo que no hay un lugar más idílico para quien me conozca un poco. Jajaja –se sonríe Lucía, animalista confesa–.

 

Gisele: la responsabilidad de ser figura pública

La reportera brasileña Gisele Rodrigues fue compañera de máster de Lucía. El 5 de marzo de 2020, tras un año de estudios, volvió a su ciudad natal, Pindamonhangaba, interior de São Paulo, para visitar a su familia, dejando gran parte de sus cosas en Barcelona, donde tenía intención de seguir viviendo. “Desafortunadamente, una semana después, todas las fronteras fueron cerradas”, cuenta Gisele.

Así que, hasta agosto, Gisele permaneció en la casa de sus padres, siguiendo unas normas de distanciamiento social que le eran dictadas más por su propia conciencia que por el Gobierno de su país. Sin embargo, desde septiembre de 2020, la brasileña ya viajó por más de una decena de ciudades.

—En septiembre surgió una invitación para que yo y otros productores de contenido de viaje que estamos suscritos en la plataforma de voluntariado Worldpackers fuéramos a confinarnos en una casa, en Iguaba Grande, en el estado de Río de Janeiro, para que pudiéramos seguir trabajando online como ya hacemos, pero juntos.

Gisele trabajando en un hostal de Ilhabela, SP, Brasil. Foto: @mundopraviver

De ahí, Gisele se fue a Arraial do Cabo y a Cabo Frío –dos ciudades cercanas y bastante turísticas, en la región de los lagos en Río–, después, pasó dos meses viviendo en un hostal en la capital de São Paulo. En ese tiempo hizo también una escapada hasta la capital de Río de Janeiro en algún fin de semana. Enseguida se fue a Ilhabela utilizando una aplicación de aventones llamada BlaBlaCar.

—Arraial do Cabo fue el primer destino que me dejó impresionada por la falta de protocolo sanitario –cuenta Gisele–. Era septiembre y las personas iban tranquilamente por las calles sin mascarilla. Después, pasó lo mismo en la capital de Río, donde había mucha aglomeración además, mucha gente en los bares, en los restaurantes…

—¿Y para desplazarse entre esos sitios, cómo fue?

—La mayoría de los viajes los hice en autobús. En ningún momento me pidieron ningún tipo de test, tampoco había alcohol en gel disponible. Así que la única exigencia era utilizar mascarilla. Además, el autobús de Cabo Frío a São Paulo estaba súper lleno. Y es que no había ninguna regla de aforo máximo ni ningún intento de alejar a las personas unas de las otras. Ahora bien, en los hostales en los que me quedé sí que había más precauciones. Asimismo, en Ilhabela, yo hice un paseo con guías turísticos locales quienes tomaron todas las medidas de seguridad.

Tras esos viajes por la región Sureste de Brasil, la reportera e influenciadora digital siguió rumbo al Noreste. Estuvo en Arraial d’Ajuda, Itacaré, Caraíva, Porto Seguro, Trancoso y también en Jalapão.

Según Gisele, el hecho de tener un blog de viajes (@mundopraviver) –con más de veinte mil seguidores solo en Instagram– le abre muchas puertas al momento de hacer todos esos recorridos. A la vez, la brasileña se preocupa de lo que piensa su público acerca de su comportamiento frente a la pandemia.

Ella cuenta que, en septiembre –cuando Brasil ya había superado los cien mil decesos por covid-19 y ella decidió hacer su primer viaje en plena pandemia–, “veía en las redes sociales que nadie estaba saliendo de casa”.

—Yo tenía miedo de mis acciones porque, aunque el blog sea mío y la vida sea mía, hoy yo soy una persona pública, una figura pública para otras personas. Y en aquel entonces yo estaba siendo una de las primeras en salir de casa, así que podía realmente sufrir un juicio moral por parte de la sociedad y principalmente por parte de las personas que me siguen.

“Todas las desgracias proceden de que la gente
no sabe permanecer en reposo en una habitación”
Blaise Pascal

 

Daniela: intentando volver a casa o casi

La chilena Daniela Aramayo en Marruecos. Foto: @dani.aramayo

Al igual que Gisele, la chilena Daniela Aramayo también está suscrita en una plataforma de voluntariado –WorkAway–, lo que le permitió trabajar en un hostal croata desde los primeros días del 2020, cambiando su hospedaje por servicios turísticos o de limpieza.

En marzo de ese año, cuando quiso volver a Barcelona –donde estaban sus pertenencias– tuvo que enfrentarse ya al primer reto que el covid-19 le plantearía. Con el cierre de las fronteras italianas, tuvo que cambiar los pasajes ya comprados, para dar la vuelta pasando por Suiza.

Aún así, Daniela no se atemorizó. Decidida a apechugar, como se dice en Chile, aceptó otra vacante de voluntariado en un ecolodge marroquí, en la región de Essaouira, en la costa. “Ahí llegué creo que el 9 de marzo y como el 13 cerraron todo”, dice la chilena.

“La vida es lo que hacemos de ella.
Los viajes son los viajeros”
Fernando Pessoa

Estuvo en Marruecos hasta julio. Durante un mes trabajó en ese ecolodge, pero luego se cambió a otro hostal que se estaba construyendo, porque ahí estaba Jack, un australiano que había conocido en Croacia y ahora es su pololo (modismo chileno que significa novio). En cuanto empezaron los rumores de que las fronteras podrían abrirse en verano, los dos decidieron moverse. Se fueron a Chefchaouen, cerca de Tánger, con la esperanza de poder pasar en ferry a Gibraltar, lo que no llegó a concretarse.

—Y ahí fue como: ‘ya, esto no va a pasar’. Empezaron a cancelarse los vuelos. Entonces ahí fue más complicado. Así que empecé a investigar dónde se podía ir –utilizando sobre todo el mapa de restricciones de IATA–, y mientras investigaba yo mandaba también mensajes de voluntariado. Y me contestaron de Albania. Creo que fue el único que me contestó. Y para entrar en el país no nos pedían nada, ni PCR ni nada.

Tras la cancelación del primer vuelo que habían comprado para llegar a los Balcanes, Daniela descubrió que solo podrían pasar por Turquía, donde tampoco les hacían ninguna exigencia para entrar. En Estambul estuvo tres días, luego tomó un vuelo a Tirana y de ahí un autobús a Berat, donde está el complejo turístico donde iban a trabajar.

—En Albania no existía el corona, o sea, de existir existía, pero no se hablaba, no tenía registro, no se hacían tests. Ni mascarilla, ni alcohol gel, ni nada. Yo lo único que vi y que usé también la mascarilla fue en el transporte público. Y una vez cuando fuimos a la capital, fuimos al shopping, la única vez, pero si no, nada. Lo que decían era que no se podían permitir no trabajar.

Aún así eran pocos los viajeros que llegaban al complejo turístico de Berat, por lo que no hacían falta tantos voluntarios –“éramos diez en total: ocho argentinos, yo y Jack”– y hasta septiembre, cuando el dueño les pidió que se fueran. Otra vez, Daniela se puso, pues, a buscar dónde podrían irse.

—Como estamos en pareja también todo se hace más complicado de movernos de lugar en lugar. Porque no somos los dos chilenos ni los dos australianos. Ahora bien, mi idea siempre fue llegar a España, llegar a España, llegar a España, que era donde estaban mis cosas. Y el objetivo de todos esos viajes también fue sobrevivir un poco, hacer un poco de plata y estar juntos, mientras intentábamos acercarnos más a España.

De Albania la pareja se dirigió, entonces, rumbo a la capital escocesa. Para ese viaje tampoco les pidieron el PCR. “Lo único era la cuarentena, que por suerte no fue paga, porque Jack tiene un pariente que tiene una casa en Middlesbrough (noreste de Inglaterra) donde no estaba viviendo nadie”, cuenta la chilena. Sin embargo, tan pronto llegaron al hostal donde iban a trabajar, en Edimburgo, una de las voluntarias se contagió de covid-19. Era la segunda ola de la enfermedad en Europa, y todo se cerró otra vez.

Fue ahí, en la capital escocesa, en una especie de estadio todo dividido en cubículos, que Daniela y Jack tuvieron que hacerse la PCR ellos mismos, antes de finalmente conseguir tomar un vuelo a España.

Aunque ambos dieron negativo, la chilena temió que no les aceptasen la prueba por haber sido hecha en una institución pública, pero cuenta que, al final, solo tuvieron que rellenar un formulario diciendo que habían hecho el test.

—Y ahí solo nos pidieron el formulario. Ni nos miraron antes de estamparnos. No sé si es porque entramos por Lanzarote.

Pasados dos meses de su nueva estancia en Barcelona y recogidas todas sus pertenencias, la pareja se fue a Chile. “Este fue el viaje más eficiente en cuanto a control contra el covid”, afirma Daniela, añadiendo que les pidieron las PCR antes de salir de España y otra vez en Chile, además de un formulario con varias cuestiones de salud y de la exigencia que hicieran cuarentena en su llegada.

 

Tainá y Thiago: ‘road trip’ en tiempos de pandemia

Por sus variadas expresiones faciales y corporales ya se percibe: Tainá Baldez es actriz. Pero dice que antes de entenderse a sí misma como artista, se ve como parte de un todo, de su familia. “Yo soy porque nosotros somos y es por ellos que yo quiero ser mejor cada día”, afirma la brasileña, nacida en la capital federal.

Aún así, desde diciembre de 2020, Tainá está lejos de casa, viajando con su novio, el carioca Thiago Conceição –productor audiovisual–, a bordo de una Volkswagen Kombi transformada en autocaravana. La casa rodante hasta tiene nombre: Penélope.

“Tú estás hoy donde tus pensamientos te trajeron,
y estarás mañana donde tus pensamientos te lleven”
James Allen

—Desde marzo del año pasado yo estaba sin trabajar en lo que amo –que es el teatro–, sin posibilidad de hacer una de las cosas que más me gusta –que es viajar–, y angustiada con el futuro. Además, el aislamiento social nos obligó a quedar lejos de aquellos que queremos. Y la pandemia nos mostró una vez más la finitud de la vida. En medio de todo eso, el planeamiento de esa aventura me llenó de esperanza.

—¿No tuvisteis miedo a contagiaros o a propagar la enfermedad?

—Thiago y yo pasamos ya por el virus en el inicio de la pandemia y sabemos cómo es de peligroso. Así que todo cuidado es bienvenido. Entonces, lo que más hay en Penélope son mascarillas y alcohol gel.

El vehículo cuenta además con un panel solar, una caja de agua de ochenta litros, un frigobar, un fogón de dos bocas, un grifo, un sofá-cama y un climatizador, por lo que la brasileña comenta: “La autocaravana nos permite estar más aislados, lo que nos da más seguridad, por estar al aire libre, sin aglomeraciones. En el estudio donde vivíamos antes, cogiendo el ascensor y haciendo compras en el mercado cada semana, nos sentíamos mucho más expuestos que en la carretera, donde estamos solo los dos”.

Tainá, Thiago y Penélope. Foto: Rafaella Costa

La intención de la pareja es recorrer todos los estados de Brasil, pero desde que salieron de Brasilia, en la Navidad de 2020, han permanecido en Bahía –estado de la región Noreste que es uno de los más extensos y turísticos del país–, ya habiendo pasado, eso sí, por ocho diferentes ciudades: Prado, Cumuruxatiba, Corumbau, Caraíva, Comandatuba, Arraial d’Ajuda, Trancoso y Porto Seguro.

Respecto al control de la pandemia en esos lugares, Tainá comenta que la mayoría de la población local suele llevar mascarilla, sin embargo, muchos de los turistas no lo hacen. Asimismo –en abril, en un momento en que Brasil registraba más de tres mil muertes por covid-19 cada día–, aunque se hablase en lockdown, lo que había de hecho era solo el toque de queda.

—El comercio respeta el toque de queda y hay alcohol gel en casi todos los establecimientos. Pero el lockdown es relativo, porque el aeropuerto sigue abierto, la estación de buses sigue abierta… Y es que las personas tienen que trabajar porque ya no tienen auxilio del Gobierno, no hay disminución de impuestos… Para muchos quedarse en casa no es una opción. Hay gente pasando hambre.

Conscientes de ello, Tainá y Thiago, además de producir contenidos audiovisuales durante el viaje, para su mantenimiento –divulgando sitios de hostelería y de restauración, así como su propio proyecto en las redes sociales de @estradapraquetequero– también asumieron un compromiso social, que empezó a ser llevado a cabo antes mismo de empezar el viaje, con la recaudación de alimentos y juegos que fueron llevados en la PenéNoel para distribución en una comunidad necesitada cercana a Brasilia.

—La idea también es presentarme en plazas, parques, donde pueda; pasar el sombrero y recaudar alimentos para entregar a quienes necesiten.

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En la opinión de los empresarios del turismo, el movimiento del sector va a tardar a volver a los niveles anteriores a la pandemia. El hecho de que un tercio de los destinos de viaje del mundo estuvieran, en febrero de este año, totalmente cerrados a los viajeros internacionales parece confirmar esa expectativa.

Los ejemplos de Lucía y Aníbal, de la chilena Daniela Aramayo y de los brasileños Gisele, Tainá y Thiago –aunque no tengan la intención de representar ningún grupo en particular– representan, eso sí, excepciones. En el 2020, viajar se convirtió en una excepción (y no solamente para quien nunca tuvo condiciones de hacerlo).

Cabe decir además que no se debe tomar esos ejemplos (ni la idea de viajar) como algo a la ligera. Al fin y al cabo, la pandemia de coronavirus sigue cobrando miles de vidas cada día. Además, aunque la vacunación ya haya empezado, la imunización ocurre en ritmo lento a nivel mundial y, en la opinión de muchos virólogos, bajar la guardia ahora puede tener resultados catastróficos. Así que, viajar puede ser riesgoso tanto para los viajeros como para quienes tienen contacto directo o indirecto con ellos. Por lo que, a aquellos que piensan hacerlo se les recomienda seguir todos los protocolos de seguridad para evitar riesgos.

A su vez, algunas aerolíneas ya están retomando rutas que no estaban operativas, como hizo la gigante TUI respecto a sus conexiones con Mallorca. Algunos sitios –como es el caso de Malta– ya anuncian, incluso, que van a pagar unos cientos de euros a los turistas que hagan reservas para el verano. Asimismo, es creciente el número de países que requiere pruebas de antígenos o PCR negativa de los viajeros internacionales. En Europa ya empiezan también a plantear la exigencia de un pasaporte sanitario.

La bestia mutante –como dijo cierta vez Carolina Reymúndez respecto a la industria del turismo– yació por un tiempo en el suelo, pero ya da señales de que no está herida de muerte. Y puede que el accidente no cambie mucho su aspecto. Como ya había pronosticado el periodista español Pere Ortín, director de Altaïr Magazine, en una charla que tuvimos el año pasado:

—La industria del turismo lleva muchos años, desde mi punto de vista, necesitando cambiar muchííísimas cosas. Pero no sé si las va a cambiar después de la pandemia, más allá de las necesidades específicas. Y si vamos a cambiar alguna cosa, igual, no necesariamente es para bien, ¿no?

Actualmente ya se habla incluso sobre el turismo de venganza –una especie de ansia viajera sin medida desencadenada por el tiempo de encierro–. En China, por ejemplo, las reservas hoteleras aumentaron un 1.500% tras la etapa más dura del confinamiento.

Ahora bien, que la industria del turismo no cambie su esencia a pesar de los golpes que recibió no quiere decir que nosotros no vayamos a cambiar nuestra forma de viajar, de descubrir al mundo y a los otros. ¿Lo haremos?

¿Lograrán las mascarillas que nos miremos más a los ojos? ¿O vamos a seguir ocultándonos tras otras innumerables máscaras? ¿El temor al virus va a alejarnos de las atracciones multitudinarias y acercarnos más a lo que es esencial en cada lugar? ¿O seguiremos buscando más selfies que buenos momentos? ¿El ansia de viajar con seguridad nos llevará a destinos menos populares? ¿O seguiremos yendo a París, Roma, Nueva York, Barcelona? ¿El tiempo que pasamos lejos los unos de los otros hará que nos busquemos más los otros a los unos? ¿O nos acostumbraremos a estar conectados solamente a través de una pantalla?

Yo, la verdad, no sé qué es mayor: si mis dudas o mi ganas de volver a viajar.

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