Vigilancia a la carta

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Todo lo que no se limite a repetir modelos ya reconocidos, tendrá (no sólo en España) un acceso muy difícil a la “clave mediática”. Ésta se alimenta de la repetición de lo mismo, o del escándalo, o de un modo u otro de “terrorismo”… que acabará engordando el tedio de lo mismo. Lo que no sea ni una cosa ni otra, ni terrorismo mayoritario ni terrorismo minoritario, sino algo original con raíces, lo tiene crudo. Lamento parecer pesimista, pues no lo soy. Simplemente, creo en el poder de las afueras, en la fuerza de lo que surge en un exterior sin cobertura.

 

1) Elena Cabrera (Eldiario.es). Cuando parece que el 15M había canalizado las protestas por vías de consenso y masa crítica, surge una protesta individualizada y no representativa sobre, digamos, las brasas de ese mismo 15M. ¿Cómo interpretas esto?, ¿tiene sentido, es una reacción, es un cambio estratégico?

 

A distancia, interpreto como algo bueno esta “protesta individualizada”, esa huelga de hambre en la Puerta del Sol, de la que conozco muy poco. Lo del consenso y la masa crítica nunca me inspiró mucha confianza. No es que sea partidario de la “violencia”, pero sí de una fuerza inclusiva, de la energía de una decisión que rompe con el automatismo. Y esto último puede muy bien comenzar por la decisión personal, ética y política, de unos pocos. No todo, pero buena parte de lo que ha pasado a la historia, en el terreno de la política o de la música, comenzó con una ruptura minoritaria del consenso, a veces también bajo el consenso cristalizado en las minorías reconocidas. De alguna manera, a pesar de la crispación reinante, se podría decir que en España sobra consenso, por la derecha y por la izquierda. Así que este fenómeno parcial de Sol me suena bien, aunque no creo que se corresponda con ningún cambio estratégico de la situación. La izquierda, por principio, es en nuestra bendita nación bastante conductista, obediente a las consignas tradicionales establecidas. Se pasa la vida interactuando en la prisión estímulo-respuesta. Creo que debemos entender la palabra redes vinculada al término “piscifactoría”. Si el 15M surgió fue a pesar de las redes, aunque no sé si ahora el movimiento está “enredado”.

 

2) Desde algunos sectores muy visibles del activismo se apoya la resistencia pasiva pero se critica mucho el uso de estrategias que en verdad consideran violentas, de violencia hacia uno mismo. ¿Qué opinas al respecto? ¿Qué posibilidad de éxito tiene una acción como la de la huelga de hambre en Sol?

 

Siempre que se toma una decisión, que es ética antes que política, alguien pone el cuerpo, lo arriesga. ¿Qué es “violencia hacia uno mismo”? Atreverse a estar a solas con una cuestión, con un problema o con una humillación; atreverse a interrumpir el estruendo de la comunicación y decidir desde ahí (desde una “vacuola de no comunicación, dice Deleuze), ya es algo violento para esta aburrida media aritmética de la política y la democracia. No se puede tomar una decisión sin ejercer una “violencia contra sí mismo”, contra lo más inerte y obediente de uno mismo. Todo lo que no sea romper con la “sociodependecia” que nos paraliza es perpetuar el estancamiento. Y perpetuar también, por cierto, el imperio de la información sobre el pensamiento (de la comunicación sobre lo que se llamaba sentir) algo que me parece funesto si queremos que de vez en cuando ocurra algo nuevo. Creo que faltan decisiones porque sobran conexiones; esto último ha desactivado a lo primero. Ahora bien, ahora mismo no tengo ni idea sobre el impacto real, en el orden masivo de lo visible, que puede tener esa huelga de hambre u otras iniciativas minoritarias. Pero no hay que ceder ante la coacción mediática de lo visible. Para que el mundo sea respirable, a veces basta con que una vida cambie su relación con la vida. Como decía Joyce, “las revoluciones que rehacen el mundo comienzan por la visiones de un campesino en la ladera”.

 

3) De éxito en clave mediática no podemos hablar, pues durante los primeros 30 días de huelga los medios no han amplificado esta noticia. ¿En cambio, otros gestos más performativos, como el de Pavlenski en Moscú, sí consiguen lo que buscan?

 

El impacto en los medios es un arma de triple filo. En principio, si hay una acción, una decisión nueva bajo el sol, es al margen del dominio informativo. Éste no tiene ojos para lo que ocurre “un día cualquiera en un barrio cualquiera”; desde esa ceguera, no hace más que prensar el mundo. Algo realmente nuevo que ocurra será, por esa misma razón, invisible para una mediación que vive de sí misma, en el circuito cerrado de una realidad perpetuamente subtitulada. Otra cosa es que, una vez que algo distinto se ha puesto en marcha fuera de la cultural consensual que nos retiene, procurar que ese evento salga del agujero de clandestinidad con el que el poder político y periodístico (dos caras de la misma moneda) condenan a lo que no tiene precedentes. Todo lo que no se limite a repetir modelos ya reconocidos, tendrá (no sólo en España) un acceso muy difícil a la “clave mediática”. Ésta se alimenta de la repetición de lo mismo, o del escándalo, o de un modo u otro de “terrorismo”… que acabará engordando el tedio de lo mismo. Lo que no sea ni una cosa ni otra, ni terrorismo mayoritario ni terrorismo minoritario, sino algo original con raíces, lo tiene crudo. Lamento parecer pesimista, pues no lo soy. Simplemente, creo en el poder de las afueras, en la fuerza de lo que surge en un exterior sin cobertura.

 

4) Suicidios o bonzos, que se han producido también en España aisladamente, también han usado el cuerpo de forma violenta para llamar la atención sobre la desesperación vital provocada por la asfixia económica. ¿Tienen en España estos actos la capacidad de prender revoluciones, a la manera de Bouazizi en Túnez?

 

Lo de Túnez fue otra historia, por muchos motivos, pero desconfío de iniciativas espectaculares para cambiar a fondo las cosas. Gritar en un parlamento con el pecho al aire “El aborto es sagrado”, ¿puede “cambiar las cosas”? No me parece mal, que conste, pero pienso que se trata solamente de una publicidad alternativa. Además, lamento insistir en ello, la población en España es muy dócil, muy habituada a obedecer, sean unas consignas u otras. Es difícil que una protesta a lo “bonzo” (creo que en España ya se han producido, y han sido silenciadas) arraigue en un cuerpo social que, a pesar del nivel sangriento de paro y precariedad económica, tiene al parecer bastante que perder. Ahora bien, no tengo absolutamente ninguna razón moral o política, todo lo contrario, para que la desesperación de la gente busque sus formas de expresión directa, legales o no, por incómodas que sean para los espectadores.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.