Visita a Larra con Vila-Matas – La generación del 89

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Fuimos a ver a Larra, no sé cuántos éramos, unos cuantos. Ocho exactamente. Llegamos al cementerio de San Justo atravesando el calor. La idea era dar por iniciada y finalizada nuestra generación, la del 89 (elegimos ese año por haber nacido todos en torno a la caída del Muro y el último Nobel a un escritor español, también por darle la vuelta al número 98 y desaparecer ligeramente después).

Habíamos leído en algún texto que Azorín, Baroja y sus amigos (siete exactamente, contando también a Camilo Barquieta) fueron a verle en 1901 vestidos de luto y cubiertos con sombreros de copa.

Preguntamos por Larra al entrar, un sepulturero nos dijo que la segunda a la izquierda, subid unas escaleras o rampa, luego a mano derecha, veréis un ilustre, ínclito y español espacio medio circular, ahí.

Llegamos bien y ocho, juntos.

Sacamos Dublinesca (E. Vila-Matas, 2010; nuestro libro de referencia en julio de 2020) de la mochila y leímos una frase en alto muy seleccionada para el momento, cita exacta:

«Está seguro de que tarde o temprano Nietzsky tendrá ideas para las esquinas, y le dirá, por ejemplo, dónde celebrarlas.»

—¡Eh! ¿No es exequias en vez de esquinas?

—No lo tengo muy claro, consultemos el original.

—Yo tengo varios.

—Exequias, efectivamente.

—¿Qué leches es eso de exequias?

—En mi ejemplar leo esquinas, loco.

—¿Equinas, caballas de mar?

—Necesitamos ver las letras más de cerca, el sol directo las encoge.

—En nuestra copia de Dublinesca las os y las oes se han hecho puntos gordos.

—¡Joder!

—¡La madre del cordero!

Después del incidente de las letras y de hacernos una fotografía junto a la tumba de Larra (enterrado junto a Gómez de la Serna) y el libro de V. Matas decidimos ver qué había detrás, porque estábamos a punto de irnos y dar por concluida e iniciada la g. del 89, así como esta frase tan largirucha y vericueta.

Queríamos que nunca acabara, siempre vericuetear.

—Quizás deberíamos acabar nuestra generación frente al recuerdo de los que están detrás de Larra.

—¿Quiénes son?

—Según leo, Carmen Lago y Antonio Redruello, doña y don.

—Serán nuestros maestros, ellos. Nuestra obra girará en torno a los lagos y los redruellos.

—¿Qué cojones es un lago?

—Lo del agua plana.

—Ah, sí.

—Además, la figura detrás de Larra y junto a los cipreses está descabezada.

—Justo lo que buscábamos.

—Desde luego.

Ya de vuelta a casa y después de echar un vistazo al cementerio-garaje comentamos:

—¿No creéis que la interpretación de nuestro acto de final e inicio es muy poco abierta?

—No lo creo, lo llevamos a cabo como lo sentimos, salió de dentro.

—Es vida y pura realidad.

—Nada de alegorías.

—Exacto.

—Muy poco literario.

—Creemos que ha quedado muy bien.

—Entonces cerremos definitivamente este diálogo entre ocho.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Y que otros, siete, ocho o nueve, hagan las exégesis.

—¿Las exequias?

—Ahora sí.


—Alguien le quitó las flores a Larra de la nariz de piedra.

—Es que eran de plástico.

—Muertas sin nacer.


Algo nervioso por esa aparición, Nietzky interviene con electricidad neurótica y, sin que nadie le haya dado entrada ni permiso, se pone a leer, muy veloz y en voz alta, el fragmento de Dublinesca donde se bendice el alma de Larra.

Lee con cierto apresuramiento y torpeza y añadiendo y eliminando muchas palabras de su propia cosecha y termina así:

El año entero… Encima de Lara ahora, sin una erre ahora… Encima de ella… Y encima de toda una época que muere… Nunca, jamás, nada. Nunca más Gutenberg, imprentas y tintas, palabras y letras formando palabras de izquierda a derecha, arriba, abajo. Buen viaje hacia la nada.

Más nada.

Úlise, J. J.

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