Vivir posando

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Desde que llegué a casa de Linda siento como si el mundo entero me mirara. Es cruzar el umbral de esa puerta que te recibe con un asombroso cartel que dice ‘bienvenidos’ escrito en letras grotescamente infantiles, y sentir, a la vez que me descalzo con habilidad de experta bailarina mientras me despojo de mi camiseta y pantalones

 

Desde que llegué a casa de Linda siento como si el mundo entero me mirara. Es cruzar el umbral de esa puerta que te recibe con un asombroso cartel que dice ‘bienvenidos’ escrito en letras grotescamente infantiles, y sentir, a la vez que me descalzo con habilidad de experta bailarina mientras me despojo de mi camiseta y pantalones, como un airecillo vicioso abraza mi cuerpo cuasi desnudo al que sólo le quedan unos calzoncillos en hermoso duelo con una Linda que aparte de estar siempre con los pechos al aire ha tomado la bonita costumbre –o es que los primeros días no me fijaba tanto– de desayunarse una copaza de Bushmills 10 años, un whisky de malta irlandés que ayuda a volverse a la cama con una pea tan memorable que el otro día la pillé envuelta en la sábana cual crepe y metida en la bañera, sin agua. De hecho creo que era la primera vez que no le veía las tetas, que debió ser esa la causa principal para que me fijara en ella y luego ya, recuperándome del mazazo, corroborar que algo extraño le había ocurrido. No sé, un suicidio o algo así. Pero nada más lejos de la realidad: fue golpearle la cabeza y descubrir que todo volvía a su mismo sitio, con la sábana desprendiéndose de su cuerpo sólo tocado por unas bragas desasosegantes y ese par de tetas balanceándose al mismísimo limbo. El aliento le olía a una extraña mezcla de alcohol fermentado, fosa séptica y perrete chico. Por un momento hasta dudé de si Linda debía volver a grabarse a sí misma en unas imágenes que sin duda alguna darían el salto del porno al sado.

 

Al saber dónde están las cámaras, deambulo por mi habitación posando, interpretando playbacks irrisorios donde hago como que elevo la voz cuando no es así, y saco músculo a la mínima, incluso cuando estoy pasando la página de un libro. La vida era esto: lo sabía. Disponemos de una oportunidad para ser observados y cambiamos de personalidad. ¿O era ésta mi manera de ser y realmente no lo sabía? Porque me estoy dejando la respiración cada vez que paso por el armario –la primera cámara está oculta tras el espejo de la puerta de la derecha–, me tumbo en la cama –otra está junto al foco que alumbra la habitación desde el techo– o me acercó a la ventana –donde la última está escondida tras el visillo que debo abrirlo antes de las grabaciones–, por querer superar la musculatura con la que cargo que aunque fuera mayor tampoco sería suficiente.

 

El otro día me afeité frente al espejo del ropero, poniendo perdido todo el suelo. ¡Hasta me corté! Y sólo por barruntar la posibilidad de que un ama de casa en Arkansas se estuviera bajando las imágenes con la idea de satisfacerse manualmente. Ponle a un humano una cámara –¡y ya no digo tres!– y verá como deja de parecerlo.

 

La primera inocente fue Deborah, una inglesa de armas tomar, con una carácter imposible de domar sobre todo si era ella la que abonaba. Lo de quedar en mi casa fue pan comido hasta que al entrar en ella se topó con las tetas de Linda, la cual cada vez me hace menos gracia. No sé, me planteo hasta dar un golpe de estado o proceder a una ampliación del capital social que la haga perder esa injusta autoridad que te da, sí o sí, la antigüedad. Porque cuando cumpla el mes marcharé a otro lugar más íntimo a no ser que facture con esto del sexo en internet tanto que acepte compartir piso con una tía que si me gusta tan poco no es por otro cosa sino porque parece un tío: bebe más que yo, ronca más que cuatro borrachos, y se comporta como un camionero en un club de alterne tras haberse dejado caer tras treinta horas de conducción ininterrumpida. De hecho, cuando Deborah cruzó el salón para meterse en mi habitación, sonó un eructo que me hizo perder los nervios y cerrar la puerta de un portazo. Y entonces mi clienta tomó la palabra.

 

No sé, no me siento cómoda. No vives sólo, esa tía está casi desnuda, además de que es una maleducada.

 

No te preocupes Deborah. Aquí dentro dispondremos de toda la intimidad que necesitemos.

 

 

Me puse algo nervioso cuando abrió el armario. Creo que hasta perdí el pulso. Por un momento estuve a punto de levantar los brazos y entregarme a un policía imaginario que por el mero hecho de defender la ley estaría cerrándose una ventana al vicio: la de acceder a un porno real que iba a convertir mi habitación en un Hollywood imaginario donde amas de casa atormentadas iban a interpretar diez veces mejor que Meryl Streep.

 

No tendrás cámaras, ¿no?

 

No tengo… pero no te creas que me importaría mucho que me grabaran.

 

Si yo me viera en internet practicando sexo me suicidaría.

 

 

Aquella frase me dolió tanto que me comenzó un dolor de cabeza interminable que cuando me quise dar cuenta me bajaba por el brazo izquierdo. Lamentablemente no era un ataque al corazón, sino un proceso nervioso por haber olisqueado el ingreso en prisión que afectó a la erección de tal manera que incluso sin haber probado gota de alcohol y cuando Deborah estaba de buen ver, tuve que echar mano del botiquín para meterme un sobre de Kamagra en gelatina que actúa de manera mucho más rápida que el Cialis. Aunque no debería incurrir en el error de ocultar que esa sustancia posee otro efecto indudable: te acelera el corazón hasta dígitos peligrosos.

 

Incluso con el miedo en el cuerpo por si Deborah pillaba las cámaras, me acerqué a la de la ventana, para mirando en un primerísimo plano, engullir el contenido de aquel sobre que a los cuatro minutos hizo un efecto perfecto. Deborah, que se desnudaba a trompicones, se sorprendió de tan majestuosa rigidez.

 

¿Tanto te pongo?

 

En general soy una máquina sexual.

 

 

El acto fue previsible: con Deborah llegando a su clímax a los seis minutos, y a raíz de ello, entrando en razón para corriendo como si se acercara un ciclón, salir despavorida tras haber mal tirado los 50 dólares encima de la mesilla de noche. Seis minutos más el inicio sumándole los créditos no iban a dar más que para un corto. Que a veces el pajillero necesita la evolución normal de unas imágenes a las que muy probablemente habría que añadir otras escenas para que no se quedaran cortas. Salí aún erecto cuando por primera vez en días Deborah parecía que trabajaba.

 

¿Qué haces?

 

Nada. Montando tu película. Menudo bodrio. La imagen en la que te acercas a cámara y te metes la Kamagra ha quedado genial. La voy a utilizar de carátula.

 

 

Estaba claro que Deborah no buscaba compañero de piso, sino actor porno. Y que mi profesión le venía como anillo al dedo. Por lo que en vez de ofuscarme me senté junto a ella mientras descubría mi faceta interpretativa a la vez que redescubría su hedor característico.

 

¿Quieres whisky?

 

Prefiero cerveza.

 

La cerveza engorda.

 

 

Y el dentífrico ayuda a mejorar la comunicación con las personas, a hacerla más llevadera, agradable –pensé–, mientras me metía en la cocina y daba los primeros tragos de una Kirin bien fría que sirvió de antiséptico contra el aliento de Linda.

 

Linda, por favor, antes de colgarlo en internet déjame que lo vea.

Y bueno, lo vi ya colgado; porque la muy hábil había editado las imágenes en un santiamén. Luego me entretuve enviándoselas a mis amigos, que tendrían acceso gratuito a las mismas justo hasta la escena en la que engullo el sobre de Kamagra. A partir de ahí, cinco euros. Según Linda, por una buena película –sobre todo si es novedosa– pueden llegar a caerle cinco mil euros en un mes. Después los trabajos pasan desapercibidos, perdiéndose en el agujero negro de internet, con millones de webs y películas a las que accedes casi por casualidad. Por eso son tan importantes las novedades, ya que las webs porno las publicitan en su portada. Y allí estaba yo. Con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta. Linda, humorísticamente alcohólica, había elegido por título ‘Dopaje’, añadiendo en los créditos dos nombres rutilantes: John Palombizio (yo) y Anne del Negro (mi clienta). Si algún día Deborah o sus allegados acceden a las imágenes me habré creado un nuevo problema por el que me tendré que poner de su parte haciéndome el engañado. Linda prometió darme el 10% de los ingresos del primer mes de facturación, que es el tiempo que estas películas suelen estar a la vista. Y aún no quiero hacer cuentas, que podría caer en la usura, y transformarme en una máquina sexual mucho más preocupada por empañar los cristales de mi habitación que por ofrecerlas placer.

 

Al acostarme, una grata sorpresa: Deborah, con las prisas, se había dejado sobre la cama las llaves de su casa. Una casa que realmente debe ser un hogar. ‘Te quiero, Mike’, rezaba la leyenda del que supongo debe ser su marido.

 

 

Joaquín Campos, 03/03/14, Phnom Penh.