Volvamos siempre a Bosnia. Me sorprendía, preocupaba y asustaba que hubiera habido una guerra en Europa cuando era niño

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Una búsqueda
 
Lo primero que hacemos tras dejar nuestras mochilas en Sarajevo es buscar la tumbita de Nalena Skorupan. Ella, un bebé, murió durante el asedio a la ciudad, vivió apenas unos meses entre 1993 y 1994.
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—Mira la fecha.
—Nació en el mismo año que tu hermana.
—Y que tu prima Laura.
—Sí.
—Ahora tendría su edad.
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La buscamos enseñando fotografías en el teléfono móvil, preguntando por el cementerio del ejército, de la Armija, recorriendo la ciudad nublada.
 
Sara, con quien viajo y con quien hablo y a quien miro, vio un documental sobre Gervasio Sánchez.
 
Él dejaba flores en la tumbita de Nalena, viene a menudo a Sarajevo para no olvidarla.
 
Él la fotografió en la guerra ya desaparecida. 
 
Él vivió la guerra dentro de Sarajevo y nos la contó a todos.
 
Incluso hoy lo sigue haciendo.
 
Él se pregunta en el documental de qué sirvió su trabajo, sus fotografías, durante el asedio de más de mil días, cuando a nadie parecía importarle y cientos de personas seguían muriendo por los ataques serbobosnios desde lo alto de las montañas que rodean y protegen Sarajevo. 
 
Sí sirvió, nos gustaría decirle.
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—Estamos aquí por ti y todos los que os preocupasteis entonces.
Gracias.
Gracias, Gervasio.
—No lo olvidaremos.
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Porque la encontramos por fin.
 
Después de unas indicaciones desde el cementerio de Koševo llegamos al de la Armija, donde reconocimos unas casas que aparecen tras la verja en la que apareces tú hablando a la cámara.
 
Dejamos un ramo de flores de pétalos blancos.
 

Un ramo en una tumbita entre miles de tumbas blancas por toda la ciudad. Están entre las calles, junto a los parques y a los estadios, entre las mezquitas. Decenas de cementerios por todo, toda Sarajevo. Miles de personas fueron enterradas entre los que iban quedando con vida.

Hoy la ciudad convive con los muertos.

Hoy leemos sus nombres y fechas.

Un inicio
 
Cuando estudiaba Periodismo empecé a leer y saber sobre aquello.
 
Sobre esto de lo que escribo ahora.
 
Recuerdo los libros de la biblioteca de la Facultad, la sección de Historia de Europa, los libros de los periodistas de guerra arriesgando sus vidas, el Holiday Inn, la Avenida de los Francotiradores. Recuerdo que leí a Juan Goytisolo, Cuaderno de Sarajevo. Libros sobre el conflicto, la desintegración de Yugoslavia, la muerte de Tito, las guerras, eslovenos, serbobosnios, bosniocroatas, bosníacos, ortodoxos, musulmanes, católicos, macedonios, bosnios, la guerra de Kósovo, albanokosovares, Ismail Kadaré, Diario de Kósovo
 
Me recordaba a la guerra en España, de la que hablábamos a veces en el pueblo durante las comidas, de un hermano de mi abuelo Juan que murió en el frente, entre el 36 y el 39, y no volvió a casa.
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—La madre de Goytisolo murió en la Guerra Civil.
No lo sabía.
—Sí, fue algo que le afectó mucho. Julia era, de ahí el nombre de Palabras para Julia de su hermano. Murió en Barcelona, un bombardeo de la aviación italiana, en el 38.
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Me sorprendía, preocupaba y asustaba que hubiera habido una guerra en Europa cuando era niño, cuando Sara era niña también. Cuando jugaba a la pelota en la calle y aprendía a montar en bicicleta.
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En algún momento tendré que ir a ese lugar, pensaba entonces.
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Luego leí sobre el Imperio otomano cuando me interesaba por los imperios y sus caídas, sobre la presencia de los turcos durante siglos en los Balcanes. El maravilloso libro Un puente sobre el Drina. El islam de los turcos en Bosnia y en otros países de los Balcanes como Albania o Macedonia (del Norte). 
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—Al fin y al cabo las iglesias en España se deben a otro imperio, el Imperio romano.
—Y las iglesias y catedrales en América del Sur al Imperio español.
—Y las calles iguales en Trieste, Budapest y Viena al Impero austrohúngaro.
—E imperios e imperios, llevando lenguas, leyes y religiones.
 
Pensábamos en los musulmanes que hubo en España, los de la mezquita de Córdoba y Sevilla, la Alhambra, los de la palabra albahaca y la Mancha de Castilla y Guadalajara, los del ojalá y la almohada o el hasta. Mezquitas hacia el cielo que ahora veíamos aquí, donde se congregaban cientos de hombres el viernes para rezar. Igual que en las iglesias de España los domingos, siendo convocados por las campanas, tañendo.
Creyendo más allá de la muerte.
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Un presente

Bajando unas escaleras hacia el centro del Sarajevo otomano nos encontramos con una gata a la que llamamos Bizcocha. Unos niños juegan a la canasta en una cancha, las voces de los almuédanos empiezan a escucharse a través de los altavoces situados en lo alto de los alminares de las mezquitas.
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Llaman al rezo con un cante hondo, profundo, sentido, religioso.
 
La gata parece llevarnos hasta un café que hay al lado de la Biblioteca destruida en 1992 y reconstruida en 2014. Fuad nos sirve dos tacitas de café turco al estilo bosnio. Entran varios grupos de serbios de Novi Sad, que antes de coger el autobús de vuelta compran café molido para llevarse a casa.
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Fuad nos cuenta que no hay problemas entre ellos. Nos habla del Danubio pasando por la ciudad del norte de Serbia, de la mujer de Einstein. Serbios, croatas o alemanes entran y se llevan café molido de calidad, sin problemas. Él es musulmán y habla el mismo idioma que los croatas, los serbios y los montenegrinos, y puede entender sin problemas a los eslovenos y macedonios, que también visitan desde hace años Sarajevo.
Todos ellos, antes de 1989, fueron parte de un mismo país, cuando faltaba poco para las declaraciones de independencia respecto a Yugoslavia y las declaraciones de independencia dentro de las nuevas declaraciones de independencias, y las guerras entre unos y otros. Fue el lugar de Europa donde la caída del comunismo tuvo las consecuencias más devastadoras. 
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Pero Sarajevo es hoy, por lo que podemos comprobar a simple vista, una ciudad tranquila.
 
Pero pienso en Kapuściński cuando viajaba por la India y China. Decía sentirse angustiado y apesadumbrado por darse cuenta de que no podía entender bien qué ocurría en esos países, en esos mundos, por falta de conocimientos, por falta del idioma, por falta de tiempo.
 
Aun así lo intentamos, porque algo sí que vamos entendiendo.
 
—Y gracias también, Kapuściński, por contarnos el mundo, desde Polonia hasta Angola. Tu mundo cuando viviste, porque ahora podemos comparar, establecer relaciones, sacar conclusiones, preguntar mejor.
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El barrio turco está lleno de turistas y grupos, comen y pasean, gastan marcos convertibles bosnios como en cualquier otra ciudad donde el centro se prepara para las fotografías y la venta. Muchos turistas son turcos y de países árabes.
 
Visitamos la biblioteca. Una mujer toca el piano dentro. Vemos el interior de lo que Gervasio Sánchez fotografió destruido por los que rodearon la ciudad durante años. Hoy hay exposiciones sobre la historia de la ciudad, la Revolución de Terciopelo, un documental que cuenta la actuación del cantante de Iron Maiden durante el asedio, información del juicio internacional a los que atacaron Bosnia, un libro donde dejar tu firma, recuerdos para comprar.
 
Subimos y vamos en teleférico al monte Trebevic, uno de los montes que rodean la ciudad y desde donde se puede ver Sarajevo a vista de pájaro, de cuervo. Desde aquí disparaban los enemigos de la ciudad. Desde aquí vemos la biblioteca en perfectas condiciones, pero sin los miles de libros que ardieron en 1992. Hoy suben aquí los turistas a hacerse fotos junto a un marco de madera, a pasear por el bosque, a tomarse un café para llevar.
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Vamos al Holiday Inn, donde se alojaron y vivieron los periodistas que cubrieron la guerra. Subimos a la planta quinta, donde estuvo Alfonso Armada. Llevamos con nosotros su libro, Sarajevo. Nos asomamos a la barandilla donde los camareros mueven bandejas. Caminamos de noche entre los altos edificios de la Avenida de los Francotiradores, el Bulevar Mese Selimovica.
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Vamos a Dobrinja (uno de los barrios más periféricos) en trolebús y caminamos hasta la parte serbia de Sarajevo, ya en la Republika Srpska (entidad federal de mayoría serbobosnia dentro de Bosnia y Herzegovina). Casi todo está escrito en cirílico, la factura de la comida y el café también. Vemos un mural del equipo de fútbol serbobosnio de Sarajevo junto a un retrato de Gavrilo Princip, el hombre que asesinó en el centro de Sarajevo al heredero del Imperio austrohúngaro y desató la Primera Guerra Mundial en 1914.
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—No podemos saber, Kapuściński, qué ocurre realmente, pero vemos desde nuestros pequeños ojos paz, tranquilidad, seguridad, libertad.
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—Pero no has escrito de lo que vimos en Móstar, Zenica y Sarajevo. Verdad para David y para Dženan. Jóvenes de Banja Luka (capital de facto de la Republica Srpska) y Sarajevo que murieron en circunstancias muy sospechosas, según hemos leído en inglés en internet. Ha habido muchas protestas durante los últimos años.
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—Pravda.
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—Pravda za.
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Un puente
 
Llegamos a Móstar (ciudad más importante de Herzegovina) en un tren Talgo de España. El anuncio de la megafonía del destino es el mismo que en los trenes de Renfe, pero entre parada y parada suena música rock de la antigua Yugoslavia.
 
El barrio turco y el puente que fue destruido por los bosniocroatas en 1993 y reconstruido en 2004 es un centro de turismo. Venden incluso el hacer fotografías de un rifle de la guerra por un euro, un mapa enorme del desarrollo de la guerra, lápices y llaveros hechos con balas. Hay muchas terrazas elegantes y cuidadas sobre el río. 
 
Unos saltadores piden dinero (marcos convertibles bosnios, euros o kunas crotas) para lanzarse desde el puente de Móstar al río Neretva ante la mirada y las cámaras de todos.
 
Al este del río están los musulmanes, al oeste los católicos. Una iglesia con una torre altísima domina la ciudad de Móstar, una cruz altísima domina la montaña al oeste del río. Una bandera de Bosnia domina la otra montaña, está escrito: BiH volimo te: te queremos Bosnia y Herzegovina: te queremos BiH.
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En una cafetería están echando un partido de fútbol de Italia.
 
Le pregunto a un hombre (en inglés) qué equipos hay en Móstar.
 
—El Velež.
 
—¿Solo?
 
—También el Zrinjski, pero es del otro lado.
 
—¿Gran rivalidad? ¿Como el Madrid y el Barcelona?
 
—Mucho peor.
 
—¿Por?
 
—Por la guerra, es el equipo de los croatas.
 
Saliendo del centro preparado para los turistas, caminando por ambos lados, vemos pintadas por todos lados de ambos equipos y aficiones, sin mezclarse, a un lado el Crvena Armija y al otro los Ultras Zrinjski.
 
Las nuevas guerras y las nuevas religiones, más pacíficas. 
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El ejemplo del fútbol y el conflicto (apunte)
 
Al finalizar la guerra en Bosnia en 1995 se crearon tres campeonatos diferentes, uno por cada grupo, bosníaco, croata y serbio. En 1998 hay un acercamiento entre la liga bosníaca y la croata al jugar la última fase por el título los equipos de ambas ligas. En año 2000 se fusionan ambas completamente, jugando separados todavía los serbios de Bosnia. En 2002 se unen definitivamente los tres para jugar por primera vez la Premijer. Hoy siguen así. Hay equipos de Banja Luka, Sarajevo, Zenica o Široki Brijeg.
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Zenica o ceniza
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Hemos venido a la ciudad de Zenica a ver el Bosna, el río que dio el nombre a la parte de Bosnia de Bosnia y Herzegovina.
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Visitamos las mezquitas de Zenica como vemos las iglesias por las ciudades pequeñas de España o Portugal. Tomamos un té verde en la plaza del centro, donde hay un memorial por los muertos en la guerra. Observamos los altos edificios de viviendas de función comunista. Compramos arroz con setas, repollo y manzanas para llevar en el supermercado del centro comercial y comemos en un banco del parque, los niños juegan y las parejas se dan besos debajo de los árboles junto al Bosna.
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Leemos fragmentos de julio de 1993 del libro de Alfonso, Sarajevo: Zenica se ha vuelto ecológica sin remedio, un forzado paraíso para ciclistas y viandantes. Ahmra añora aquellos tiempos oscuros, cuando Zenica era una silueta gris en la humareda. “Mejor tener los pulmones sucios que esta guerra” dice.
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O: No hay mucho que hacer en Zenica, salvo pasear, recoger las raciones de ayuda humanitaria, sumarse a la primera cola que se improvisa para ver si se pilla algo, contemplar el río o bañarse en él.
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La ciudad huele hoy a contaminación, a lo lejos hay chimeneas industriales ensuciando el cielo, la tierra y el agua. 
 
Se venden cajetillas de tabaco de contrabando por la calle, debido al alto precio del que tributa impuestos.
 
En Bosnia no está prohibido fumar dentro de los locales y para nosotros se hace difícil. Sin embargo, en la planta baja de la cafetería Viena está prohibido, así que nos pedimos un bosanska kava y dos vasos de agua del grifo mientras hojeamos el Oslobodenje del ocho de octubre. 
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—Así debía ser antes en España, todos fumando dentro, con el frío.
—Sí, yo lo recuerdo. Un restaurante al que íbamos, donde había una sala para fumadores separada por un biombo inútil. Era insoportable.
—Menos mal que lo prohibieron.
 
Cuando anochece caminamos de vuelta a la estación de tren, de camino vemos a dos grupos de hombres jugando al ajedrez gigante, uno contra otro y el público observando. Se pasean por el tablero moviendo unas piezas remendadas con cintas.
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—También estaría bien que en España se jugase al ajedrez en los parques.
—Que se saliese fuera sin fumar a echar una partida con público.
—Que hubiera discusiones sobre el movimiento del alfil o la retirada de un caballo a tiempo.
—Auténticas discusiones, auténticos diálogos.
—Construcciones.
—Y luego volver dentro, horas después, acabar el vaso de agua y pagar el café y el baklava de manzana.
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Otra búsqueda, final
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Cierro este texto con una reflexión en torno a tres fotografías.
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La primera es la tapa de una alcantarilla en la estación de tren de Sarajevo donde aparece la fábrica de Skopje (capital hoy de Macedonia del Norte) que la fabricó cuando era la República Socialista de Macedonia. La fábrica se llamaba Tito, el dictador de Yugoslavia durante décadas:

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Durante siglos las personas, en general y a este lado del mundo, se identificaron profundamente con las religiones y las patrias. El auge de los fascismos y los comunismos desde Europa y por el mundo fue la última etapa. Hay sobrados ejemplos de ello. Un ejemplo es el anterior, es decir, nombrar un centro de trabajo con el líder de la patria. Otro: el astillero de Gdańsk donde según algunos empezó a caer el comunismo se llamaba Lenin. (Recomiendo el libro El fin del Homo sovieticus para entender mejor todo esto.) Otro local: en España en las monedas se podía leer: Caudillo de España por la gracia de Dios. La guerra en Yugoslavia fue el ejemplo más devastador. El final de la identidad de la patria socialista y yugoslava llevó a que despertarán identidades (identificaciones) dormidas durante mucho tiempo. El fin de la URSS también degeneró en guerras en la parte asiática del país que se derrumbaba, como en Chechenia. Religiones y patrias han llevado a la destrucción y la reconstrucción durante siglos.
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La segunda es el cartel de un restaurante y vinoteca de estilo, ambiente y comida modernos de Sarajevo, llamado Pravda, cuyo símbolo de la hoz y el martillo es un utensilio y un sacacorchos. Pravda fue el periódico oficial del comunismo en la URSS durante décadas:
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Hoy en día la identificación de las personas, en general y a este lado del mundo, es con el yo. El consumo continuo e internet en cada teléfono móvil y ordenador propios son los mejores ejemplos de ello. El yo se identifica consigo mismo y ante los otros a través de la ropa, las fotografías, las redes sociales, el turismo, las series que ve, el equipo de fútbol o hockey hielo que sigue, el festival o el estilo de música, el bar frecuentado, la mascota querida, etc. La identificación con el yo genera paz, cierto aburrimiento y mucha contaminación, porque debe ser renovada constantemente. Ya no hay grandes cambios, revoluciones, sino ajustes constantes, rebeliones que no llegan a mucho o hasta las próximas elecciones democráticas. Porque en el fondo, en general, las personas viven bien y tienen esperanza en su propio yo del mañana, cuidadosamente construido, donde todo seguirá más o menos estable si nadie molesta a nadie demasiado, si la desigualdad no crece demasiado. Nosotros en BiH hemos visto esto también. El restaurante Pravda lo muestra: una ideología y realidad fracasada hecha marca.
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– La última fotografía es una granada o una granada, borrosa, una pregunta y una espera, una expectación, una ilusión ante este mundo. Está poco sujeta, pero podría caerse.
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La granada es la fruta de Bosnia y Herzegovina.


Todo interrogante resuelto engendra preguntas frescas.

El sitio de los sitios, Juan Goytisolo
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