Vosotros sois los dioses

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Rafael Álvarez El Brujo es siempre igual a Rafael Álvarez El Brujo y a la vez distinto; cabría decir de él, vamos a exagerar un poco, que encarna y enarbola casi un género teatral en sí mismo. Desde hace bastantes años, mantiene tersa y en continuo afinamiento, en fondo y forma, una propuesta estilística que asume, reelabora y potencia el sortilegio de los antiguos juglares, la mueca sardónica de los bufones, las juguetonas máscaras de la Commedia dell’Arte, las mañas de los cómicos de la legua y la esencia de maestros contemporáneos como Dario Fo. Como he escrito en alguna ocasión, Álvarez (Lucena, Córdoba, 1950) es un caso aparte en la interpretación española, un hombre orquesta de la actuación, superdotado para el monólogo y la plástica verbal, para la suculenta digresión espontánea y el relámpago anecdótico personal.

Sus detractores sostienen que se repite, y él lo asume y hasta gasta bromas al respecto recuperando algunas anécdotas ya contadas en otros espectáculos y haciendo chistes sobre su desorden mental, pues se suele embarcar en giras que incluyen una barbaridad de montajes distintos sostenidos siempre por el garbo de su verbo y la gracia de su gesto. Pero a quienes admiramos el arte de este espécimen escénico irrepetible nos continúa asombrando su capacidad para fundir lo culto y lo popular, lo trivial y lo profundo y la manera en que despliega sobre el tapete del escenario una baraja cargada de documentación rigurosa y hondas reflexiones, repartiendo a la vez, como al desgaire, con la soltura del tahúr que se las sabe todas, las cartas marcadas de la broma, el afilado comentario político o el pellizco pícaro a la actualidad. Y, en cierta forma, yo también lo asumo, sigo repitiéndome al comentar los estilemas, las sutilezas y las cuchufletas del actor prodigioso.

Rafael Álvarez El Brujo en un momento de la función. Foto: Jero Morales (Festival de Mérida)

En buena parte de sus trabajos de las últimas dos décadas, El Brujo se ha marcado una hoja de ruta que le ha conducido hacia destinos signados de alguna manera por la espiritualidad, aunque sin perder de vista las circunstancias de lo material: De pícaros y místicos (2008), San Francisco, juglar de Dios (2002), El Evangelio de San Juan (2009), La luz oscura de la fe (2014), Teresa o el sol por dentro (2015), Autobiografía de un yogui y hasta los Misterios del Quijote (2016), donde en un maravilloso relámpago sostenía que el formidable personaje cervantino es la reencarnación de un Cristo que defiende el evangelio de la misericordia frente al rigor de la justicia.

Y en esta ocasión, en que ha estrenado en el 67 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida su último espectáculo, Los Dioses y Dios. Reflexión libre a partir de “Anfitrión”, de Plauto, continúa trenzando lo religioso y lo profano en un brillante discurso en el que, por ejemplo, rastrea los ecos de la tragedia griega en Esperando a Godot de Beckett y subraya que fueron los hombres quienes construyeron a los dioses a su imagen y semejanza y, por ello, los seres humanos somos los dioses. El Brujo, protagonista, en 1996 y en el mismo escenario del Teatro Romano de Mérida, de un montaje de Anfitrión dirigido por José Luis Alonso de Santos, revisita al romano Plauto, que escribió esta comedia alrededor del año 188 a. C., y lo presenta como un hábil amasador de argumentos pescados en antiguos autores griegos y de chistes escuchados a los cómicos-acróbatas ambulantes de la Roma de su época, tan apreciados por las clases populares; una fórmula de coser retales que le hizo rico y lo llevó a inventar la tragicomedia.

Engullidos por el vendaval rizomático del juglar de Lucena, se asoman a escena Rociíto y Carmen Calvo, Pedro Sánchez y Pablo Casado, Angela Merkel, Jean-Paul Sartre, Yogananda, Alejandro Magno, Shakespeare, Esquilo, Isabel Ayuso, Santiago Abascal y un montón de personajes más, en un carrusel fascinante en el que solo al final, tras hora y pico de función, El Brujo desgrana a su manera el argumento de la más conocida pieza del gran maestro latino del enredo y la comicidad frenética. Como ustedes no ignoran, relata la pasión del rijoso Júpiter por la virtuosa Alcmena, a la que el primero engaña adoptando la forma de su marido, el general Anfitrión, embarcado en una campaña militar al frente de las tropas tebanas. Amparado en las sombras de la noche que alarga a voluntad para yacer durante más tiempo con la bella, el dios de dioses sacia su voluptuosidad mientras su hijo Mercurio, transformado a su vez en Sosia, criado de Anfitrión, se encarga de las tareas de vigilancia. Tanto Júpiter como su vástago hacen “phishing” respectivamente a Anfitrión y Sosia, según destaca Álvarez, que también pone en su punto de mira las redes sociales. Meses después, Alcmena parirá dos niños: uno, Ificles, hijo de su marido, y el otro, el futuro héroe Hércules, engendrado por el dios.  Ambos, para contento de todos, hijos de la luz. 

Plano general del montaje. A la izquierda, el músico Javier Alejano. Foto: Jero Morales (Festival de Mérida)

El Brujo habla de una conciencia lógica y una conciencia mitológica, que es una forma inventada por los humanos para explicar las cosas sin explicación del mundo circundante, debate sobre el ser y la nada, y habla sobre la búsqueda de la propia identidad como motor esencial del teatro, recurriendo a Hamlet y Edipo como ejemplos. Un luminoso laberinto de elementos interconectados que el malabarista escénico resume redoblando su apuesta por unos dioses que bailen y haciendo que el respetable dance en pie al ritmo de la pegajosa música que expenden los altavoces.

La función transcurre sobre el austero espacio delimitado en el proscenio por un rectángulo de tela roja sobre el que se sitúa el intérprete, quien, vestido con frac blanco y restallante camisa verde –¿un guiño a la colaboración en la producción de la Junta de Andalucía?–,  se mueve también por otras zonas del amplio escenario del Teatro Romano. Le acompaña musicalmente su sempiterno Javier Alejano, que toca estupendamente acordeón, pandero, violín y sitar, y le arropa con su luz cómplice otro habitual en sus montajes, Miguel Ángel Camacho, para completar un espectáculo sugerente, divertido y “brujísimo”.  

 

Título: Los Dioses y Dios. Reflexión libre a partir de “Anfitrión”, de Plauto. Autor, director e intérprete: Rafael Álvarez El Brujo. Música en directo y dirección musical: Javier Alejano. Escenografía: Equipo Escenográfico PEB. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Gergonia E. Moustellier. Música original: Javier Alejano. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y la Compañía de Rafael Álvarez El Brujo, con la colaboración de la Junta de Andalucía. 67 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 30 de julio de 2021.

 

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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