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    Andricgrad, Bosnia y el universo simbólico de Emir Kusturiça

    José Antonio Sánchez Manzano - 28-08-2014

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    “Este espacio es una gran manifestación sobre el pasado y el futuro; un aporte fundamental para la reforma de la identidad histórica del pueblo serbio”. Con estas palabras se refería Emir Kusturiça a Andricgrad, la flamante ciudad de piedra erigida en honor al premio Nobel de literatura yugoslavo Ivo Andric (1892-1975) y situada en la localidad de Visegrad, en la parte oriental de Bosnia-Herzegovina. Convencido de que en estos tiempos que corren los pueblos pequeños solo se mantendrán gracias a buenos y bienintencionados proyectos como éste, el reconocido cineasta, autor de célebres cintas como Papá está en viaje de negocios o Underground, nacionalista serbio, abrió el acto de inauguración del mayor complejo turístico y cultural del ente serbio de Bosnia, ideado hace años por el propio Kusturiça, y que el pasado 28 de junio finalmente se hizo realidad.

     

    La construcción de la llamada Ciudad de Andric comenzó en 2011 con motivo del 50 aniversario del premio Nobel que recibió el escritor por su novela Un puente sobre el Drina, ambientada en Visegrad durante los tiempos del Imperio Otomano, cuando el visir Mehmed Pasa Sokolovic mandó construir el famoso puente a mediados del siglo XVI. Situada en una pequeña península de 17.000 metros cuadrados alrededor de la cual el río Rzav desemboca en el Drina, esta pequeña localidad artificial, además de un homenaje a Andric, es un tributo a algunos de los personajes más relevantes de los últimos cuatro siglos de la historia de Serbia, como las plazas dedicadas a Nikola Tesla (un mítico científico de origen serbio) y a Petar Petrovic Njegos (gobernador, obispo y poeta montenegrino del siglo XIX), la iglesia cristiana ortodoxa o el paseo Mlada Bosna (Bosnia Joven), que lleva el nombre de la organización revolucionaria que luchó en contra de la anexión por parte del Imperio Austro-Húngaro en 1908, son un claro ejemplo de ello.

     

    A pesar de la gran expectación generada, desde el primer momento el proyecto ha estado marcado por la polémica. La presencia durante la inauguración del primer ministro serbio Aleksandar Vucic alimentó aún más si cabe las críticas de bosnios musulmanes y croatas que ven en esta construcción un claro instrumento político mediante el cual los serbios pretenden monopolizar el legado cultural de Andric. El día elegido por Kusturiça para la inauguración tampoco fue una casualidad. El 28 de junio es Vidovdan (San Vito), que conmemora la mítica batalla de 1389 que libraron y perdieron los serbios contra los otomanos en lo que hoy es Kosovo, independiente desde 2008, pero considerada la cuna del nacionalismo serbio.  Además, tal fecha coincidió con el centenario del inicio de la I Guerra Mundial. El asesinato del archiduque austro-húngaro Francisco Fernando y su esposa Sofía a manos del joven nacionalista serbo-bosnio Gavrilo Princip en una de las principales calles de Sarajevo desencadenó un conflicto que acabó con cuatro imperios y rediseñó el mapa de Europa.

     

    En esa misma esquina de la capital bosnia en la que Princip apretó el gatillo de su arma casi por casualidad tuvieron lugar alguno de los principales actos conmemorativos de tan determinante suceso. En la actual memoria oficial de bosnios y croatas Princip es un terrorista que desencadenó un conflicto que segaría millones de vidas. Para la gran mayoría de los serbo-bosnios que acudieron a Andricgrad, donde se estrenó un mosaico en homenaje a Gavrilo Princip, un héroe, un idealista que buscaba liberar la región de la ocupación y esclavitud, tal y como se representaba en la Yugoslavia socialista. Sea como fuere, ha pasado un siglo desde entonces y esos dos proyectiles que cambiaron el devenir del mundo aún socavan la actual fragmentación de Bosnia-Herzegovina.

     

    La controversia en torno a Andricgrad es solo un indicador más de cómo, a pesar del fin de la guerra que desgarró Bosnia hace veinte años, parece que las causas que llevaron a ella están aún vigentes. Desde entonces el municipio de Visegrad quedó en Republica Sprska, una de las dos entidades autónomas que forman Bosnia-Herzegovina, de mayoría serbia, y resultante de los Acuerdos de Paz de Dayton de 1995, los mismos que obligaron a los bosnios a vivir juntos e iguales pero separados por confines internos y muros psicológicos roturados tras atroces batallas y diseñados bajo parámetros puramente étnicos y religiosos. Como consecuencia de ello Bosnia-Herzegovina ha resultado un país imposible, una aberración política de 50 distritos, 150 ministros y 14 jefes de gobierno que conforman el panorama administrativo de un estado que no llega a cuatro millones de habitantes.

     

    A principios de este año el fantasma de la guerra volvió a aparecerse. Los resultados del censo elaborado en octubre del año pasado dibujaron un mapa político diferente al heredado del de 1991, el último conocido hasta la fecha. Ya en febrero, la calma tensa que regía la política del país desde el fin del conflicto estuvo a punto de quebrarse una vez más. Durante algo más de una semana se sucedieron las protestas y varios episodios de violencia en las principales ciudades de la Federación de Bosnia y Herzegovina, la otra entidad de Bosnia resultante de Dayton y de mayoría musulmana. Estas manifestaciones y los movimientos ciudadanos que surgieron tuvieron un marcado tono anti-nacionalista y reclamaban mejores condiciones de vida. Sin embargo, con el recuerdo de las atrocidades todavía fresco, una buena parte de la población no participó en las protestas. Temía que degenerasen en un conflicto interno mayor y se reabriesen heridas no cicatrizadas.

     

    Para completar el universo simbólico que Kusturiça creó en torno al estreno de la ciudad de piedra, el destino quiso que el inicio del mes del Ramadán coincidiera con el 28 de junio. Nada irrelevante en un país donde casi la mitad de sus habitantes profesa el islam. Además, sobre el horizonte de estos pesaba el decimonoveno aniversario del genocidio en la localidad oriental de Srebreniça. Aquel fatídico 11 de julio de 1995, tras meses de amenazas y acoso, las tropas serbo-bosnias comandadas por el general Matko Mladic entraron en la localidad bosnia de Srebreniça (en teoría una de las ciudades protegidas por la ONU) y asesinaron a más de 8.000 bosnios musulmanes en lo que supuso la mayor matanza en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Tras la declaración de Independencia de Bosnia la región donde se encuentra Srebreniça pasó a ser de suma importancia para los serbios. Sin dicha área, que era de mayoría étnica bosni, no habría integridad territorial dentro de su nueva entidad política, la República Srpska. De esta manera se fraguó una limpieza étnica que aún lloran y recuerdan los miles de musulmanes que se desplazan a Potoçari cada año para rememorar a las 6.000 personas ya enterradas y dar sepultura a los cuerpos identificados durante el año anterior. Este año han sido 175 los restos identificados y enterrados justo enfrente de la base de los cascos azules holandeses que debían haber protegido a la población musulmana del fanatismo y la saña de una nutrida jauría de militares sin escrúpulos.

     

    Curiosamente el propio Emir Kusturiça, nacido hace casi 60 años en Sarajevo y criado en el histórico y turístico barrio de Baščaršija, tiene raíces musulmanas. A mediados de la década de 1980 y 1990 se tornó en uno de los directores más controvertidos y con mayor proyección a nivel internacional debido a sus particulares puntos de vista sobre los conflictos y las etnias que han poblado los Balcanes durante el último siglo. Su padre era un serbio con nombre turco, Murad, que fue convertido al islam cuando nació. Dos décadas después, en el año 2005, el aclamado cineasta y músico tomó el mismo camino que su padre, pero en dirección contraria, y voluntariamente se hizo cristiano ortodoxo. A pesar de todas las críticas y varapalos recibidos desde la capital bosnia por este hecho, 2005 fue uno de los años más prolíficos y exitosos de su carrera. Ofició de presidente de jurado en el Festival de cine de Cannes, recibió el premio César a la mejor película de la Unión Europea y le fue otorgado el premio Europeo de Arquitectura Phillipe Rotthier por Drvengrad, una ciudad de madera situada en las montañas serbias de Mokra Gora, apenas a 25 kilómetros de Visegrad, que Kusturiça construyó para el rodaje de su premiado filme La vida es un milagro y que en la actualidad es también un hermoso y popular centro turístico y cultural temático que cuenta con un balneario, canchas deportivas, dos restaurantes, calles y plazas dedicadas a personajes como Maradona, Bruce Lee o Novak Djokovic, y un cine en el que solo se proyectan sus películas.

     

    No obstante toda la zozobra étnica y religiosa, uno de los temas que más ampollas ha abierto entre los detractores de Andricgrad es la falta de transparencia financiera. Visegrad y el gobierno serbo-bosnio, radicado en Banja Luka, la capital de la República Sprska, han invertido, según datos oficiales, alrededor de 15 millones de euros, mientras que, según los críticos, que exigen la publicación de los contratos y facturas, la empresa Lotika, en manos de Kusturiça, no ha aportado nada al proyecto. Sin embargo, las autoridades hicieron caso omiso a estas reclamaciones y, lejos de aclarar el asunto, el propio presidente de la República Serbia de Bosnia, Milorad Dodik, contraatacó descalificando a la oposición y acusándoles de intentar ganarse apoyo político de manera burda. En un país que lleva dos décadas sumergido en una galopante crisis económica e institucional, con una tasa de paro juvenil del 50% y un sueldo medio que no llega a los 400 euros mensuales, la construcción de Andricgrad ha sido tildada cuanto menos de innecesaria.

     

    Entretanto, ajenos aparentemente a cualquier tipo de polémica, los miles de personas que abarrotaron Andricgrad el día de su inauguración disfrutaron a lo largo del día y la tarde del buen tiempo y todo tipo de eventos y celebraciones. Ya a última hora, en el cine Dolly Bell se proyectaba la película Asesinato, Sarajevo 1914, del director austriaco Andreas Prohaska, y al lado de la torre del reloj, donde se encuentra el Ayuntamiento, Emir Kusturiça ofrecía un concierto junto a su No Smoking Orquesta. A no más de 300 metros, el puente que en su día sirvió para unir Sarajevo y Estambul, Oriente con Occidente, observa impasible desde hace más de cuatro siglos el devenir de un pueblo que parece condenado a no entenderse. Es entonces cuando una frase del también Nobel de literatura, Winston Churchil, viene a la mente y flota en el ambiente; una frase a la que Kusturiça parece siempre querer hacer frente: “La región de los Balcanes tiene la tendencia de producir más historia de la que puede digerir”.

     

     

     

     

    José Antonio Sánchez Manzano es periodista, diplomado en Estudios Brasileños, vive y trabaja en Bulgaria. En FronteraD ha publicado, entre otros, Bulgaria, sueño y pesadilla europea de los refugiados siriosEl laberinto político búlgaro. Desde el mes de junio se suceden las protestas en Sofía sin que nada cambieLos búlgaros también se plantan: quieren otro tipo de gobierno

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