2016/03 — Sobre la vigencia de los cuentos y las entrevistas a la carta

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"Aparte del compadreo de la cena, ni hay entrevista presencial ni repreguntas. Solo un cuestionario dócil leído entre cantos de gallo por un lacayo. Es decir, sin control periodístico y, en todo caso, sometido a las exigencias del narco, como demuestra que el texto final le fuese enviado a El Chapo para su aprobación final. Una pleitesía que le brindó la revista Rolling Stone y que, como era de esperar, el delincuente respondió con la amabilidad de no cambiar ni una coma".

 

Lunes, 10 de enero

 

There’s no doubt something deeply true about the state of affairs as Stein describes it. Perhaps most dispiriting, because it was impossible to predict and is the newest aspect of the permanent literary dystopia, is the sense that the digital publishing environment has failed to boost fiction in the way it has long-form journalism, and has instead turned fiction writers into hucksters of a sort. (Poetry, on the other hand, has received a boost from the internet, mostly by connecting poets to each other and fostering their lively and fertile internecine arguments, but that’s another story.) Fiction doesn’t go viral, and the few well-publicized attempts to publish fiction via social media (by Teju Cole, Rick Moody, and Elliott Holt, among others) have been exceptions that prove the rule that fictional narratives and status updates don’t reliably mesh. The self-promotion Stein mentions is far more common, though perhaps also more innocuous than he implies. It’s unlikely that Twitter has ruined any writers. (I would challenge Stein to name one literary writer who tweets frequently in order to sell books rather than out of some mix of enjoyment and neurotic compulsion.) Before the rise of social media, literary self-promotion was largely conducted at parties; Twitter at least reduces the risk of alcoholism.

 

Can Short Stories Still Shock? De Christian Lorentzen en la revista New York.  

 

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We spend more time than ever on our devices, but it seems fair to say we like them less, especially when it comes to reading. E-book sales have plateaued. Bookstores have staged a modest resurgence. Turning off your phone has become a prized luxury. Over these last few years all of us, readers and writers alike, have developed a growing appreciation for what the Internet wants to take away: our time alone with the written word.

 

[…]

 

I think it must have something to do with the small renaissance we’ve seen in American letters. And it has been a renaissance. Five years ago Ben Lerner, ­Atticus Lish and Ottessa Moshfegh had yet to publish any fiction. John Jeremiah Sullivan had yet to publish a book of essays or Rowan Ricardo Phillips a collection of poems. These and dozens of other young writers have found shelter in The Paris Review. What’s more, they’ve found an audience. In the past five years our circulation has nearly doubled. The review has more print readers now than ever in its 62-year history.

 

Words Unwired, de Lorin Stein.

 

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Martes, 11 de enero

 

En Montreal, una colina del municipio Mejicanos de San Salvador, todo es un juego de niños. Un juego de niños que ha convertido esa región en la esquina con mayor índice de homicidios de todo el planeta (un muerto por hora). El antropólogo Juan José Martínez D’Aubuisson decidió subir esa montaña con su moto china y tísica para entender “los porqués y los significados de la guerra de niños” que libran las dos pandillas que se reparten la zona. Uno de los muchos día que pasó allí durante el año 2010 organizó un juego para romper el hielo con los más pequeños: “Policías y ladrones. A la hora de elegir los bandos, todos pidieron ser ladrones”.

 

[…]

 

D’Aubuisson, que muestra tanta valentía en esa colina como respetuosa contención en su texto, toma nota e intenta no tomar demasiado partido. Aunque juega a fútbol con ellos y se desmorona cuando escucha determinadas anécdotas. Como cuando Moxy explica que se disfrazó de payaso para la fiesta de cumpleaños de un sobrinito, una vivencia agradable que Little Down decide apuntalar: “Yo también me disfracé una vez de payasito, men. ¡Ja! Compadre, pero solo para ir a darle una gran patada a un maje. Así, bien pintadito me fui y disfrazado bien cabal de payasito. Y el maje: ‘Ah, miren al payasito’. Cuando se volteó y miró cabal, solo le dije: ‘Feliz viaje’, y ‘¡Pam, pam, pam!’. Le metí como diez bombazos en la cara”.

 

Miqui Otero reseña Ver, oír y callar. Un año con la mara Salvatrucha 13 en Culturas.

 

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Miércoles, 13 de enero

 

¿Por qué naufraga la última novela de Martin Amis, La Zona de Interés, traducida por Jesús Zulaika para Anagrama? Por lo mismo que naufraga casi toda ficción novelesca sobre el Holocausto: los testimonios de los que lo vivieron tienen tanto voltaje literario que poco le queda que añadir a la imaginación destilada en palabras. Godard llegó a decir que el cine no cumplió con su deber al no filmar los campos de concentración, pero puede que ese incumplimiento haya sido su salvación.

 

La escasez de imágenes fílmicas de uno de los acontecimientos más inhumanos de la historia de la Humanidad se ha convertido en el principal motor de una cinematografía sobre el tema que no para de crecer. Por contra, la abundancia de textos sobre el mismo asunto se ha convertido en el gran problema de la literatura realista. El cine sigue haciendo el trabajo que no hizo en su momento; en el terreno de las letras ese mismo trabajo lleva décadas hecho. Por testigos y por historiadores. Cuando la literatura de ficción llegó a Auschwitz, la de no ficción ya había estado allí.

 

Javier Rodríguez Marcos en El País.

 

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Jueves, 14 de enero

 

Nadie en México ha aplaudido el trabajo de Penn. No hay duda de que el relato, en esencia un egotrip, ofrece un enorme interés. Ciertos detalles alumbran sobre las interioridades del narcotráfico. El vídeo nos permite ver y oír por primera vez a ese criminal de camisa de seda y voz nasal al que algunos quisieron elevar a leyenda. Atacarle por su reunión es un error. El actor es libre de hacer lo que le plazca con su material. Su opinión es soberana. Pero su afirmación de que acude como periodista sobrepasa el límite. Aparte del compadreo de la cena, ni hay entrevista presencial ni repreguntas. Solo un cuestionario dócil leído entre cantos de gallo por un lacayo. Es decir, sin control periodístico y, en todo caso, sometido a las exigencias del narco, como demuestra que el texto final le fuese enviado a El Chapo para su aprobación final. Una pleitesía que le brindó la revista Rolling Stone y que, como era de esperar, el delincuente respondió con la amabilidad de no cambiar ni una coma.

 

Jan Martínez Ahrens en El País.

 

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Leo aquí y allá que es importante entender que Penn no es periodista. Y es aquí donde concuerdo con el argumento de León Krauze, cuando menciona que en su artículo para Rolling Stone, él se asume, de manera explícita como tal cuando le aclara a El Chapo que cuando hace periodismo, no acepta pago alguno. Sin embargo, ni él, ni Rolling Stone se someten a principios periodísticos elementales y se conforman con una pieza de propaganda.

 

El actor es insistente en decirle al lector que teme por su vida, pero lo que le entrega no es digna de los riesgos que tomó, ni dedica una sola línea a algún reportero o editor de los muchos asesinados o desaparecidos en Sinaloa, Durango, Chihuahua y Sonora, donde él y su gente operan. Ni una palabra para los diarios atacados con granadas y disparos de rifles en medio de la noche.

 

Guzmán quería contar su vida, orgulloso de sí mismo, pero necesitaba de la complicidad de alguien a quien dictarle un libro o un guion cinematográfico. La libertad no le dio más que para un publirreportaje sin costo en Rolling Stone, con preguntas que posiblemente People en Español le haría a Kate del Castillo: “¿Usted sueña?”, “si pudiera cambiar el mundo, ¿lo haría?”

 

Juan Carlos Romero en Letras Libres.

 

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Awakened from its holiday hibernation, the journalistic orthodoxy massed yesterday to attack Sean Penn and Rolling Stone for their 11,000-word story/interview with Joaquín Archivaldo Guzmán Loera—aka El Chapo. Setting aside Penn’s loopy, self-parodying literary style, what infuriated the press corps was the magazine’s decision to give the leader of Mexico’s Sinaloa drug cartel veto rights over the story before publication, which violates all that is holy in most journalistic corners.

 

[…] 

 

I’ve edited and written thousands of pieces in my time and never given a subject pre-publication approval. But I wouldn’t rule it out, especially if the subject were a notorious fugitive on the run, as El Chapo was, and the story contains high news value, as the El Chapo story did. More likely though, if offered the El Chapo story, I would have told Penn to tell El Chapo that the only way he could get pre-publication approval for the piece would be to share the byline with Penn. With pre-approval comes responsibility! Who could object to such an arrangement? Even drug lords have First Amendment rights. If Penn and Rolling Stone had taken that route, all of the so-called ethical questions about El Chapo “playing” Rolling Stone would have evaporated and the guild could have continued its solstice slumber uninterrupted.

 

Jack Shafer en ‘Journalists: Stop Complaining About Sean Penn

 

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Viernes, 15 de enero

 

Por supuesto, hay quienes han hecho tal cosa, porque los honores no les importan demasiado. Jean-Paul Sartre rechazó el Nobel. William Saroyan y Sinclair Lewis rechazaron el Pulitzer. En 1976 Gore Vidal fue elegido para la Academia Estadounidense de las Artes y las letras. Les contestó con telegrama diciendo que era un gran honor para la academia haberlo elegido, pero que no podía aceptar el ingreso porque ya era del Diners Club. Algún tiempo después, en una conferencia en Bulgaria ni más ni menos, John Cheever reprendió a Gore por el tono del telegrama. “El Diners Club es una horterada”, dijo. “¿No podías haber dicho al menos que eras de Carte Blanche?”

 

George Plimpton en un discurso sobre William Styron.

 

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Sábado, 16 de enero

 

Hemingway: You go to the races?  

 

Interviewer: Yes, occasionally.  

 

Hemingway: Then you read the Racing Form … There you have the true art of fiction.

 

Entrevista de Plimpton a Hemingway.

 

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Sábado, 16 de enero

 

El cerebro es donde está todo nuestro pensamiento, nuestros sentimientos y nuestra personalidad, nuestras opiniones. Todo viene de nuestro cerebro. El corazón es solo una bomba. Necesitamos todos nuestros órganos, nuestros riñones, nuestros hígados, nuestros pulmones… El corazón es solo un músculo que bombea. No creo en la vida después de la muerte. Si no tuviésemos cerebro seríamos robots.

 

Entrevista de Laura Revuelta al neurocirujano Henry Marsh en ABC Cultural.

 

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Para Strand, la narrativa es muy distinta a la poesía. En la narrativa las palabras se encuentran subordinadas a la acción, a la trama. Leer una novela o un relato es avanzar y el lector está mejor preparado para leer ficción porque la mayor parte de los que se dice “ya lo sabemos”. En la poesía, por el contrario, la mayor parte de lo que se dice no se sabe o es desconocido. Lo que se conoce de un poema es su lenguaje, las palabras que usa. Solo que en un poema estas palabras parecen distintas. En un poema las palabras son la acción. Leer un poema es un ejercicio de lentitud.

 

[…]

 

La poesía es la manifestación del lenguaje en su forma más engañosa y seductora, a la vez que imprecisa.

 

César Antonio Molina en ABC Cultural.

 

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Domingo, 17 de enero 

 

Cuando premeditaba esto manejando, o bajo la ducha, o tirado en la cama, me parecía que tenía en la punta de la lengua toda la fuerza verbal, la cadena de frases que me iba a llevar a lo largo de estas páginas. Podía sentir esa vaguedad sintáctica del fluir de conciencia, esa instancia previa al lenguaje articulado donde todo parece posible. No diría que es una sensación falsa, porque lo que se siente realmente es que el texto ya está ahí, se intuye el párrafo, la progresión de imágenes, de ideas, la posible secuencia orgánica de la frase. Ese sueño diurno es real, esa emoción estética existe. Pero uno se sienta frente al teclado para escribir y esa ilusión de gracia se vuelve torpeza, como quien soñó que bailaba livianamente y una vez despierto intenta sin suerte hacer lo mismo.

 

Pedro Mairal en Maniobras de evasión.