2016/12 — La labor del editor

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Dijo "no, ahí no tienes razón", con algo de impaciencia que se alcanzaba a percibir en su casi invariable amabilidad, y comprendí que ahí había terminado mi labor de editor.

 

Entonces sucedió. Vargas [Llosa] había escrito su artículo con rapidez y pronto ello se notó en algún error indigno de él, que ni recuerdo: alguna cacofonía, alguna rima, algún pleonasmo. No me pude reprimir y se lo dije… y para mi gran sorpresa él lo reconoció de inmediato, cambió la palabra y dijo un humilde «Gracias» que, con sinceridad, no esperaba: si el engreimiento de los periodistas es a veces alto (y enternecedor), no quiero contar el de los escritores, y más en una situación semejante. Y lo alucinante es que la situación se repitió un par de veces más, con el mismo resultado, hasta que en la tercera dijo «no, ahí no tienes razón», con algo de impaciencia que se alcanzaba a percibir en su casi invariable amabilidad, y comprendí que ahí había terminado mi labor de editor.

 

Pedro Sorela en su blog.

 

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Cuando publiqué La agonía del dragón, primero de mis relatos dedicados a la transición política española, tuve cuidado de anunciar en la portada del mismo que se trataba de una novela. Lo hice advertido de que podría pasar lo que verdaderamente ocurrió y es que algún crítico avispado se encargara de resaltar que se trataba de “una novela de periodista”.

 

[…]

 

Otros, en cambio, me interrogaron sobre qué necesidad tenía yo de hacer literatura para explicar la realidad y tuve ocasión de explicar lo que genuinamente creo: que el reportaje o la crónica típicamente periodísticos pueden y deben servir para narrar los hechos, pero la descripción de los sentimientos tiene su residencia privilegiada en la ficción. Es así como somos capaces de descubrir un territorio tan ignorado por nosotros como esperado por quienes nos rodean, que es el de la imaginación. 

 

Juan Luis Cebrián en El País.

 

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Me siento más cómodo sin uso la primera persona. Ideas sobre el mundo tengo pocas, pequeñas e inciertas. Ya me parece pretencioso hablar de nosotros… Pero la primera persona es subjetiva, puede equivocarse, solo desde el yo puedo decir si una persona está loca o es normal. La tercera te ata a la tierra, salvo que seas Kafka.

 

Entrevista de Maribel Marín a Ugo Cornia en Babelia.

 

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Luis Mateo Díez dice que la ficción está desprestigiada. No sé. Creo que no. Yo creo que la autoficción, a veces, pone en evidencia una falta de credulidad en los motores de la imaginación, o de músculo narrativo. De Carrère leí en su momento El adversario, y hace muy poco terminé De vidas ajenas, que me ha parecido un completo desastre, un libro muy desagradable, inmoral.

 

[…]

 

Un libro siempre tiene que ser una búsqueda, y tiene que conquistar un territorio que, antes de ese libro, para ti estaba virgen. En el libro de Carrère yo no he detectado nada de eso. Y, en cuanto al uso de la autoficción, aquí lo que detecto es una carencia de recursos, como si ya hubiera dado con la tecla y se limitará a tocarla una y otra vez. Le funcionó con El adversario, que era un libro muy original después de A sangre fría o La canción del verdugo. Pero ahora parece acomodado. Sebald dijo que cualquier mediano artesano no hace sino repetir lo que sabe hacer una y otra vez.

 

Entrevista de Alberto Gordó a Antonio Soler en El Cultural.

 

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Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) escribió un breve ensayo titulado “Mi oficio”, incluido en el libro Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002) en el que explica qué es, para ella, escribir. En él habla del poder de las palabras, de cómo empezó componiendo poesías a una corta edad, del momento en que se dio cuenta de que lo que quería era escribir historias, del modo en que dibujaba sus personajes. Comenta lo que significó ser madre: “[…] Al principio, cuando eran muy pequeños, no lograba entender cómo se podía escribir teniendo hijos. No entendía cómo conseguiría separarme de ellos para seguir al personaje de un cuento. […] Pero sentía una feroz nostalgia, y algunas veces, por la noche, me daban ganas de llorar al recordar lo bonito que era mi oficio. Pensaba que volvería a él algún día, pero no sabía cuándo”. Para Natalia Ginzburg crear podía llegar a ser incompatible con la vida, con ser “terrenal”. “Cuando uno escribe algo serio, se mete dentro, se hunde hasta el fondo […] si cuanto escribe es válido y digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. […] no posee nada más y no pertenece a otros, y si no le ocurre esto, entonces es señal de que su página no vale nada.”

 

Zita Arenillas en Ahora.

 

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En Buenos Aires aún recuerdan la mañana de 1929 en que encontraron a Roberto Arlt en la redacción del periódico con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. Ante las preguntas y las angustias de sus amigos, dijo:

 

—¿Pero no ven la flor? ¿No ven que se está muriendo?

 

Enrique Vila-Matas en El País.

 

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En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

 

Decálogo para cuentistas, por Julio Ramón Ribeyro.

 

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NICK: By the way, I just saw a customer walking around with a copy of Donald Trump’s “The Art of the Deal.” I don’t know if he’s purchasing it ironically.

 

ALEXANDRA: An ironic purchase is still a purchase. I bet Trump and Amazon would agree on that.

 

A Trip Through Amazon’s First Physical Store.

 

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[Elena Ferrante] se ha explayado en los últimos años –a partir del éxito de la saga napolitana– en contadas entrevistas, ya que tiene una política de dar una nota por país y siempre por escrito. Pero la regla se rompió con la revista The Paris Review, que insistió en que fuera presencial. La solución: que la entrevistaran sus propios editores. Es la primera vez que la prestigiosa publicación no elige a sus periodistas para una nota y entrevista a un escritor con seudónimo.

 

Elena Ferrante, la mujer que no estaba.

 

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Mira, a mí no me interesa la metaliteratura, las teorías… todo eso me aburre muchísimo. Hay escritores que se tienen que armar con un montón de teoría para poder explicar sus libros. Es angustioso. A mí no me fascina la literatura, me importa un pimiento, de hecho. Me impresiona la vida. La literatura sólo me sirve para cantarla a ella, que es la reina de todo: la vida.

 

Entrevista de Lorena G. Maldonado a Manuel Vilas en El Español.

 

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“A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea y si no lo han hecho hasta ahora no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirven para nada. Son una birria”.

 

Eduardo Mendoza.

 

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En realidad ya no hay demasiada diferencia entre la traducción y el resto de mi vida. Siempre estoy traduciendo varias cosas distintas, dándole vueltas a una duda o una expresión, mientras como, mientras compro, todo el rato. La traducción es una enfermedad, lo juro.

 

Entrevista a Javier Calvo en Librújula.

 

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A la hora de dar forma a sus personajes, era raro que [John] O’Hara optara por la descripción más prosaica, y era conocida su aversión por la metáfora. “Las personas no son barcos, piezas de ajedrez, flores, caballos de carreras, pinturas al óleo, botellas de champán, excrementos, instrumentos musicales ni ninguna otra cosa, sino personas”, dejó escrito en su novela Butterfield 8.

 

Didac Aparicio en el prólogo de La chica de California y otros relatos, de John O’Hara.

 

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There’s not much to my studio. I had it built by a local contractor in my backyard to escape my house, which my four young children — ages 6, 4, 2 and 10 months — and my 19-year-old honorary daughter and my dog and my partner (also a work-at-home writer) make a very busy place, far too busy to write in.

 

Yann Martel en The New York Times.

 

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Uno diría que nada complace tanto al crítico literario como la práctica del desdén, mayormente si se expresa en un gesto que abarca a un ramillete amplio de autores o de obras. Este gustazo suelen dárselo los críticos al finalizar el año, a través de balances retrospectivos que se saldan con enunciados como «Un año anodino para las letras españolas» o «Un año mediocre para la literatura nacional». Es fascinante que toda una literatura pueda no estar a la altura de un hombre.

 

Alberto Olmos en buensalvaje.

 

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Sea como fuere, en ese primer encuentro no pensé que hubiese conseguido seducir a Naipaul, como corresponde al entrevistador de Cultura. Pues no otra cosa es ese sutil diálogo que es, o puede ser, una entrevista cultural: la intensa seducción de alguien que es a su vez un seductor profesional, que ha de nacer, desarrollarse -si se desarrolla- y concluir en muy poco tiempo: en torno a una hora, y hoy eso casi nunca. Y seducir al seductor para que el entrevistado no se sienta examinado sino invitado a compartir algo de esa riqueza que tiene.

 

Pedro Sorela.

 

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Lucia Berlin escribió historias eléctricas, que vibran como unos cables pelados al tocarse. La chispa de su prosa está, según Davis, en el ritmo “a veces fluido y tranquilo, equilibrado, espontáneo y fácil; y a veces entrecortado, telegráfico, veloz”. Debería poder leerse como un calambre, aprovechando la sacudida. Es una escritura capaz de hacer que los detalles más nimios de la vida de sus personajes, como por ejemplo esas visitas a la lavandería que hacen sin descanso, cobren importancia. Berlin posee el talento de los grandes cuentistas y la desesperación del que sabe que el tiempo es un animal invisible que roe por dentro: “Hay cosas que me dan una punzada de nostalgia, como las lavanderías. Una espera demasiado larga. La vida te pasa por delante de los ojos mientras estás ahí, hundiéndote sin remedio”.

 

Carmen G. de la Cueva sobre Lucia Berlin en Ahora.

 

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—¿Qué me dice del riesgo de escribir una novela de mil páginas? ¿Está el lector preparado?

 

—Era parte del miedo. Pensaba, inconscientemente, que me encantaban este tipo de libros y que debería escribir lo que me encanta. Al poco tiempo descubrí que los lunes a medianoche se formaban colas delante de las librerías para comprar el último libro de Harry Potter.

 

—Eso es imposible en España.

 

—También parecía imposible en EE.UU, pero la gente leía miles de páginas. Y en 2013, de repente, mi novela era publicable. Lo que pensaba que era un problema ya no lo era. La gente es buena prestando atención, está deseosa de cosas que capten su atención de una forma significativa y larga. Quiero pensar eso.

 

—Bueno, es escritor, tiene que pensar eso.

 

—Sí y quizás nuestra atención es fragmentaria en otros frentes. Hay algo rejuvenecedor, restaurador, en esta forma de prestar atención, que es muy gratificante para la gente. Si este libro no capta la atención será culpa mía, no del lector.

 

Entrevista de Inés Martín Rodrigo a Garth Risk Hallberg en ABC Cultural.

 

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Cuando me encuentro con lectores, aprendo. En A Coruña, mientras bebía un godello acompañado por una tortilla de patata gallega prohibidísima para mi hipercolesterolemia —que le den—, Luis, lector, me planteó sus dudas ante el exceso de referentes de actualidad local en mis novelas: “No perdurarán”. A mí eso no me importa, porque busco unos efectos más inmediatos de la palabra literaria y pienso: “Godello. Gallega.”

 

Marta Sanz en El Cultural.