2016/22 — Dos primeras páginas

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"¿Qué piensa de la literatura que se hace ahora? ¿Lee a sus contemporáneos, a la gente más joven? / Leo muchas dos primeras páginas". César Aira.

 

 

 

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Para [Michael] Moore, maestro de la sorpresa fingida frente a la cámara, Europa es poco menos que el paraíso de la civilización. “Los italianos siempre parece que acaban de tener sexo”, dice. Se refiere a la Italia que asocia, según reza en su postal, a Mario Bros y don Corleone.

 

Así que la estrategia pasa, una vez más, por hacer la película exclusivamente para sus conciudadanos. O más bien para el estadounidense medio, de educación básica y, preferiblemente, adicto a los reality shows y el periodismo amarillista. Su agenda probablemente contemple el adoctrinamiento de la conciencia social y el pensamiento de izquierdas (al menos, de la izquierda estadounidense), pero la banalidad de su sociología cómica puede incluso expulsar a los espectadores que están en su misma cuerda ideológica.

 

Carlos Reviriego sobre Where to Invade Next, de Michael Moore.

 

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—Los chimpancés, por lo que sabemos, han empezado a ser cazadores. En los últimos cincuenta años hemos acumulado ejemplos de grupos de chimpancés que han iniciado la caza para mejorar sus dietas. Por ahora esa caza juega un papel mínimo, solo el 3 por ciento de su alimentación, frente al 30-60 por ciento en los humanos. Pero ¿qué ocurriría si siguiesen practicando la caza durante los dos millones de años que llevamos nosotros?

 

—¿El planeta de los simios?

 

—Al cabo de unos dos millones, acabarían con esa misma imaginación que tenemos nosotros y aparecerían los consiguientes efectos culturales. Y sí, es ahí donde planteo la posibilidad de que lleguemos al planeta de los simios.

 

Entrevista de Luis Ventoso a Felipe Fernández-Armesto en ABC Cultural.

 

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—¿Qué originó sus desencuentros con Chávez que desencadenarían su destitución?

 

—No los tuvimos. Incluso Chávez vino una vez al museo sin estar programada su visita. Lo visitó, le agradó mucho y dijo que volvería. No le pedí nada para el museo. Si hubiera sido otro el presidente, sin duda que le habría pedido dinero (risas). El hecho es que yo dirigía el museo como consideraba que se hace en un país democrático. Eso no le gusta a los dictadores. La libertad. Y, básicamente, sin libertad no hay arte, ni formas de arte que valgan la pena.

 

Entrevista de Mirelis Morales Tovar a Sofía Imber en ABC Cultural.

 

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Otros –como Magrinyà– se van más atrás en busca de orígenes. “Cuando la novela está centrada en el yo, a lo mejor hay un origen en el Malte Laurids Brigge de Rilke. Cuando al novela no está centrada del todo en el yo, seguramente –y curiosamente– los pioneros son los narradores omniscientes del XIX. Esos que, si tenían que poner en una novela a qué hora llegaba el primer tren de la mañana de París a Ruán madrugaban, iban a la estación, esperaban y por fin apuntaban la hora. A eso Capote lo llamó ‘novela real’; luego se vio que no era cierto, que se inventó muchas cosas, pero a mí siempre me ha parecido que A sangre fría le salió muy flaubertiana”.

 

Si la ficción ha muerto… ¿Todo está permitido? Reportaje de Alberto Gordo en El Cultural.

 

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La muerte acecha a los personajes de Don DeLillo, ya sea en forma de terrorismo, bomba atómica, asesinato, suicidio, guerra, terremotos, cultos sanguinarios o “un episodio tóxico aéreo” que sobrevuela la tierra “como una especie de nave funeraria en una leyenda escandinava”. Para intentar conjurar el miedo a la muerte, los habitantes de su obra recurren compasivamente a sistemas de creencias, drogas, aficiones, principios organizadores (desde el fútbol hasta las ecuaciones matemáticas pasando por las historias), rituales domésticos, o cualquier cosa capaz de mantener a raya el hecho inexorable de la condición mortal. “Todas las tramas tienen tendencia a avanzar hacia la muerte”, sentencia el narrador de Ruido de fondo. “Es su naturaleza. Ya sean tramas políticas, terroristas, tramas de amantes, tramas narrativas o tramas de los juegos infantiles. Cada vez que tramamos algo, nos acercamos un poco más a la muerte. Es como un contrato que todo el mundo tiene que firmar, tanto los que urden la trama como los blancos de la misma”.

 

Michio Kakutani en El Cultural.

 

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La historia es bien sabida: poco después de entregar a un editor sus exitosas memorias, En movimiento, el neurólogo Oliver Sacks supo que el melanoma sufrido en el ojo izquierdo hacía 10 años había hecho metástasis, y que sólo le quedaban seis meses de vida. Gratitud (Anagrama) nos descubre cómo asumió la muerte a través de cuatro artículos en los que reivindica la vejez como una “época de ocio y libertad”, acepta que ya no “queda tiempo para lo superfluo” y confiesa su miedo pero también su gratitud: “He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio”. Por eso, desde la última vuelta del camino, termina proclamándose “un ser sintiente, un animal pensante en este hermoso planeta y eso ha sido ya un enorme privilegio y una aventura”. ¿Hace falta más?

 

En El Cultural.

 

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La cultura, en las últimas décadas, se ha vuelto anglosajona, o directamente americana, aquí como en todas partes, en lo mejor y en lo peor, en lo singular y valioso y en la generalización de la basura. Pero en algunas cosas de primera importancia a uno le gusta seguir siendo afrancesado. En la defensa de la igualdad civil y el laicismo, por ejemplo; en los ideales prácticos de la instrucción pública y la separación de la Iglesia y el Estado, que en España siguen siendo en gran parte quimeras; en el ejercicio insobornable de la razón ilustrada y la irreverencia crítica, que nació con Montaigne y sigue más vivo y relevante que nunca en cualquier página de Diderot.

 

Antonio Muñoz Molina en Babelia.

 

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“No puedo pasar página”, se lamenta Jill Price. Ella no puede olvidar. Su primer recuerdo nítido se remonta a los dos años, en la cuna, cuando se sobresaltó por los ladridos del perro de su tío. Desde los ocho retiene cada momento de su vida. Su memoria prodigiosa no le deja descansar. “Imparable, incontrolable y automática”, describieron asombrados los expertos que estudiaron su caso por primera vez. “Muchos lo llaman don, yo tormento”, sentencia.

 

América Valenzuela en Papel.

 

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—¿Qué piensa de la literatura que se hace ahora? ¿Lee a sus contemporáneos, a la gente más joven?

 

—Leo muchas dos primeras páginas.

 

Entrevista de Inés Martín Rodrigo a César Aira en ABC

 

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No voy a comentarles el libro de Iturralde, que les recomiendo, pero evocaré un recuerdo personal de Paulino Uzcudun. Cuando ya era muy viejo, solía coincidir con él en el autobús que tomaba para ir a la universidad. Paulino estaba allí cuando yo subía, sentado con su cachaba entre las piernas y la txapela en la cabeza desguarnecida. Casi nadie le reconocía, su leyenda era cosa remota. Un día montó una niña de ocho o nueve años, con su carterita de colegiala (no se estilaban las mochilas), deliciosa y formal, quizá orgullosa de volver ya sola a casa. Se agarró a la barra vertical junto al asiento del viejo, pero entre los acelerones del vehículo y el peso de la cartera le costaba mantener el equilibrio. Un par de veces pareció que iba a caerse. Entonces Uzcudun cubrió con su manaza la manita de la niña en la barra, sujetándola de modo que ya no había peligro. La rescatada le sonrió alegremente, sin asustarse del ogro demolido. Ese gesto, ese puño convertido en mano protectora, la redención de la fiera…

 

Fernando Savater en El País.

 

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Publicar un libro de retazos, juntando textos escritos por un autor en distinto medios y formatos, puede parecer una labor sencilla. Un lector poco imaginativo podría pensar que todo se limita a recortar y pegar. Nada más lejos de la realidad. Los libros que recuperan la prosa inmediata y fugaz destinada a un periódico o un blog, que por su propia naturaleza son efímeros, es un trabajo minucioso, casi de orfebrería. Hay que buscar cada pieza y engarzarla en el lugar exacto, para que la lectura adquiera ritmo, cadencia, música. Y así, una vez completada la obra, ocurre el milagro de que el texto final ofrece un retrato completo de una voz y una mirada construidas a lo largo del tiempo, con el poso que deja el transcurso de una vida.

 

Nota del editor a Mientras haya bares, de Juan Tallón.

 

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El libro no tiene desperdicio. Grandes artistas y pintorescos personajes transitan por él cada uno con su vida a cuestas y la marca que lo señala como alguien singular. Es también un libro agradecido y refrescante que contiene imágenes espléndidas e incisivas sobre la condición humana. Lo único que no deben hacer es leerlo como yo, de un tirón, obligado por esta reseña. Es el libro perfecto para la mesilla de noche o la intimidad del cuarto de baño. Lo mejor es leer un poco todos los días; preferentemente al azar porque así nunca sabremos si lo hemos leído del todo y siempre tendremos la esperanza de encontrar otra página que se nos había escapado, como en el cuento de nunca acabar.

 

José María Guelbenzu reseña Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos en Babelia.

 

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—Lleva cuatro años viviendo en Estados Unidos. ¿Sería capaz de escribir un relato ambientado allí?

 

—Me cuesta mucho escribir sobre el lugar en el que vivo. Parte de mi segunda novela transcurre en Chipre, pero no la logré escribir hasta que me marché de allí. Siempre necesito esta distancia. Por ejemplo, si tuviera que describir este encuentro ahora mismo, diría solo lo obvio. En cambio, si me espero hasta que caiga la noche, seguramente lograré quedarme con lo importante. Necesito retirarme de la inmediatez para que lo vivido se convierta en algo manipulable y no lineal, susceptible de ser articulado de otra manera, como si me convirtiera en un dios capaz de recomponer las cosas a su gusto. Para mí, en eso consiste escribir.

 

Entrevista de Álex Vicente a Chigozie Obioma en Babelia.

 

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Me gusta la literatura que no está muy segura de sí misma, pero a la vez también esta prosa alemana tan segura, tan vanidosa incluso: prosa audaz, capaz de pensar sin la menor represión; un periodismo potente, de crítica cultural libre, que vence al tiempo por su permanente huida del vocerío general.

 

Enrique Vila-Matas en El País.

 

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Si tu amigo es tonto, es su problema. ¿Es que no te conoce? Tú no tienes la culpa de quedarte con algo que no te pertenece. No, al menos, cuando ese algo es un libro. Cosa distinta es que hablemos de dinero, de un litro de leche semidesnatada, o de una chaqueta que le pediste prestada un día que te sorprendió un anochecer fresco al salir de su casa. Tienes unos valores. No muchos, pero firmes. Cualquiera sabe que una chaqueta prestada se devuelve, sí o sí, antes de que pasen uno o dos años. Pero un libro. Ay, un libro. Y más si hablamos de un libro maravilloso, que te hará feliz, y que no querrás que haga feliz a nadie más que a ti. No, ese libro nunca regresará a casa de tu amigo. Ahora su hogar es tu casa.

 

Juan Tallón en ctxt.es.

 

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Te levantas un sábado. Abres Facebook y encuentras un mensaje del poeta David González que te deja mal cuerpo: “Siete y cuarto de la mañana. Acabo de llegar a casa. Dos días sin dormir. Uno sin comer. Salvo una caja entera de Rubifén, no sé cuántos gramos de speed y alcohol de todas las especies y en cantidades industriales. Sí, a qué engañarte a ti o engañarme a mí: la vida o lo que sea me ha vencido, me ha derrotado en toda regla, así que ahora voy a invertir mi tiempo y mi dinero (cuando lo tenga) en autodestruirme. Pero pasándolo lo mejor que pueda, es decir: drogas, mujeres, dobletes y tripletes y así hasta que el cuerpo ya no aguante…”. ¿Cuál es el motivo de esta decisión extrema? Lo explica el propio mensaje: “Si lees esto, no te confundas. No estoy deprimido o triste. Solo soy realista. Solo eso. Solo soy uno más de tantos y tantos fracasados e infelices y solitarios. Nada nuevo bajo el sol. Pero sí algo nuevo bajo la lluvia permanente que me espera de aquí a que la palme. Que espero, y lo espero sincera y literalmente, sea lo más rápido posible”. Así de crudo, así de claro.

 

Alcohol, mujeres y speed… hasta morir. El suicidio planeado del poeta David González.

 

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Colum McCann, an award-winning author, says that Mr. Barry’s book, just out this month, “had to be written — the same way that Grapes of Wrath had to be written.” Going further, Mr. McCann says Mr. Barry is “the closest we have to a modern Steinbeck.”

 

Susan Lehman en The New York Times.