2016/35 — Lecturas de agosto

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El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. (Lucía Berlín, Manual para mujeres de la limpieza)

 

«Ella le demostraba lo que sentía con sus actos. Iba a verlo al sótano todos los días después de trabajar, y luego volvía a su casa de noche. Yo tengo mucha energía. No le compró cacharros de cocina, no era del tipo maternal. El día que recogió sus latas vacías y las llevó a reciclar, lo hizo como negocio, no porque creyese que debía limpiarle la habitación. Con el dólar y pico que ganó, compró un pincho de pollo y lo guardó para comérselo con él, a medias, aunque la carne ya estaba fría cuando llegó andando entre las casitas cubiertas de pintadas en español. Recorrer todos esos kilómetros le gustaba. Se acercaba la primavera y la gran rueda de la ciudad empezaba a girar.

 

No puedo librarme de ti. A lo mejor es por la pizza, o puede que te guste por otra cosa, bromeaba él.

 

Era por la ropa militar, le dijo ella. La chaqueta del ejército. La manta militar. Son tus botas. Me encantan tus botas. ¿Y qué me dices de esto? Skinner se levantó la camiseta.

 

¿Es la metralla de mi espalda? ¿Es la guerra?

 

Me encanta tu guerra, dijo ella.»

 

Preparación para la próxima vida (Sexto Piso) —Atticus Lish.

 

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«En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delirium trémens.

 

El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.»


Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara) —Lucia Berlin.

 

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«Las últimas apariciones públicas de Roca en los rings del Nuevo Mundo y el Iris Park reunieron a centenares de espectadores. Su popularidad iba en aumento, alimentada por la prensa deportiva. Terminó su carrera como púgil a principios de julio de 1932. Unos días antes, en la verbena de San Juan, había actuado en Barcelona el célebre Rafael Dutrús Zamora, ‘Llapissera’, el inventor del toreo cómico, con su banda Los Calderones. La Plaza de Toros de Las Arenas estuvo llena a rebosar. Roca era una especie de boxeador cómico, que a cada golpe de dejaba la vida.

 

Retirado del boxeo, empezó a escribir, y en pocos meses ya tenía un volumen publicado, ‘De boxeador a literato’, estructurado caóticamente a partir de experiencias personales de la guerra del Rif, de un viaje a Madrid y del boxeo en Barcelona. La figura cómica del autor literario fue una prolongación del personaje trágico del boxeador. Y, sin solución de continuidad, se convirtió en objeto de burla en la prensa deportiva y humorística.»


Jamás me verá nadie en un ring (Comanegra) —Julià Guillamon.

 

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«En los entrenamientos de él y míos me dio un trompazo que no pienso recibirlo jamás. Era de alivio. Estrellas las vi a millones, resultaba que aquel trompazo, no habiendo recibido nunca uno tan fuerte ni parecido, vi un resplandor como si hubiera habido dentro del Teatro Alympia toda la Energía Eléctrica de Cataluña dentro, que con tanto disparo magnético que se me produjo en un segundo, vi todo el mundo y sus estrellas de arriba el globo terrestre; vi hasta a San Pedro que corría por dentro del barrio chino buscando la Criolla, buscando Gloria, vi siete curas y una monja, buscando una esponja para mí como saben soy fiel, pues él dice donde estés corazón, que te siento palpitar, me voy a merendar, y comeré mucho, si no me disgusto.»

 

De boxeador a literato (Comanegra) —Pedro Roca.

 

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«Le expliqué que los únicos capellanes de los que yo sabía estaban en la ciudad y ambos sabíamos que el camino a la ciudad estaba cortado.


—Vaya —dijo—. Bueno, entonces escucha, si me toca esta noche…

—No habrá problema, hombre.

—Escúchame de todos modos, si pasase…, tengo el presentimiento de que pasará… ¿Te asegurarás de que el coronel le diga a mi gente que estuve buscando un capellán de todos modos? Se lo prometí, y montaron en los jeeps y se fueron. Más tarde me enteré de que había habido un breve combate pero sin bajas. No tuvieron que utilizar el lanzagranadas. Volvieron todos al recinto dos horas después. A la mañana siguiente se sentó a desayunar en otra mesa, y dijo en voz alta unas cuantas burradas sobre los amarillos, sin querer mirarme. Pero al mediodía se me acercó, me apretó el brazo, sonrió, fijos los ojos en un punto indeterminado que quedaba a la derecha de los míos…»

 

Despachos de guerra (Anagrama) —Michael Herr.

 

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«Y, sin embargo… ¿qué idioma hablamos con nosotros mismos, con los demás? Por eso me gusta el lenguaje oral, no le debe nada a nadie, fluye libremente. Todo está suelto y respira a sus anchas: la sintaxis, la entonación, los matices, y así es como se reconstruye exactamente el sentimiento. Yo rastreo el sentimiento, no el suceso. Cómo se desarrollan nuestros sentimientos, no los hechos. Probablemente lo que yo estoy haciendo se parece a la labor de un historiador, soy una historiadora de lo etéreo. ¿Qué ocurre con los grandes acontecimientos? Quedan fijados en la Historia. En cambio, los pequeños, que sin embargo son importantes para el hombre pequeño, desaparecen sin dejar huella. Hoy mismo un chico —no parecía un soldado, era frágil y de aspecto enclenque— me ha contado lo extraño y a la vez apasionante que es matar todos juntos. Y lo espantoso que es fusilar. ¿Acaso eso quedará en la Historia? Eso es a lo que yo me dedico desesperadamente (libro tras libro): a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana.»

 

Los muchachos de zinc (Debate) —Svetlana Alexiévich.

 

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«Baum tenía encanto y carácter, ambas cualidades auténticas. Los sueldos del sector editorial eran tradicionalmente bajos, y el que ofrecía era sólo un poco más bajo que la media. En un negocio incierto donde competía con grandes empresas ya consolidadas resultaba imprescindible controlar los gastos. Somos una editorial literaria, le gustaba decir haciendo de la necesidad virtud. No iban a rechazar un ‘bestseller’ por una cuestión de principios. La idea, aclaró, era pagar poco y vender a mansalva. En la pared de su despacho colgaba la carta enmarcada de un colega y amigo, un editor de más edad a quien le había pedido que leyera un manuscrito. El papel conservaba las dos marcas de los pliegues e iba directamente al grano: “Se trata de un libro previsible con personajes huecos descritos en un estilo que crispa los nervios. El idilio amoroso es una cursilería carente de interés, de hecho acaba siendo repulsivo. Salvo lo absolutamente obsceno, no se deja nada a la imaginación. Pura bazofia”.

 

—Vendió doscientos mil ejemplares —dijo Baum—, y ahora van a hacer una película. Ha sido el libro que mejor nos ha funcionado. Lo tengo ahí como recordatorio. No quiso añadir que a él tampoco le había gustado aquel libro y que lo había publicado persuadido por su mujer, quien dijo que la historia tocaría la fibra de la gente.»

 

Todo lo que hay (Salamandra) —James Salter.

 

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«El origen del término [‘feuilletonist’] se remonta a más de cien años atrás. El periódico parisino ‘Journal des Débats’ adjuntó a su edición del 19 de febrero de 1800 un pequeño cuadernillo que contenía noticias y críticas de conciertos, óperas y obras teatrales. El ‘feuilleton’ —’hojita’, ‘suplemento’— fue bien acogido por los lectores y pasó a imprimirse en la primera plana, eso sí, relegado a la franja inferior y separado por una raya de la información de carácter general, de ahí que fuera conocido como ‘la sección bajo la raya’. Con el paso del tiempo, la idea fue copiada por otros diarios; en muchos de ellos el ‘feuilleton’ se extendió hasta llegar a ocupar varias páginas interiores, las noticias y críticas empezaron a abarcar otros campos más allá del mundo del espectáculo, y muy pronto la sección se vio enriquecida con relatos de viaje, reseñas literarias, cartas de lectores, ensayos, poemas, cuentos, anécdotas, capítulos de novelas…, hasta configurar un bien nutrido suplemento cultural.»


La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (Acantilado).

 

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«Del fallo del caso Giner, por el contrario, se siente muy orgulloso. Es un objeto jurídico que le encanta. Primero porque no es una sentencia de izquierdas. Étienne no se ve en absoluto como el izquierdista peligroso que denuncian los abogados de Cofidis. Se define como socialdemócrata, pero cree en las virtudes de la competencia: es aún más placentero atrapar en su propia lógica, con un argumento que podría suscribir Alain Minc, a una entidad crediticia ultraliberal. Sobre todo le gusta el estilo, el contraste entre la enormidad del problema planteado —¿qué es el orden público?— y la falsa ingenuidad desconcertante, socrática, de la pregunta que lo resuelve: ¿he leído bien? Le gusta esta forma simple y evidente de dar en el blanco. Lo comprendo. Es lo que también me gusta a mí en mi trabajo: cuando es simple, evidente, cuando da en la diana. Y, por supuesto, cuando es eficaz.»

 

De vidas ajenas (Anagrama) —Emmanuel Carrère.