2016/38 — Notas a pie de página

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“¿Quién de nosotros no soñaría que pudiera decirse de su obra de toda una vida: escribió unas cuantas notas al pie?”.

 

 

 

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En la exposición sobre Camilo José Cela que hay ahora en la Biblioteca Nacional, una de las cosas que llaman la atención, aparte de su interés por coleccionar esquelas mortuorias y diplomas y esculturas o artefactos de premios, es lo joven que era todavía cuando ya había emprendido la publicación de sus Obras completas, como un faraón que empieza las obras de su pirámide nada más ser elevado al trono.

 

Antonio Muñoz Molina en Babelia.

 

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—¿Le ayudó la escritura?

 

—Me ahorró muchos psicólogos, deseos de intentos de suicidio y mucho sufrimiento. Yo no habría podido sobrevivir sin escribir, sin leer y sin ver cine.

 

Entrevista de Maribel Marín a Luisgé Martín en Babelia.

 

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Esto es solo el principio. Aparatos como el Kindle de Amazon pueden recolectar constantemente datos de sus usuarios mientras leen libros. Tu Kindle de Amazon puede monitorizar qué partes de un libro lees rápidamente y cuáles lentamente; en qué página paras y en qué frase abandonas el libro para no volver a cogerlo nunca más. Si Kindle se actualizara con software de reconocimiento facial y sensores biométricos, sabría cómo influye cada frase en tu ritmo cardiaco y la presión de la sangre. Sabría qué te hace reír, qué te pone triste, qué te irrita. Pronto, los libros te leerán a ti mientras tú los lees a ellos.

 

Big Data, Google y el fin del libre albedrío.

 

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Simone Leys utiliza a menudo las notas a pie de página. Algunas remiten al libro que comenta o cita; otras no son tan académicas. Leys debía de ser consciente de la importancia de estos escritos en letra de menor cuerpo porque a mitad del libro se pregunta: “¿Quién de nosotros no soñaría que pudiera decirse de su obra de toda una vida: escribió unas cuantas notas al pie?”.

 

Simon Leys. Pasión por la literatura.

 

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La invitación de Torcuato Luca de Tena a incorporarse a ABC era todo un triunfo y, por si no fuésemos capaces de entenderlo bien, Fernández Flórez nos lo dejó explicado: «Como las condiciones en que hoy se logra el acceso a los periódicos y se consolida una firma son muy distintas, quizás mis más modernos colegas no puedan comprender con toda exactitud cuánto representó para mí aquel ofrecimiento y cómo me turbó el que ante mí se abriesen tan inesperadamente las doradas puertas de la más codiciable oportunidad. Apenas llevaba un año en Madrid [mentirijilla: eran más de dos años en la capital] y mi nombre era desconocido. Si cuando recibí el telefonema del insigne fundador de ABC no existiesen otros medios de comunicación entre la Corte y La Coruña, creo que hubiese emprendido el viaje a pie». A renglón seguido añade, y aquí queríamos llegar: «Era la tribuna más prestigiosa la que se me brindaba, el más potente altavoz, el escaparate más iluminado».

 

En el blog de Isabel Gómez Rivas.

 

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De hecho, las crónicas escritas de esos días no señalan ninguno de esos incidentes. Tanto en periódicos como en otros registros fiables, el estreno pasa por ser un acontecimiento impactante, sí, pero no violento. Así las cosas, si nadie se hubiera preocupado de escribir la trifulca para extraerla de la hoguera del lenguaje hablado, lo que quedaría de aquello sería lo que fue escrito en los diarios. De ahí la superioridad de la escritura sobre el relato oral.

 

El tiempo borra toda onda sonora, pero no tanto la tinta sobre el papel. Lo que ocurrió aquella noche, en estricto, no puede saberse, pero se trata del vivo ejemplo del nacimiento de un mito, el cual por definición no sólo necesita de vagos hechos para perdurar en el tiempo, sino de su institucionalización: ser puesto por escrito. Y es a esa clase de escritura a la que llamamos novela.

 

Agustín Fernández Mallo en El Cultural.

 

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John Le Carré (Dorset, 1931) cuenta que hace años, cuando estaba pensando en escribir su autobiografía, contrató a dos detectives para que lo investigasen a él y a su familia. Al haber sido hijo de un aventurero estafador, espía del Servicio Secreto de Su Majestad, y un novelista que había dedicado su vida a inventar historias, la verdad y el recuerdo acostumbraban a confundirse entre sí. “Les expliqué que era un mentiroso. Nací para mentir, me educaron para ello, un sector que miente como medio de vida me entrenó para hacerlo, y adquirí experiencia siendo novelista”.

 

John Le Carré. La falsa memoria de un mentiroso.

 

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Hace unas semanas durante un congreso en el Instituto Kennedy de Berlín un colega me habló entusiasmado de la “Ficción especulativa”. El término no me resultaba ajeno, toda vez que mi último doctorando lo había utilizado en su tesis sobre Isaac Asimov. Según me ilustró, la ficción especulativa supera los límites de la ciencia ficción, pues interesa la certidumbre potencial de la fantasía en su sentido más general, desde el inocente cuento para niños hasta el escabroso relato gótico. Se trataría en definitiva de recrear una suerte de realidad paralela o virtual urdida por propia imaginación pero que puede ser susceptible de acontecer realmente. El autor referencial que mencionó fue, precisamente, Neil Gaiman (Portchester, Inglaterra, 1960), cuyo volumen de relatos Material sensible se acaba de traducir al español.

 

José Antonio Gurpegui sobre Neil Gaiman en El Cultural.

 

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Steiner se lanza a recordar cómo, apartadas habitualmente del mundo de los hombres, las mujeres hubieron de “desarrollar sus propios hábitos casi orgánicos de referencias, alusiones y comprensión”, empleando para ello códigos propios. “La entrada de la mujer en el discurso general es muy reciente”, observa Steiner. Y, aunque tímidamente, sugiere que esa entrada se habría producido sobre todo a través de la novela.

 

“En gran medida la novela se ha convertido en un territorio de las mujeres”, afirma Steiner, para nuestra sorpresa. “Son ellas quienes la dominan. Y la novela es precisamente la forma multilingüe y políglota por excelencia, que pone en escena distintos niveles de discurso y vocabulario.”

 

Ignacio Echevarría sobre George Steiner en El Cultural.

 

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Leer es un riesgo. Leer, querer leer y saber leer son costumbres cada vez menos garantizadas. Leer libros no es algo natural y necesario como caminar, comer, hablar o usar los cinco sentidos. No es una actividad vital, ni en el plano fisiológico ni en el social. Viene después, implica una atención especialmente consciente y voluntaria hacia uno mismo. Leer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora. Requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración. Es una forma de salirse de uno mismo y del ambiente que nos rodea, pero también es un medio para conocerse mejor, para ser más conscientes de nuestro orden y desorden mental.

 

Leer es un riesgo (Círculo de Tiza) —Alfonso Berardinelli.

 

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Un crítico, por el contrario, es aquel que compra libros con la idea de que los leerá, de que definitivamente quiere leerlos, que tiene que leerlos: y, mientras tanto, los contempla, los desea, construye con su presencia física su propio futuro como lector, siente remordimientos porque la vida misma le impide leer o releer todo lo que querría.

 

Leer es un riesgo (Círculo de Tiza) —Alfonso Berardinelli.