42. O sea que nadar era eso…

0
333

 

Y no era tanto la espera fuera del agua pues, si es preciso, un delfín es capaz de esperar mucho.

 

No, lo que había abatido a Piojo peor que cualquier peligro, que cualquier herida –aunque nunca lo sabremos- fue la certeza, en esa cueva oscura, de haber regresado a una versión peor del Acuario de los Siete Mares, y además sin estrellas ni la compañía de Ramón, el pulpo.

 

Sabiendo que el envío de Gamba 14 y hasta de una langosta cargada de argumentos sobre qué bello es vivir sería inútil, pues Piojo agonizaba por fuera del agua, Cangrejo se hizo una violencia extrema y aceptó que Felpudo le llevase hasta él, en lo alto de la cueva.

 

Al principio el tiburón Alfombra había propuesto sujetarle una pinza con su boca y llevarlo así, un poco como algunas fieras llevan a sus crías, pero Cangrejo fue incapaz de aceptar. Por buena, por noble que fuese la causa, y aunque sabía que un solo cangrejo no le hubiese servido a un tiburón ni de aperitivo, meter una de sus pinzas entre los dientes de uno de ellos era superior a sus fuerzas.

 

– Gracias, pero no, se excusó, y a cambio persuadió a Felpudo para que metiese el morro en la arena, como si quisiese capturar algo que allí se ocultaba. Es algo que los tiburones pueden hacer pues perciben la electricidad de lo que se esconde. Entonces Cangrejo se le subió en el morro.

 

Ni que decir tiene que Felpudo dudó. ¿Un cangrejo sobre el morro? Qué iban a decir si alguien le veía. Nunca podría recuperarse de ese ridículo.

 

– Recuerda al Megalodonte, le dijo Cangrejo cuando percibió que ya no veía con tanta nitidez la misión. Recuerda sus dientes. Imagina que los pone a competir para el equipo de los Alfombra: sus descendientes.

 

La nobleza de esa palabra, “descendientes”, dio el impulso final que permitió el comienzo del viaje, y aunque duró unos instantes, bastaron para cambiar la vida de Cangrejo para siempre:

 

– ¿O sea que nadar era eso?, se decía mientras iba en el morro de Felpudo. Si es como volar…

 

Los cangrejos tienen mucha imaginación, de eso viven, y como no podía hacer ninguna de las dos cosas, Cangrejo siempre había creído, y ahora lo confirmaba, que nadar era igual que volar. Volar como las gaviotas y demás pájaros que algunos peces ven a veces más allá del techo del mundo, la superficie del mar -o sea que los ven como una especie de estrellas fugaces, de meteoros-, y sobreviven al peligro de ser pescados con aquellos picos de puntería prodigiosa. Luego esos peces se traen del techo del mar las historias de su heroísmo y llenan las profundidades de leyendas sobre los pájaros de más allá del techo del mundo.

 

La sensación de libertad venía dada no sólo por poder moverse arriba y abajo como cualquier delfín, sino también por la velocidad. Para no caer, Cangrejo tuvo que agarrarse con todas sus fuerzas a las arrugas y branquias del tiburón, aquellas de las que sale lo que un día será risa, y en los pocos segundos que duró, Cangrejo se emborrachó para siempre con el poder de nadar y volar, y hacerlo con la velocidad de un tiburón, una gaviota.

 

Eso fue de verdad lo que le permitió comprender a Piojo. Si Piojo había sido hecho para nadar por el mar, con alegría y dando saltos, con lo que también tenía un poco de pájaro. Si Piojo había nacido para una vida que se parecía lo más posible a la libertad… ¿cómo había podido resistir el Acuario? Y, sobre todo, ¿el regreso a la cárcel?

 

Cangrejo lo intentó: se subió a la playa, corrió de lado hasta el morro de Piojo y le gritó con todas sus fuerzas:

 

-¡Ya puedes volver al mar!

 

 Piojo abrió su ojo ya medio cerrado y algo pasó por esa pequeña raya… Tal vez reconoció a quien le había estado enviando mensajes desde el fondo del mar… Quizá un resto de alegría al saber la noticia con la que había soñado toda su vida sin saber muy bien qué era eso que anhelaba: La libertad. Al fin. Estaba en libertad.

 

Entonces murió. Como si hubiese estado esperando a que la libertad le diese permiso para hacerlo, exhaló un suspiro a través de su sonrisa enigmática –uno de los misterios de nuestro mundo: por qué sonríen los delfines-, y murió, y Cangrejo se quedó allí durante un largo rato, velándolo.

 

No se sentía mal. Al contrario, sentía una especie de alivio: había algo insoportable en la idea de un delfín encerrado en una cueva. Y en el mar, donde la muerte suele ser banal y llegar a traición, a Cangrejo esa le parecía una forma noble de morir. Piojo hubiese tenido que nacer de nuevo, y reencarnado en calamar o en pez payaso, para aceptar vivir cautivo y bajo techo después de haber recuperado el mar sin límites y nadado en la tormenta.