82 países indignados, y sumando

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950 ciudades de 82 países siguieron, con mayor o menor afluencia, la convocatoria masiva de manifestaciones contra el sistema financiero que simboliza Wall Street; esto es, contra el sistema capitalista y su deriva financierista. Miles de personas en Roma, Madrid, Barcelona, Lisboa, Nueva York. Aquí, en Brasil, fueron menos los que desafiaron a la lluvia en São Paulo o Rio de Janeiro, pero pocos días antes, el miércoles pasado, 20.000 personas se congregaron en Brasilia para protestar por la corrupción generalizada en un sistema político clientelista y elitista.

 

Alguno de mis amigos brasileños comentaron sobre las manifestaciones en Europa, ¡ah, claro, pero tuvieron que venir mal dadas para que protestaran por los excesos del capitalismo! Y sí. La gente normalmente tiene que verse afectada en su vida cotidiana para hacer algo por cambiar un orden de cosas injusto. Y existe un límite de tolerancia del abuso que varía según los pueblos, la historia, las expectativas. Los bolivianos dijeron basta ya a la privatización del agua cuando les prohibieron por ley recoger el agua de la lluvia (¿¿??!!!!!). Los españoles llegaron al 40% de paro juvenil para acampar en la plaza del pueblo. Mientras vivieron del crédito y especularon alegremente con sus casas, parece que no fueron tantos los que se indignaron por la obscenidad de los lucros bancarios. Pero no creo que por ello deba minimizarse o estigmatizarse lo que representan movimientos como el de Ocupa Wall Street y los indignados de Sol, o como las revueltas árabes, o los estudiantes chilenos, o, sobre todo, el propio hecho de que tantos ciudadanos salgan a la calle en puntos diversos del globo, en medio de un clima planetario en que cada vez más personas, más o menos favorecidas por la suerte que les regaló su lugar de nacimiento, se cuestionan la injusticia del orden social.

 

Sí, necesitamos ser propositivos. Sí, es jodidamente difícil crear un movimiento con capacidad de mover a cambios que sea, a la vez, lo bastante inclusivo para que seamos muchos y lo bastante exclusivo como para albergar en su seno propuestas concretas, diferentes y dinamizadoras. Es un reto a la altura de los tiempos, y es mi generación, somos nosotros, los que estamos entre veintitantos y treintaytantos, los que estamos llamados a afrontarlo.

 

“Tenemos que tratar este bello movimiento como si fuese la cosa más importante del mundo. Porque de hecho lo es”, dice Naomi Klein. En el mismo artículo, la autora de La doctrina del shock compara el nuevo movimiento con el que tomó Seattle en 1999, cuando la palabra globalización se ponía de moda. Claro que entonces, recuerda Klein, el sistema estaba funcionando a todo gas, y era más difícil hacer entender las pesadas consecuencias ambientales o sociales de un modelo errado en sus propios fundamentos. Es la idea central de la serie de documentales Zeitgeist: no culpes a los bancos, ni a las empresas, ni a un cierto gobierno o legislación; es el sistema en sí mismo. Porque el sistema plantea la economía al revés: mira primero por el lucro de las empresas, después por el bienestar de las personas, sólo en último lugar por los recursos disponibles. El Proyecto Venus que plantea Zeitgeist pretende darle la vuelta a la tortilla: comenzar analizando los recursos disponibles, y a partir de ahí, estudiar cuál es la manera más eficiente de trabajar con esos recursos para cubrir las necesidades de la humanidad. Le llaman ‘economía de recursos’, y nos plantea la necesidad de implementar un sistema económico que sea económico, pues el capitalismo es el sistema más derrochador que pueda imaginarse. Crea necesidades innecesarias,produce cosas programadas para dejar de funcionar mucho antes de lo que sería posible, y cuando se rompen, obliga a que las personas compren de nuevo el aparato entero en lugar de sustituir la pieza que se quebró. ¿Alguien cree que esto pueda tener alguna lógica en un planeta en que la Naturaleza ya nos advierte de que, en todos los órdenes, los recursos están por agotarse? Estamos esquilmando el planeta, siendo profundamente egoístas con las generaciones futuras, y con una amplia porción de la población actual que SE MUERE DE HAMBRE. A cambio, unos cuantos viven en medio de una opulencia tan vacía que les hace profundamente infelices. Sí, definitivamente el mundo está al revés. Pero cada vez somos más los que estamos dispuestos a darle la vuelta.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.