90 minutos con los nazis

Donde se recuerda que si el fascismo no tiene estética provoca risa. Mucha.

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Las miradas al infinito, los cabellos en dos alturas, los cogotes arios y los ojos inflamados con la llama de la fe. Nos encontramos en un mitin ultraderechista, fascista de verdad y no de mentirijilla, y nos chanelan la sublime doctrina. Todos los tópicos habidos y por haber salen por la boca del inquisidor: la corrupción social, el judío como enemigo de la humanidad, la decadencia de occidente y los múltiples adversarios del que llaman etnoestado blanco. A mi vera, una ancianita «neocon» aprieta los puños cada vez que se menciona la palabra inmigrante y sueña con envenenarlos a todos con arsénico. En las paredes, retratos en blanco y negro de todas las camisas viejas, pardas y negras que uno pueda imaginar; efigies con esa acechanza de fulgor fanático, excepción de Foxá, propias de los cruzados de la causa.

«Hoy se sale»

La mesa cercana, con los libros más floridos y reaccionarios, es un mosaico colorido de sagradas escrituras filo fascistas, aunque reconozco admirar dos o tres piezas por encanto literario (los libros de Ruano y una edición del Bushido). Exageración por exageración, pleonasmo infinito, poco a pongo me pongo nervioso. Y, como hemos visto, el miedo lleva a la risa. Así que me entra una carcajada floja, que mantengo un poco con la mandíbula, para no recibir el inevitable capón de esos capitanes trueno que viven en una viñeta de Víctor Mora en pleno Madrid suburbial: el gotelé y sillas de plástico no aguantan comparación con la novela bizantina tipo de palmeras frondosas, alcázares perdidos y vikingas blondas.

Donald aprendiendo doctrina

No, la estética no acompaña a la ética -el fascismo no deja de ser otra vanguardia- y no es lo mismo clamar contra el marxismo a través de 50.000 camisas pardas aullando su odio que en un sitio con jubilados de gorrita de CajaSur, dentadura testimonial y publicidad de Cacaolat.

Poco antes de salir apresurado con mi compañera, a la que pido perdón por el mal rato que le hice pasar, vuelvo a recordar aquella divertida frase que dijo el falangista Dionisio Ridruejo al visitar Berlín en los años 30: «Estos van en serio».

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