El mal como chiste

Donde se relaciona el mal absoluto con las risas que provoca por su evidente imbecilidad

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El cómico John Cleese hizo hace años una gira donde recorría su carrera, su vida y sus lecturas psicológicas. En medio de sus recuerdos, con auditorios de la América profunda a su merced, mostraba el sketch del caballero negro de Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y realizaba una aguda disquisición de neurobiología: “está demostrado que en el cerebro el miedo y la carcajada están en zonas cercanas”.

“Es solo un rasguño…”

Puedo dar fe de ese aserto al enterarme de la noticia de esa “reunión de supervillanos” que sucedió hace poco en la cárcel de Herrera de la Mancha entre José Bretón, Miguel Carcaño y Sergio Morate. Los diálogos delirantes entre ellos, “al poco de matar a mis hijos me arrepentí” decía Bretón, no daban apenas miedo y producían en cualquiera esa risa entre deferente y culpable que surge a veces al tratar con alguien con cierta merma. Aunque dudo del beneficio de este experimento psicológico o sociológico, los diálogos entre besugos dan respuestas inútiles a preguntas absurdas, he de felicitar al “mad doctor” que ha decidido idear esta tertulia ya que pergeñado de manera involuntaria una escena cómica inigualable.

El mal, es conocido, tiene mala prensa, pero literatura competente: Huysmans, Capote, Carrère han construido grandes obras en la descripción minuciosa, un poco artificiosa, de actos viles. En ese sentido, todo plumilla embriagado (empachado más bien…) por la lectura de Anagrama© puede hacer su gran tema en el periódico con estos piraos. El problema llega cuando toca analizarlos de cerca: la mayoría no tienen más literatura que un ticket de la compra. Con una lupa, incluso, no se puede comparar el jersey de bolitas de Bretón con los uniformes bondage de las SS hitlerianas.

Capote atentísimo a la “no-ficción” de Studio 54

Es, claro, la Banalidad del mal de Hannah Arendt, tan sobada como poco entendida (y en cierto sentido falsa: se encontraron piezas de Eichmann furibundamente antisemitas en los años 30), pero también una confusión en los análisis. Cuando un lee un reportaje sobre el mal, así, no está conociendo al asesino o corruptor; lo está haciendo a través de las gafas del autor que pretende su lucimiento a través de lo luctuoso.

Quizá la conclusión sea que no nos fascina tanto el villano, como ese espejo que es el creador. Y en su reflejo nos vemos: siempre más cómicos que diabólicos.

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