A bailar Salsa

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En Cali, la capital del la Salsa, dicen que los paisas no sabemos bailar. Y parece verdad. Basta ir un viernes en la noche al Eslabón prendido para comprobar que en Medellín crecimos escuchando a Camilo Sesto y no a Richye Rey y a Bobby Cruz. El escritor Andrés Caicedo decía que los paisas se mueven en un vals en lo que realmente es un jala-jala. 

 

 

El Eslabón prendido es un sitio para bailar salsa

 

En Cali, la capital del la Salsa, dicen que los paisas no sabemos bailar. Y parece verdad. Basta ir un viernes en la noche al Eslabón prendido para comprobar que en Medellín crecimos escuchando a Camilo Sesto y no a Richye Rey y a Bobby Cruz. El escritor Andrés Caicedo decía que los paisas se mueven en un vals en lo que realmente es un jala-jala. Pero eso no importa. Así no sepamos bailar salsa, bailamos. Basta ir un viernes en la noche al Eslabón prendido para comprobarlo.

 

Julio y la novia quieren bailar esta noche. Se van para Maracaibo, en pleno centro de Medellín-Colombia, viernes 10 de la noche, y pagan la entrada. Adentro: la música, el baile y el gua-guancó. Suena El gran combo de Puerto Rico. El local está atiborrado de gente. Todas las mesas están ocupadas y la congestión es sudorosa. Julio y la novia se quedan de pie en la barra. No importa, el caso es de baile y no de mesa.

 

El Eslabón Prendido es un local pequeño, un chorizo más largo que ancho. Tiene 8 mesas a cada lado y en el corredor central se baila el bembé. La fiesta no suma cincuenta personas. Así no se sepan bailar, mueven el cuerpo, girando y sosteniéndose. La torpeza se camufla en la congestión y en cambio prevalece el canto, y más ahora cuando, «Si te quieres divertir, ven a un verano en Nueva York». Julio y la novia sortean las parejas, el baile y los giros. Alcanzan la barra: Julio pide cerveza y la novia un aguardiente Antioqueño.

 

 

El Eslabón ardiendo un viernes por la noche

 

Hay botellas en las mesas y en el aire trompetas y pregones. Detrás de la barra hay una bandera de Cuba y arriba de un escaparate lleno de botellas un afiche del Che Guevara. Julio despacha un trago de cerveza y abraza la novia: cabello largo, gafitas y jeans. ¿Y qué tiene ella tatuado abajito de la clavícula? ¿Una pluma colorida? La chica zanja de un trago su aguardiente y pide otro. Se miran coquetos y simulan un bailecito cuando El verano está por los últimos compases.

 

Decae el volumen. Ahora suenan Los Hermanos Lebrón y “sube La temperatura sube, sube la temperatura”. Pieza fácil para mover huesos y cintura. Julio agarra las manos de la nena y comienza a tirar paso.

 

Por otra parte, Fabián López dice que sabe moverse en la pista, como mucha otra gente en Medellín. Cuando Fabián se fue de intercambio para Londres ganó un dinero adicional vendiendo su sabor latino en clases particulares de baile. Con las clases pudo sortear los costos de vida y enredar con besos alguna fría y pálida inglesa. Otra historia cuenta Symon Fheer, un canadiense que vino a pasear con la novia. Dice que no le gustan las discotecas pues no sabe ni forro de baile. Y hay que verle la torpeza del movimiento. Pero acá está, haciendo que baila, en mitad del pasillo congestionado, moviéndose como dios le ayuda, porque en El eslabón se baila así no se sepa bailar. Pero Symon tiene aprisionada la novia y me dice que le tiene prohibido bailar con otros. Symon es un celoso, un celoso realista: tiene muy claro que a las mujeres les encanta un tipo que las haga gozar con la salsa.

 

Ahora suena Chan-Chan, de La Habana Social Club. Julio y la novia, parados en la barra, se aprietan. Julio le canta a su chica: “El cariño que te tengo, yo no lo puedo negar. Se me sale la babita, Yo no lo puedo evitar”. El hombre saca la mano de la cintura de su novia y agarra la cerveza. Otro trago frio y refrescante para seguir. Ella hace lo mismo y de una sacudida liquida la copa de aguardiente.

 

La gente en El eslabón prendido baila suavecito, como bailando un vals. Es verdad, los paisas no sabemos bailar. Pero no importa. Así no sepamos bailamos. Julio lo sabe, porque lo ve en sus vecinos. Pega la nariz a las gafitas de su chica. Se miran y se ríen. Julio abraza y mueve y gira con gracia y delicadeza. Menos mal sabe cómo hacerlo. De esa manera le asegura el amor y el recuerdo y más cuando le canta: “de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí».