Vendedor de juguetes

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Dos sombras tutelares recorren los pasillos de un sex shop mientras miran y hablan sobre el uso de juguetes y disfraces. Mientras caminan, se van desnudando historias de clientes satisfechos y transeúntes despistados.

El pasillo por donde avanzan está reventado en neón blanco, impecable, y su lateral está forrado en un arsenal de vibradores exhibidos en la pared. A primer golpe de vista parecen lapiceros gigantes y fluorescentes para dibujar. Una vitrina de papelería y colores de arco iris. La escala salta de los rosados a los azules, de los morados a los verdes. Largos, gruesos, lisos y rugosos.

—Parece la vitrina de un almacén de juguetes —dice Daniel y sigue avanzado despacio por las baldosas blancas, la luz blanca, el aire blanco y la muralla de penes multicolor.

Daniel se corrige:

—No “parece” una juguetería: es una juguetería.

Y se le entiende porque esto es entretenimiento para adultos.

—Cuando éramos pequeños jugábamos con carritos y muñecas —dice—, pero ya grandes lo hacemos con vibradores, aceites y bolas chinas.

Daniel Paredes, administrador de la tienda erótica, ofrece una visita guiada por las vitrinas. Cuenta que, en caso de que aparezca por la puerta de la tienda una muchacha curiosa preguntando cómo comenzar a experimentar con el catálogo, le recomendaría un lubricante a base de agua y una bala vibradora.

―Es el kit obligatorio para novatas ―dice―, o para mujeres que pretenden llegar a ser multiorgásmicas.

Muestra la bala plateada y el lubricante.

—Si la chica ya tiene experiencia y juguetes —continúa—, le puedo ofrecer un vibrador doble.

Este juguete luce como un par de cachos de rinoceronte, uno más grande, otro más pequeño. Debe ser mortal el uso de esta cornamenta, como para morir y resucitar varias veces, morir de placer, como el buen lugar común.

―O unas bolas chinas ―dice Daniel y las extiende.

Las bolas chinas parecen una versión moderna de una camándula para rezar un fervoroso rosario.

—En la tienda, un doctorado no vale nada —dice—. Quien entra y ojea en las vitrinas queda indefenso.

Cuenta que si viene un gerente curtido, un viejo lobo de los negocios, allí siempre será un novato. Se sentirá un mequetrefe al frente de las vitrinas, sin saber para qué forro se utiliza esa bomba morada en forma de pera. Lo mismo le sucederá a una psicóloga o a una abogada, porque los títulos universitarios, o el estatus social, se quedan en el parqueadero. Daniel está muy tranquilo pero estira el cuello y se acomodar una corbata que no tiene cuando dice:

—Acá el que sabe soy yo.

Se creería ver una expresión de orgullo, pero su rostro sigue impasible, como si estuviera diciendo cualquier cosa.

Y se le entiende. El hombre ha sido educado en la informalidad de la calle, los catálogos, las vitrinas. Lo que intenta Daniel es ubicarse a la altura de los estudios formales, científicos, y sin embargo, tan ignorados por la academia: los juguetes sexuales.

Sigue avanzado despacio mientras muestra la variedad y el cliente se antoja de tener un cuarto lleno de estos artefactos. Un cuarto no, la sala completa para exhibirlos con orgullo. La gente porque es pendeja pero en la sala de la casa, en vez de libros, debería tener unas buenas bibliotecas pero plagada de juguetes para adultos. Diversión carnal en vez de diversión intelectual.

―Claro, no todos son novatos, algunos ya comenzaron el juego. ―dice Daniel―, hay una catalogación para las parejas: calladas, narradoras y profesionales.

Las parejas calladas son las más aburridas porque nunca se dicen lo rico que la están pasando. Las parejas narradoras son las que están aprendiendo a expresar lo que gustan y desean, y hacen planes eróticos. Finalmente, las parejas profesionales son las que ya tienen un clóset con juguetes, se regalan sorpresas entre sí, saben para qué sirven los diferentes productos, pero sobre todo se hablan, tienen un canal de comunicación en temas íntimos.

―Mi tarea ―dice Daniel― es educar a las parejas calladas para que pasen a ser parejas narradoras y abran ese canal de comunicación y luego sean parejas profesionales. Y claro, que de paso vengan a la tienda y me hagan el gasto.

En las vitrinas hay mucho para comprar y probar. La tienda está dividida por temáticas de productos. Ahora Daniel camina por la sección de dildos en vidrio templado, una gama que incluye un vibrador en ángulo de cuarenta y cinco grados, duro y transparente, que va directo al punto G, con un accesorio de soporte y cargador, y luces blancas, que también puede usarse como una pequeña lámpara en la mesita de noche. El detalle parece de fina coquetería.

Ahora está Vanesa a su lado.

―No solo somos vendedores ―dice ella―, también ayudamos a la gente en su vida íntima.

Vanesa cuenta que antes de trabajar acá despachaba una tienda para adultos en otro lugar, dentro de una zona residencial. La gente compraba la carne y el pan y pasaba por la tienda de sexo para ojear qué había llegado de nuevo. Iba por un domicilio de leche y pasaba por la tienda con la bolsa de la compra, mirando los condones con estimuladores. Vanesa  señala los que parecen puercoespines de plástico.

―Los clientes eran del barrio ―cuenta la muchacha. Alguna vez entró una señora muy preocupada porque su marido estaba aburrido con ella.

Era una señora de unos sesenta años que, según le contó a Vanesa, y su marido era un conductor de bus, “barrigoncito y de bigote “, decía la señora. “Usted de seguro lo conoce”.

Vanesa le mostró variados productos de la tienda y le explicó los diferentes usos. La señora llevó varios aceites. A los días, la señora volvió.

―Usted me salvó el matrimonio.

La señora estaba muy emocionada:

―Mi Dios se lo pague ―dijo. Y de paso compró una bufanda de plumas moradas y unas tangas masculinas, de las económicas, de cuero negro de gladiador.

Ahora Daniel y la chica caminan por la vitrina de bombas de vacío: cilindros succionadores que prometen un crecimiento, tanto del alto como del diámetro.  A su lado está la vitrina de plugs anales: con escala en tamaños y usos variados. Acá está el pequeño dilatador para principiantes. También se exhibe el plug con terminación en joya simuladora de diamante brillante, un accesorio coqueto y sofisticado. Más abajo está la breva con terminación de colita de zorro, para quienes prefieren un peluche en la cola.

En otra oportunidad, cuenta Vanesa, un ejecutivo detenido en la vitrina le preguntó por un látigo con nudos en las puntas. Ella se lo presentó: venía con empuñadora de cuero y lazos negros.

―¿Y pega duro? ―le preguntó el señor.

Vanesa afirmó. El hombre giró, se quitó la chaqueta y dijo:

―A ver, hágame la prueba.

Vanesa sacudió el látigo sobre la camisa en la espalda del señor. Dentro de las capacitaciones que tienen para vender productos sexuales les piden “agitar con ganas un juguete del estilo sado”. Y así con el látigo, igual que con otros productos, tienen que aprender su uso para su venta correcta.

―Si no me pega bien ―le dijo el hombre con tono decepcionado―, no se lo compro.

―Bueno, estamos trabajando ―pensó ella―. Tengo que hacer la venta ―y sacudió el producto con fuerza. Los nudos chasquearon y le cosió un buen latigazo bajo el cuello. El hombre se retorció de dolor. Con una sonrisa pagó y se largó. Al mes volvió y se compró una macana forrada en cuero. Esta vez no solicitó los servicios de Vanesa.

A medida que caminan por la tienda se puede ver los gustos de la gente, sus fetiches y sus accesos al deseo; también sus miedos, represiones, tabúes.

―Todo un estudio sociológico ―dice Daniel con aire académico de pacotilla. Con una visita a una sex shop podemos asomarnos a una expresión muy interesante de la humanidad.

Pasamos entonces a la zona de fetiches. Lo dicho antes: una visita a la tienda erótica es un repaso por las corrientes del deseo y el tabú. Se tiene al frente todo un paredón de prendas negras para amarrar y sodomizar. Se exhibe el “kit de verdugo”: máscara y tanga en cuero negro con taches. A su lado está la máscara en látex con mordaza de pelota, para quienes gustan de los frenos para caballos. También hay máscaras para caballero con dildo alargado en la boca, lazos para amarrar y columpios para colgar del cielo raso (siempre se recomienda atornillar un buen chazo, como si se fuera a colgar una hamaca; no sea que el tornillo se suelte en pleno acto teatral de tortura).

Pasar por la tienda es pasar por un catálogo de placeres. Eso dicen.

Otros productos son: shock therapy, con seis electrodos para pezones, clítoris, paredes vaginales; máscara con cierre en la boca; macana negra; varilla plástica y flexible con pluma al final para sobar y castigar. En una esquina está el kit con mordaza, antifaz, látigo, pluma y dados. ¿Para qué los dados? La idea es que uno de los participantes arroje el dado cuyos lados indican varias partes del cuerpo, y que el otro lance el dado rotulado con varias acciones, como chupar, lamer, castigar. Al arrojarlos podría salir: chupar cuello o castigar nalga.

En ese momento una pareja ingresa a la tienda y Vanesa tiene que atenderlos.

Daniel cuenta que, una tarde, entró al almacén una abuela con gafas y pelo blanco, de la mano de un niño de unos 6 años, muy bien puestecito, peinado con gomina. La señora caminó por las vitrinas con toda la tranquilidad, mirando los productos, hasta que llegó a la caja registradora, donde la esperaba Daniel. La abuela preguntó si tenía trajes para la Primera Comunión.

―Tal vez la señora vio los disfraces en la vitrina ―cuenta Daniel―, y pensó: “Si hay disfraces, hay trajes para la iglesia”.

Daniel tuvo que explicarle a dónde se había metido y la señora salió de allí dando saltitos de vergüenza.

Ahora Daniel va por la exhibición de imitaciones plásticas de partes femeninas, como si fueran descuartizamientos de mujeres: pechos cortados al cuello y al torso. Nalgas sin piernas. Cabezas con la boca abierta y al tajo del cuello. Es la vitrina de masturbadores para hombres.

―Son torsos en silicona hipoalergénica ―explica.

Un molde con pechos de mujer. Unas piernas mutiladas en la cintura, con la cola levantada y el logo de Fuck Me Silly, y doble orificio. Son los productos más costosos de la tienda.

―Conozco a un amante de estas bellezas ―comenta Daniel acariciando el molde de los pechos―. Me alegra mucho cuando viene porque me arregla la venta del día.

Con esos precios, entiendo perfectamente su alegría.

―En estos días el cliente estaba muy preocupado porque, según me contó, estaba frecuentando más al maniquí que a la esposa.

Entonces llega Vanesa. Dice que la pareja que estaba atendiendo no compró nada.

―Es muy común ―dice―. Vienen de curiosos, pero luego vuelven más decididos.

En adelante van por las vitrinas de ropa íntima y disfraces; la vitrina de aceites y otro espacio para los multiorgásmicos; la zona de energizantes y la vitrina de bromas y accesorios para fiestas de despedidas de soltero. El gerente de las tiendas vendía bromas de corte erótico: chupetas en forma de pene, dulces en forma de “bubis” y pitos en forma de vagina, entre otros. Este es otro caso de éxito de emprendimiento empresarial.

Ahora muestran el dildo más grande en la tienda. Lo bajan, lo sacan de la caja y lo extienden: 12 pulgadas de largo. A ver, son 27 centímetros de altura, y casi 7 de diámetro.

Mucha gente lo compra ―dice Daniel con una generalización que asusta―, pero sobre todo las modelos webcam; sus clientes siempre están pidiendo extravagancias.

A la tienda ingresa otra pareja. Son jóvenes de unos veinte años. El chico es quien pregunta por los aceites anales, por los dilatadores y las pastillas energéticas. Cuando Vanesa les ofrece un producto que estimula la libido en la mujer, el muchacho le dice a su chica:

―Esto es lo que te voy a comprar para todas las noches.

Entonces ella le reclama:

―Ay, mijito.

Y lo deja solo al pie de la vitrina.

Cuando Vanesa vuelve con nosotros, me dice que el muchacho ya había consultado el catálogo.

―Él ya sabía lo que estaba buscando ―dice.

―Claro ―dice Daniel―, pero se comporta como un imbécil.

Daniel cuenta que las modelos webcam son excelentes clientas del negocio. Algo que tiene sentido, pues estas modelos son un renglón en la economía que cada vez se vuelve más popular debido a las ganancias.

Entonces deja otra taxonomía de su trabajo.

―Básicamente hay tres tipos de clientes. Uno: quienes piensan que esto es un consultorio sexual y buscan una asesoría para su intimidad. Dos: quienes vienen por cuestiones de trabajo (estríperes, bailarinas, modelos webcam). Tres: quienes vienen para buscar juegos y salir de la monotonía.

Esto es estudio sociológico, nada de publirreportaje.

Daniel repite: “cuando éramos pequeños jugábamos con carritos y muñecas y ahora con vaginas y penes de plástico.”

―En la vida no podemos dejar de jugar ―dice―, y acá tenemos los juguetes.

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