A febrero y a marzo. A abril

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Les contaré un secreto. Cada lunes, con frecuencia aún de madrugada, cuando recibo la fotografía que Pablo me ha enviado en las últimas horas del domingo –con el trato de no abrir el email hasta que pase la medianoche hacia una nueva semana– presiono el botón derecho del ratón y elijo la opción Establecer como fondo de escritorio.

 


Les contaré un secreto. Cada lunes, con frecuencia aún de madrugada, cuando recibo la fotografía que Pablo me ha enviado en las últimas horas del domingo –con el trato de no abrir el email hasta que pase la medianoche hacia una nueva semana– presiono el botón derecho del ratón y elijo la opción
Establecer como fondo de escritorio. Así los árboles rebrotan con cada nuevo encendido y no olvido que habrá que llegar a ciento ochenta y tres con mayor o menor acierto. Al haber sido Miércoles de Ceniza en la previa, barajé la idea de encarrilar el comentario desde el polvo en la frente. Al detenerme en las formas verticales de las ramas, escuálidamente espigadas y macilentas, oteé la paciencia de cuanto está por llegar. Quise decirle a febrero y a marzo –este año también a abril– que los adoro por ser meses afortunados como pocos de ilusionada e impetuosa espera. Ganó Tino Tovar por letras como esta y no tardarán en retirar las luces del entroido compostelano para que se enciendan las velas de triduos a novenas. Pronto emergerá la primavera.