Sábanas y distancias

0
68

Si hubiera escrito en verano, habría contado a qué suenan las bombas de los 90 en la playa de Rodas, qué se ve desde el ventanuco que Rosalía pidió abrir antes de morir o quién le firmaba botellas a Cela. Pero es noviembre y Manolo asa castañas en el tren donde en julio servía cucuruchos de pistacho y yogurt. 

Si hubiera escrito en verano, habría contado a qué suenan las bombas de los 90 en la playa de Rodas, qué se ve desde el ventanuco que Rosalía pidió abrir antes de morir o quién le firmaba botellas a Cela. Pero es noviembre y Manolo asa castañas en el tren donde en julio servía cucuruchos de pistacho y yogurt. Las sábanas me parecieron como de pueblo. Podrían ser, qué sé yo, de Castroforte del Baralla. Empecé a leer a Torrente por echar una cuerda hasta Salamanca, donde sigue sentado gracias a Mayoral en el Novelty aunque lo enterraran en Ferrol. Apenas avancé. Mi pueblo es, si acaso, El Alamito, la granja donde pasaba temporadas estivales de niño. Visité hace pocos días el remodelado Museo de las Peregrinaciones y de Santiago. De entre sus piezas, me llamó la atención, no sé por qué, la aldaba del viejo hospital de caminantes de Melide. Pensé en si el llamador seguiría sobre la puerta de aquella casa estival. Lejos de esta rúa de Calderería en la que escribo. Sin embargo, tan cerca como si hubiera ocurrido anoche.

Print Friendly, PDF & Email