A horizontes cerrados, sálvese quien pueda

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Cuando el rey que aquí nos demanda quiso reafirmarse en el poder,  y a la vez dar contentamiento a los que le ponen la alfombra para que se enseñoree sobre todos nosotros, mandó a sus secuaces que organizaran las elecciones y que le ayudaran a definir los lemas con los que se presentarían a las mismas. Los muy leales señores se reunieron y cavilaron con la ayuda de los dineros de las arcas, y luego salieron satisfechos porque creyeron que serían largamente recompensados si le decían al rey que nos dijera que nos daría todo lo que no tenemos ahora en el año 2020. Entonces, durante la campaña todos los que sabemos leer pudimos hacerlo en las paredes de nuestra casa que habrá luz, agua potable y buenas escuelas en el año que coincida con el famoso par capicúa: 2020. El programa de desarrollo del Partido Democrático de Guinea Ecuatorial se puede llamar pues, HORIZONTE 2020.

 

Pero ocurre que el escepticismo es tan generalizado en la sociedad guineana que todos toman a chunga este político deseo, pero este breve recurso al chungueo aflora en los momentos de frustración. Por ejemplo, en los últimos meses, ante los inesperados apagones, los recuerdos de las pasadas campañas electorales acuden a la mente de los que los sufren y sueltan una retahíla  de reivindicaciones patrióticas. Eso sí, fuera de las cámaras, lejos de los militares, policías y  de otro personal armado, y, por supuesto, de los ministros y altos cargos. Pero no cesan las apelaciones al cartel publicitario. Durante los últimos dos meses hemos oído a muchas personas culminar sus quejas con la apelación del objetivo formulado por la camarilla del poder en Guinea Ecuatorial. Personas de los dos sexos, de cualquier oficio, de cualquier etnia, y de otras nacionalidades. ¡Horizonte 2020! “En buena hora abrió la boca el jefe, basta que lo haga para que las cosas se empeoren”. “Es que estos políticos son listos, pues esto tiene un truco, y es que pone la fecha tan lejos para que pueda justificarse si no lo cumple” ¡2020!, gritan  cada vez que hay otro apagón, muchos días a la semana, de los siete que tenemos en la república, un decir, de Guinea Ecuatorial. “Seguro que cuando se acerque la fecha, llevarán más lejos el año del cumplimiento y los guineanos nunca tendremos electricidad, agua potable, comida y justicia, ciudades limpias, nada de nada, pese a que aquí se firman las cosas públicas con un Por una Guinea Mejor”.

 

Pese a que todos estos temas ya fueron abordados en otra entrega de este blog, su reiteración nunca está de más, toda vez que no hemos conocido ninguna mejora en estos aspectos. En la zona noreste de Malabo hay un barrio que antes fue San Fernando, y hoy conocido por Ela Nguema. Pues en una zona costera de este barrio, cerca del mar, afloró, desde que los volcanes hicieron surgir la isla, agua, agua dulce para que las familias cercanas la pudieran usar para sus necesidades. En este lugar construyeron un lavadero, y ahí acudían todas las mujeres a lavar. Este sitio se conoce como Colwatá, de un cold de lo fresca que es el water que de la tierra fluía. Como el agua seguía fluyendo, y muy cold, este sitio constituyó en el centro permanente de aprovisionamiento de agua potable de todo el barrio y casi de todo Malabo. Ya dimos cuenta de cómo los ricos más reacios a los cambios llenaban sus lujosos coches de bidones y cacerolas y tomaban la carretera de Ela Nguema para hacerse con las aguas frescas y para ducharse. Sí, altos cargos del Gobierno de Guinea Ecuatorial bajo los chorros del Colwatá.

 

Hoy el lavadero está en obras, unas obras que ya llevan una eternidad, y nadie puede esperar ahora que a su cabeza caigan los chorros frescos del agua, aunque la cita básica con la higiene se sigue realizando, con aguas infiltradas que discurren entre los escombros y dan con su carne en la boca misma del mar atlántico. Vayan los que puedan a cualquier hora y los verán con cacharros en alto con el deseo de quitarse el jabón mientras se frotan otras partes del cuerpo. El Colwata de hoy, en obras, es un sitio al que llegan 200 personas en una hora, un cálculo hecho a la baja para que cualquiera que lo quiera verificar salga satisfecho. Van personas de todas las edades, van nacionales y también extranjeros, y de todas las capas sociales. Pero como en las casas vecinas no cesa la actividad, en la misma zona costera echan los residuos sólidos y con ello se produce la contaminación ambiental consiguiente. La escena es esa: una pendiente para perder los metros necesarios hasta el nivel del mar, hombres, mujeres y niños, chicas y chicos de todos los gustos inclinados sobre la cintura y ocupados en llenar sus cubos, botellas, cantimploras, bidones, etcétera. Si miran arriba para recordar el camino que hicieron para llegar ahí, verán sobre sus cabezas el montón de basura que amenaza por echarlo todo a perder, haciendo que se diga alto y que la gente se entere de lo que seguimos diciendo. Hace poco fuimos al sitio y dijimos que era un escándalo que el Excelentísimo Ayuntamiento de Malabo crea que no nos disgusta vivir la experiencia de coger el agua entre la basura. ¿Cómo se puede consentir que una actividad tan primordial se realice en estas condiciones?, preguntamos hace poco. No hay derecho, y no creo que debamos esperar al 2020 para que esta realidad  se revierta. Hay muchos que no saben leer, y que no saben que hay un lema llamado HORIZONTE 2020, pero que necesitan vivir en mejores condiciones. ¡Por favor!

 

Esta realidad tan conocida lleva muchos años siendo una cotidianidad, y se nos olvidó decir que el agua que actualmente fluye en Colwatá es poca para las familias necesitadas. Son escasos puntos donde el agua fluye de unos tubos metidos  en tierra por manos de la vecindad. Es poquísima agua para nuestras necesidades. Para ser tan poca, es un crimen que se contamine con la basura del producto de la domesticidad vecina, y porque el ayuntamiento de la capital no quiere recursos para hacer su trabajo. A lo que íbamos, llevamos años así, ¿y alguien sabe por qué no hay nadie que mande parar esta vergüenza? Porque todos los que son algo en este país saben que ya se ha tocado el sálvese quien pueda. En este país todos saben que lo que prima ahora es arrimar la sardina al ascua, o directamente arrimarse al árbol de poder que mejor cobija, y no hay que decir nada. Aunque no se vislumbra ningún cambio en el horizonte, los que detentan el poder, los lacayos tocados por la gracia del jefe deben sentir que el descaro y la impunidad son de tal magnitud en esta Guinea que un cambio mínimo supondría un duro revés, y se dan prisa en barrer para sus casas, como se suele decir. Y es que no hay que hacer mucho esfuerzo para encontrar gente que pueda dar fe de nativos de este país, lacayos con muchas legislaturas en sus espaldas,  que tienen sacos de dinero en su casa. No en los bancos, sino en casa, para que no sea un estorbo al allegamiento de la fortuna amasada los necesarios trámites bancarios en caso de que se quisiera salir en estampida por cualquier contingencia política.

 

Es inútil repetir que ningún ministro o viceministro de un país de negros  viviría  en un país occidental del dinero amasado ilícitamente en una democracia monárquica como la nuestra. Claro que les dejan ingresar estas sumas con alegría, pero otra cosa es sacarlas si el jefe que les consentía todo perdió la silla sin remedio. Como frecuentemente llegan a nuestros oídos las noticias de otros lacayos enriquecidos que alegremente ingresan cantidades monstruosas en bancos de países ricos, incluso en países con agua potable en todas las casas, no vamos tampoco a repetir que estos jefes nuestros actúan a revés que Robin Hood, que roban a los pobres para darlo a los ricos, sino llamar la atención a los fariseos de este mundo, que creen todavía que bastan que nos sonrían y nos digan que somos tontos para que lo seamos. Debe llegar un momento en que no solamente reclamaremos nuestro dinero, sino habremos ganado la categoría de ciudadanos de estos países que lo admiten furtivamente, toda vez que habremos contribuido a sostener su continuidad.

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.